El precio más alto del socialismo: tu tiempo y tu vida
A veces el mayor robo no se mide en dinero. En realidad, lo más valioso que puede quitarnos un sistema político no es lo que tenemos en el bolsillo, sino algo mucho más preciado: el tiempo. El socialismo, con su seductora narrativa de promesas de igualdad, justicia social y bienestar colectivo, no solo se lleva tus recursos; lo que realmente destruye es tu posibilidad de vivir tu vida en libertad, de crear algo con tus propias manos, de tomar control sobre tu destino. Es un robo silencioso, imperceptible al principio, pero demoledor a largo plazo, porque lo que te arrebata es la única cosa que no puedes recuperar: el tiempo perdido.
En cada elección, en cada discurso político, en cada promesa de redistribución, lo que está en juego no es solo la economía del país, sino tu propio tiempo, ese que pierdes cuando decides creer en los programas sociales que prometen rescatarte de la pobreza o en las regulaciones que dicen protegerte del abuso del mercado. Mientras esperas que el Estado haga lo que te prometió, mientras confías en que una política pública resuelva tus problemas, pasan los días, los meses, los años. Años en los que pudiste estudiar, emprender un negocio, innovar o simplemente tomar decisiones sobre tu vida sin que un burócrata lo hiciera por ti.
En Colombia, es común escuchar cómo las ayudas sociales parecen una solución a corto plazo para aliviar el dolor de la pobreza. Pero lo que no se dice es que esa aparente solución es solo un paliativo temporal que, en realidad, perpetúa un ciclo de dependencia. Para muchos, esos subsidios representan una forma de alivio inmediato, pero en el fondo, cada peso recibido del Estado viene con un precio oculto: la pérdida de la propia autonomía. Lo que muchos no ven es que, mientras el gobierno te entrega un beneficio, te está quitando el incentivo para crear el tuyo propio, para tomar las riendas de tu futuro, para desarrollar tu potencial. Y mientras más te acostumbras a esa dependencia, más se te escapa la posibilidad de liberarte.
Pero el tiempo sigue corriendo, y mientras tú esperas ese "cambio estructural" prometido, el mundo sigue su curso. La economía mundial avanza, las tecnologías cambian, las oportunidades surgen y desaparecen. ¿Y tú? Tú sigues esperando. El tiempo que podrías haber invertido en mejorar tus habilidades, en buscar mejores oportunidades o en empezar tu propio negocio, lo gastas esperando que alguien más lo haga por ti. Y ese tiempo, una vez perdido, no vuelve.
Es un patrón que se repite en todos los sistemas socialistas, desde la Venezuela de hoy hasta la Unión Soviética del pasado. Las promesas de una vida mejor, de igualdad y de justicia social, se convierten rápidamente en cadenas que atan a las personas a un ciclo de pobreza, dependencia y control estatal. En lugar de liberar a las personas, el socialismo las encierra en una jaula de expectativas no cumplidas, de oportunidades frustradas y de tiempo perdido.
Y lo más irónico de todo es que el sistema necesita de ese tiempo para sostenerse. Cuanto más dependes del Estado, más difícil es romper el ciclo. Los políticos que promueven el socialismo no son ingenuos; entienden perfectamente que, al ofrecerte pequeñas soluciones temporales, te están atrapando en un ciclo del cual no es fácil escapar. Para ellos, tu dependencia es su poder, y mientras más tiempo pasas esperando, más control tienen sobre ti. En Colombia, como en tantos otros países, los programas sociales se han convertido en una herramienta de clientelismo, donde la gente se convierte en rehenes de un sistema que promete mucho, pero que nunca entrega lo suficiente.
Y si miramos a nuestro alrededor, es fácil ver los efectos. Las generaciones jóvenes, llenas de talento y potencial, quedan atrapadas en un ciclo de mediocridad porque el sistema no les permite soñar más allá de lo que el Estado les ofrece. La regulación excesiva, los altos impuestos y las políticas que asfixian la iniciativa privada han creado una economía donde la innovación es castigada y la conformidad es premiada. La idea de que el Estado debe resolver todos los problemas de la sociedad ha llevado a una cultura de dependencia, donde el emprendimiento y la creatividad quedan relegados a un segundo plano.
El problema más profundo del socialismo es que te hace perder la esperanza en ti mismo. Te enseña que no puedes lograrlo por tu cuenta, que necesitas al Estado para sobrevivir, que no tienes el control de tu destino. Te convence de que la solución a tus problemas no está en tus manos, sino en manos de políticos y burócratas que supuestamente saben mejor lo que necesitas. Y cuando finalmente te das cuenta de que esas promesas eran vacías, ya has perdido años de tu vida esperando un milagro que nunca llegará.
En lugar de eso, la libertad es la única vía para que cada individuo pueda forjar su propio destino. No hay un camino único hacia el éxito, pero la libertad ofrece la posibilidad de elegir, de equivocarse, de aprender, de intentar de nuevo. En un sistema donde las personas son libres de tomar sus propias decisiones, de competir y de innovar, el tiempo no se desperdicia esperando, sino que se utiliza en la búsqueda constante de mejorar.
Colombia, con todas sus complejidades, no es ajena a esta dinámica. Desde hace décadas, el discurso político ha estado centrado en el papel del Estado como salvador de la pobreza. Pero lo que no se ha dicho lo suficiente es que, cuanto más dependemos del Estado, menos espacio queda para la iniciativa individual, para la libertad y para la creación de riqueza real. No necesitamos más programas sociales, más subsidios o más intervención estatal. Lo que necesitamos es más libertad para que las personas puedan tomar sus propias decisiones y vivir sus vidas sin las ataduras de un sistema que les roba su tiempo y su futuro.
El verdadero progreso no vendrá de la mano del Estado, sino de la mano de individuos libres que, con su tiempo y esfuerzo, construyan algo más grande para sí mismos y para los demás. Dejemos de esperar, dejemos de depender. El tiempo es demasiado valioso para seguir perdiéndolo en promesas vacías.

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