El Peligroso Abrazo del Estado y los Empresarios
En la sociedad contemporánea, donde las dinámicas de poder político y económico se entrelazan con una complejidad abrumadora, el libre mercado enfrenta uno de sus mayores desafíos. No proviene de ideologías abiertamente contrarias al capitalismo ni de movimientos que promueven la intervención estatal total; su amenaza más insidiosa proviene de aquellos empresarios que, en lugar de confiar en la innovación y la competencia, prefieren el refugio cómodo del favor político. Así, el capitalismo de amigotes se erige como un enemigo silencioso, desplazando las bases de la verdadera economía de mercado. Y en un país como Colombia, donde los ecos de estas prácticas resuenan en las estructuras económicas y políticas, esta realidad se convierte en un tema urgente de reflexión.
Cuando empresarios y políticos forman alianzas estratégicas con la promesa de beneficios mutuos, se pone en juego el principio de igualdad de oportunidades en el ámbito empresarial. Imaginemos, por un momento, a un joven emprendedor en Medellín, con una idea revolucionaria para optimizar la movilidad urbana mediante el uso de inteligencia artificial. En un entorno de libre mercado, este innovador debería tener la oportunidad de poner a prueba su idea frente a otras propuestas y conquistar el mercado si su producto satisface una necesidad real de los consumidores. Sin embargo, si su competidor más establecido ya ha cultivado relaciones políticas que le garantizan subsidios, exenciones fiscales, o regulaciones que sofocan la competencia emergente, el juego deja de ser justo. La creatividad y el emprendimiento, en lugar de ser premiados, quedan sofocados bajo el peso de acuerdos políticos que distorsionan el mercado y perpetúan el dominio de los jugadores más poderosos.
El capitalismo de amigotes no solo destruye la competencia; también mina la confianza pública en las instituciones y crea una percepción de que el éxito económico depende de las conexiones políticas más que del mérito o la capacidad de innovación. Esta percepción no es meramente teórica. En Colombia, hemos visto situaciones en las que sectores completos de la economía parecen estar a merced de intereses creados. Las licitaciones públicas, por ejemplo, son frecuentemente señaladas por su falta de transparencia, y el resultado es una sensación de frustración y desencanto, especialmente entre aquellos que buscan emprender o crecer sin tener que rendir cuentas a intereses políticos.
Este ciclo vicioso también tiene implicaciones políticas profundas. Los empresarios que participan activamente en política para proteger o expandir sus intereses económicos no están invirtiendo en un futuro donde las reglas sean claras y predecibles para todos. Más bien, alimentan un sistema que se vuelve cada vez más opaco y que depende de decisiones arbitrarias tomadas tras bastidores. En este contexto, no solo el empresario independiente sufre; el consumidor final también se ve afectado. Productos y servicios menos competitivos llegan al mercado a precios más altos, y la innovación se retrasa, ya que las empresas protegidas por el Estado no tienen incentivo para mejorar o adaptarse.
Lo más irónico de todo esto es que muchos de los empresarios que buscan favores políticos lo hacen, en teoría, para asegurar la estabilidad y el crecimiento de sus negocios. Sin embargo, están cavando el hoyo de un sistema insostenible. Las empresas que dependen de la protección estatal no solo son menos eficientes; también son más vulnerables a los cambios políticos y económicos. Cuando los vientos del poder cambian, las empresas que no han sabido desarrollarse en un entorno competitivo se tambalean y, a menudo, caen. Este riesgo es particularmente relevante en una nación como Colombia, donde la política es altamente volátil y las alianzas pueden desmoronarse de la noche a la mañana.
Al reflexionar sobre cómo avanzar hacia un modelo más transparente y basado en el mérito, no es suficiente señalar el problema sin ofrecer una visión de esperanza. Lo que Colombia necesita son empresarios que entiendan la responsabilidad y la oportunidad que tienen en sus manos. En lugar de invertir tiempo y recursos en cultivar conexiones políticas, deberían apostar por la innovación y la eficiencia. Necesitamos un ecosistema donde los emprendedores puedan triunfar o fracasar basándose en la calidad de sus ideas y no en la fuerza de sus influencias. Es un ideal que, aunque difícil de alcanzar, es necesario para construir una economía robusta y resiliente.
Un ejemplo actual que ilustra la importancia de esta separación entre negocios y política es el sector tecnológico emergente en Bogotá y Medellín. Estas ciudades están empezando a posicionarse como hubs de innovación tecnológica en América Latina. Sin embargo, este potencial solo puede desarrollarse plenamente si el marco regulatorio permite una competencia justa y no si grandes corporaciones tecnológicas utilizan sus recursos para cabildear a favor de regulaciones que dificulten el crecimiento de nuevas startups. Es aquí donde los empresarios pueden desempeñar un papel crucial. En lugar de buscar ventajas a través del Estado, deberían defender un sistema en el que todos los participantes tengan la oportunidad de destacar por sus propios méritos.
De hecho, la única forma de que el libre mercado florezca y beneficie a la sociedad en su conjunto es asegurando que el Estado no se convierta en un instrumento de poder económico. Esto significa apoyar a líderes políticos que no estén interesados en otorgar favores especiales ni en proteger a ciertos sectores a costa del resto de la economía. Significa fomentar la creación de un marco institucional que promueva la transparencia, la responsabilidad y la competencia.
En última instancia, el camino hacia un mercado verdaderamente libre no está exento de obstáculos. Implica una lucha constante contra los intentos de ciertos grupos de consolidar poder a expensas de los demás. Pero la recompensa es inmensa: una economía donde la innovación y el esfuerzo se convierten en los principales motores del crecimiento, y donde el éxito económico es alcanzable para cualquier colombiano dispuesto a trabajar duro y arriesgarse.
Si los empresarios empiezan a darse cuenta de que el futuro de sus negocios está más seguro en un entorno competitivo que en el abrazo protector del Estado, habremos dado un paso importante hacia la verdadera libertad económica.

Comentarios
Publicar un comentario