El mito del hombre nuevo y la trampa de la dependencia


Vivimos en tiempos en los que se habla mucho de justicia social, redistribución y equidad. Los discursos populistas se llenan la boca con promesas de igualdad, de un mundo donde todos tengamos acceso a los mismos beneficios, donde el Estado se erige como el gran protector de los pobres y desvalidos. En Colombia, hemos visto surgir un modelo que, bajo la bandera de la igualdad, ha construido una estructura de dependencia. Pero lo que no nos dicen es que esta dependencia no nos hace libres ni iguales, sino más frágiles y controlables. Esta realidad, aunque evidente, pasa desapercibida, porque preferimos la comodidad de no pensar demasiado en lo que realmente está en juego.

La promesa del "hombre nuevo" socialista, esa idea de un ciudadano comprometido con el bien común, dispuesto a sacrificar sus propios intereses por el colectivo, es una de las narrativas más engañosas de nuestro tiempo. No porque la idea en sí sea perversa, sino porque ignora algo fundamental sobre la naturaleza humana: las personas responden a incentivos. Si el sistema premia la inacción, si el trabajo deja de ser el camino hacia el bienestar, entonces la gente simplemente dejará de trabajar. Y lo que es peor, se acostumbrará a depender de un gobierno que, en lugar de fomentar la autonomía y el esfuerzo, fomenta la dependencia.

En Colombia, el sistema de subsidios ha creado precisamente este tipo de "hombre nuevo": uno que no vive para el colectivo, sino a expensas del colectivo. Vemos a diario cómo muchos colombianos reciben ayudas del gobierno, mientras que aquellos que sí trabajan y pagan impuestos ven cómo sus recursos se desvanecen en un mar de programas asistencialistas que no generan productividad ni riqueza, sino una perpetuación de la pobreza. No se puede negar que algunos necesitan ayuda, pero el problema surge cuando la asistencia se convierte en la norma y no en la excepción, cuando el incentivo para buscar trabajo desaparece porque el Estado provee.

Esta es una realidad que, aunque nos incomoda, no queremos enfrentar. Es más fácil seguir creyendo en la narrativa de que el gobierno está para protegernos, para asegurarse de que no caigamos. Pero, en ese afán de protección, nos quitan algo esencial: nuestra libertad. Nos hacen creer que somos incapaces de salir adelante sin su ayuda, que necesitamos al Estado para sobrevivir. Y esa creencia nos debilita, nos convierte en sujetos pasivos, en individuos que esperan que otros solucionen sus problemas.

Lo más irónico de todo es que, mientras se nos vende esta idea de justicia social, los verdaderos beneficiarios de este sistema no son los más necesitados, sino aquellos que están mejor conectados políticamente. Los subsidios no son neutrales, no llegan de manera equitativa a todos los que los necesitan. Hay un ciclo de clientelismo y amiguismo que perpetúa este sistema, donde los que tienen conexiones reciben más, mientras que los que no las tienen se quedan esperando. Y así, el Estado, en lugar de ser el gran nivelador de la sociedad, se convierte en un vehículo para el enriquecimiento de unos pocos a costa del trabajo de muchos.

El problema no radica únicamente en la dependencia creada por los subsidios, sino en lo que sucede en el ámbito más amplio de la sociedad. A medida que más personas dependen del Estado, menos personas sienten la necesidad de ser productivas. Y cuando la productividad cae, toda la sociedad sufre. Colombia no puede crecer, no puede prosperar, si gran parte de su población depende de los recursos generados por una minoría que trabaja. Este es un ciclo que se perpetúa a sí mismo: más dependencia genera más necesidad de subsidios, lo que, a su vez, aumenta la carga sobre los trabajadores. El resultado final es una economía estancada, una sociedad dividida y una nación que pierde su capacidad para generar riqueza.

Este es el verdadero rostro del "hombre nuevo" creado por el asistencialismo: un individuo que no busca mejorar, que no aspira a más, que se conforma con lo que el gobierno le da. Pero el problema es que lo que el gobierno da nunca es suficiente. Siempre habrá más pobreza que repartir, siempre habrá más personas que necesiten ayuda. Y así, en lugar de salir del círculo vicioso de la pobreza, nos hundimos cada vez más en él.

Lo más preocupante de todo esto es que esta mentalidad de dependencia no solo afecta a los que reciben los subsidios, sino también a quienes los financian. Los trabajadores, los emprendedores, los que arriesgan y crean valor, ven cómo sus esfuerzos se desvanecen en un sistema que no los premia, sino que los castiga. Los impuestos altos, la burocracia y la regulación excesiva no hacen más que desincentivar el trabajo y la creación de riqueza. Y así, aquellos que podrían impulsar a Colombia hacia adelante, que podrían generar empleo y oportunidades, se ven atrapados en una maraña de restricciones que los empuja hacia la informalidad o hacia la apatía.

En lugar de construir una sociedad en la que todos tengamos las mismas oportunidades para prosperar, estamos construyendo una sociedad en la que todos dependemos del Estado. Y esta dependencia nos hace más débiles, más vulnerables y, en última instancia, menos libres. Porque la libertad no es solo la capacidad de elegir, sino la capacidad de valerse por uno mismo, de construir un futuro sin depender de las migajas que el gobierno quiera darnos.

Es hora de que Colombia despierte de este letargo, de que entendamos que el camino hacia el progreso no pasa por más subsidios, más programas sociales o más intervención estatal. Pasa por menos de todo eso. Pasa por devolverle a las personas el control sobre sus propias vidas, por incentivarlas a trabajar, a crear, a innovar. Pasa por un sistema en el que el éxito se mida por el esfuerzo y el mérito, no por las conexiones políticas o por la capacidad de recibir beneficios del gobierno.

El "hombre nuevo" que Colombia necesita no es uno que viva de la caridad del Estado, sino uno que entienda que su futuro depende de él mismo, de su capacidad para trabajar, para aprender, para mejorar. Necesitamos una sociedad que premie el esfuerzo y la responsabilidad, no la inacción y la dependencia. Solo así podremos romper el ciclo de pobreza y construir un país próspero y libre.

La verdadera igualdad no se logra distribuyendo lo que ya existe, sino creando las condiciones para que todos puedan generar su propia riqueza. Y esas condiciones no se crean con más intervención estatal, sino con más libertad. Libertad para trabajar, para emprender, para tomar decisiones sobre nuestras propias vidas. Libertad para fallar, pero también para aprender de esos fracasos y seguir adelante.

Colombia no necesita un "hombre nuevo" creado por el socialismo, sino un "hombre libre", uno que entienda que la verdadera justicia social no se logra a través de la redistribución, sino a través de la creación de oportunidades para todos. Y esa creación solo es posible en una sociedad que valore el esfuerzo, la innovación y la libertad individual. Solo entonces podremos construir una Colombia realmente próspera.

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