La Verdad Inconveniente que los Políticos No Quieren Decir
En un mundo en el que las palabras parecen tener más peso que los hechos, la verdad se ha convertido en un lujo que pocos políticos están dispuestos a permitirse. Y es que la verdad, lejos de ser la moneda más valiosa en la política, ha sido relegada al olvido, enterrada bajo capas de promesas vacías, discursos populistas y narrativas fáciles de digerir. Porque, en el fondo, para los políticos, la verdad no es una estrategia ganadora. La verdad, con toda su crudeza y complejidad, no moviliza a las masas, no enciende las pasiones que el electorado moderno parece exigir. La verdad no vende, porque no promete soluciones rápidas ni garantiza resultados inmediatos.
Pero, ¿qué sucede cuando la verdad se omite constantemente? En sociedades como la nuestra, donde el malestar económico es tangible y el descontento social aumenta cada día, la evasión de la verdad solo agrava los problemas. Colombia, como tantas otras naciones latinoamericanas, ha sido testigo de décadas de promesas incumplidas, de ilusiones políticas que terminan en desencanto. Los programas sociales que deberían haber erradicado la pobreza se han convertido en ciclos interminables de clientelismo y dependencia. Y, mientras tanto, los políticos, en lugar de decir la verdad, continúan vendiendo la fantasía de que más intervención estatal y más regulaciones resolverán nuestros problemas.
La realidad, sin embargo, es que la pobreza no se erradica con programas sociales mal diseñados, ni con una mayor carga burocrática. La pobreza, como fenómeno estructural, requiere un enfoque completamente diferente: uno que reconozca la necesidad de liberar el potencial de las personas, de crear un entorno en el que la iniciativa individual, el esfuerzo y la innovación sean recompensados. Pero para llegar a esa conclusión, los políticos tendrían que admitir que el Estado, tal como está, es parte del problema, no la solución. Y esa es una verdad que pocos están dispuestos a pronunciar.
En Colombia, el ciclo es el mismo de siempre: cada vez que surge una crisis, la respuesta de los políticos es prometer más intervención estatal. ¿El sistema educativo falla? Se crea un nuevo ministerio. ¿La economía se estanca? Se imponen más regulaciones. Pero esta estrategia solo perpetúa el problema. Cuanto más grande se hace el Estado, más ineficiente se vuelve. La burocracia, en lugar de agilizar las soluciones, las retrasa. La corrupción, en lugar de ser erradicada, se multiplica en un sistema que premia el amiguismo y la falta de transparencia.
Lo peor es que, en medio de todo esto, el verdadero costo no es solo económico. Lo peor que el socialismo, y cualquier sistema que abogue por un Estado todopoderoso, le roba a las personas no es su dinero, sino su tiempo. El tiempo perdido esperando que un subsidio resuelva sus problemas, el tiempo malgastado confiando en que un político cambiará las cosas desde arriba, el tiempo desperdiciado creyendo que el Estado sabe mejor lo que necesitan. Y ese tiempo, una vez perdido, es irrecuperable.
¿Cuántas vidas en Colombia han sido hipotecadas a este sistema de falsas promesas? Jóvenes que, en lugar de emprender, esperan la ayuda del Estado. Familias que, en lugar de buscar oportunidades en el mercado, dependen de los programas sociales para sobrevivir. Es un ciclo vicioso que no solo condena a la pobreza, sino que perpetúa una mentalidad de dependencia. Mientras tanto, aquellos que prometieron cambiar las cosas, los mismos que aseguraron que el Estado lo resolvería todo, continúan acumulando poder y privilegios.
Es ahí donde se esconde la mayor trampa de todo este sistema. El Estado, en su afán de controlarlo todo, no solo gestiona mal los recursos, sino que roba a las personas la posibilidad de tomar las riendas de sus propias vidas. Al ofrecer soluciones paternalistas, el Estado se convierte en el único actor capaz de decidir qué es lo mejor para cada uno. Y, al hacerlo, anula la capacidad de las personas para pensar, para crear, para innovar. Porque, ¿para qué esforzarse, si el Estado siempre estará ahí para suplir las carencias?
Pero el problema no es solo de quienes dependen del Estado. La otra mitad de la población, aquella que trabaja, que paga impuestos, que lucha por salir adelante, también es víctima de este ciclo. En un sistema en el que una parte importante de la sociedad depende del Estado para subsistir, la carga impositiva sobre aquellos que producen se vuelve cada vez más insostenible. Los trabajadores, los emprendedores, aquellos que realmente mueven la economía, terminan siendo quienes financian este sistema de dependencia. Y así, se crea una dinámica perversa en la que la mitad del país vive de la otra mitad.
¿Qué nos queda, entonces? Si la verdad no es una estrategia ganadora para los políticos, tal vez lo sea para la sociedad. Tal vez sea hora de que dejemos de esperar soluciones mágicas desde el poder y comencemos a hacernos cargo de nuestras propias vidas. Tal vez sea hora de reconocer que la libertad, no el control estatal, es la verdadera clave para salir adelante. Porque, al final del día, la única forma de prosperar es creando un entorno en el que las personas puedan ser dueñas de su destino, en el que el esfuerzo sea recompensado y en el que la iniciativa individual tenga un espacio para florecer.
La historia está llena de ejemplos de países que, al liberarse de las cadenas del Estado, lograron prosperar. Y Colombia no tiene por qué ser la excepción. Pero para llegar a ese punto, necesitamos algo más que promesas. Necesitamos un cambio de mentalidad. Necesitamos dejar de ver al Estado como el gran salvador y comenzar a verlo como lo que realmente es: una herramienta que, si no se controla, puede convertirse en el mayor obstáculo para nuestro progreso.
La verdad puede que no sea una estrategia ganadora en el corto plazo, pero a la larga, es la única que realmente funciona. Los políticos pueden seguir prometiendo soluciones fáciles, pero nosotros, como ciudadanos, debemos ser lo suficientemente valientes para enfrentarnos a la realidad, para asumir la responsabilidad de nuestras propias vidas y para luchar por un sistema en el que la libertad y la iniciativa individual sean los verdaderos motores del cambio.
El tiempo perdido por confiar en las mentiras del Estado no se puede recuperar. Pero aún estamos a tiempo de evitar seguir cayendo en la misma trampa. Si queremos un futuro diferente, debemos comenzar por exigir la verdad, por incómoda que sea.

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