Despertar entre cadenas: el espejismo del Estado benefactor y el renacer de la libertad
En el corazón de la política contemporánea late una dicotomía que define la esencia misma de nuestra relación con el poder: la promesa de un Estado benefactor que asegura derechos para todos y la aspiración de una libertad económica que permite a cada individuo construir su propio destino. Este debate, intensificado por las recientes elecciones en Estados Unidos, tiene resonancias profundas en países como Colombia, donde las ideas de progreso y justicia social han sido monopolizadas por una narrativa que exalta la intervención estatal como la única vía para el bienestar. Sin embargo, la realidad que emerge tras décadas de políticas redistributivas e intervencionistas revela una verdad incómoda: el Estado, lejos de ser la solución, se ha convertido en el mayor obstáculo para la prosperidad colectiva.
Colombia, al igual que muchas otras naciones, ha sido testigo de cómo el crecimiento del aparato estatal no ha logrado cerrar las brechas de desigualdad, sino que las ha ensanchado. En nombre del progreso, los ciudadanos son sometidos a un sistema tributario opresivo, donde los impuestos, disfrazados de solidaridad, no se traducen en beneficios tangibles. Las carreteras continúan en mal estado, las escuelas públicas carecen de recursos esenciales y el sistema de salud se encuentra constantemente al borde del colapso. Pero el problema no radica únicamente en la incapacidad administrativa, sino en una concepción equivocada del rol del gobierno. Al asumir la responsabilidad de garantizarlo todo, el Estado no solo limita la autonomía de las personas, sino que perpetúa una cultura de dependencia que mina la iniciativa individual.
En este escenario, la narrativa del "derecho garantizado" por el Estado se desmorona al enfrentarse con una verdad económica ineludible: nada es gratuito. Cada programa social, cada subsidio y cada promesa populista tiene un costo que recae inevitablemente en quienes producen riqueza. En lugar de fomentar la creación de oportunidades, el modelo fiscal en Colombia desincentiva la inversión y castiga a quienes se atreven a emprender. Los pequeños empresarios, que deberían ser el motor de nuestra economía, son ahogados por regulaciones excesivas y cargas tributarias desproporcionadas, mientras que los grandes conglomerados, con acceso a privilegios políticos, encuentran formas de eludir responsabilidades. Este doble rasero no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino que consolida un sistema donde la riqueza no se crea, sino que se redistribuye de manera ineficiente.
La promesa de gratuidad, esa tentación que muchos gobiernos utilizan para ganar elecciones, no es más que un espejismo. La educación pública "gratuita" rara vez prepara a los estudiantes para los desafíos del mundo laboral. La salud "garantizada" por el Estado se convierte en un calvario de largas filas y atención deficiente. Incluso las ayudas directas, diseñadas para paliar la pobreza, no resuelven las causas subyacentes, sino que perpetúan una situación de precariedad que se transmite de generación en generación. Este ciclo, lejos de ser un accidente, es la consecuencia lógica de un modelo que prioriza la expansión del Estado sobre el fortalecimiento de las capacidades individuales.
Lo que necesitamos, como país, es un cambio de paradigma. En lugar de seguir alimentando un sistema que premia la mediocridad y castiga la excelencia, debemos apostar por una visión donde la libertad económica sea el eje central del desarrollo. Esta no es una idea abstracta ni una utopía; es una propuesta que se basa en principios comprobados: el respeto a la propiedad privada, la eliminación de barreras al emprendimiento y la creación de un entorno donde las personas puedan prosperar sin depender del favor estatal. En una economía verdaderamente libre, los derechos no se otorgan desde arriba, sino que se conquistan a través del esfuerzo y la innovación.
Pensemos en las pequeñas victorias cotidianas que millones de colombianos logran a pesar de las adversidades. El tendero que, a pesar de las cargas fiscales y la competencia desleal, mantiene su negocio a flote. El estudiante que, frente a la falta de oportunidades, encuentra en internet una herramienta para educarse y salir adelante. Estas historias, aunque invisibles para las estadísticas oficiales, son la prueba de que el potencial de nuestra sociedad no radica en la acción del gobierno, sino en la capacidad de los individuos para superar obstáculos. Sin embargo, este potencial está siendo sofocado por un sistema que, en lugar de liberar, impone cadenas.
El reciente resultado electoral en Estados Unidos, donde las propuestas económicas prevalecieron sobre las sociales, puede ser interpretado como una señal de que las personas están despertando de este largo letargo. Están comenzando a cuestionar el mito del Estado benefactor y a reconocer que el verdadero progreso no se logra a través de políticas redistributivas, sino fomentando un entorno donde cada individuo tenga la posibilidad de prosperar. Este despertar, aunque incipiente, tiene el poder de transformar la manera en que concebimos el rol del gobierno y la economía.
En Colombia, este cambio es más necesario que nunca. Hemos construido un sistema que depende de la constante extracción de recursos de quienes trabajan y producen, mientras alimenta una burocracia que crece sin control. Pero este modelo no es sostenible, ni económica ni moralmente. La libertad económica no es solo una opción; es una necesidad urgente para garantizar el bienestar de las generaciones futuras.
No se trata de eliminar al Estado, sino de redefinir su rol. Un gobierno que protege los derechos fundamentales, que asegura el cumplimiento de contratos y que facilita la competencia es un gobierno que fortalece a sus ciudadanos. Pero un gobierno que asume el control de cada aspecto de la vida económica es un gobierno que, inevitablemente, limita las posibilidades de quienes pretende ayudar. La elección no podría ser más clara: continuar por el camino de la dependencia y la mediocridad, o abrazar un modelo que valore la autonomía, la creatividad y el esfuerzo individual.
El futuro de Colombia depende de nuestra capacidad para entender esta lección y actuar en consecuencia. No podemos seguir esperando que el Estado resuelva problemas que, en muchos casos, ha creado o perpetuado. El verdadero cambio no vendrá desde arriba, sino desde la voluntad de cada ciudadano de tomar el control de su destino. Porque al final, la libertad económica no es solo una cuestión de política; es la base misma de una sociedad donde todos puedan vivir con dignidad y prosperar según sus propios méritos.

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