El mercado no es un juego de suma cero: reflexiones sobre el libre intercambio en tiempos de confusión



Vivimos tiempos donde el comercio, a pesar de ser el motor que ha permitido el progreso humano, es constantemente cuestionado. Los detractores del libre mercado se aferran a una narrativa que sostiene que el intercambio voluntario y el afán de lucro son explotadores, que el éxito de unos implica necesariamente la ruina de otros. Pero ¿qué tan cierta es esta percepción? En realidad, este pensamiento no solo es erróneo, sino que además ignora los fundamentos más básicos de lo que es el intercambio, el crecimiento económico y la evolución social.

El mercado libre, entendido como el espacio donde millones de decisiones individuales convergen a través del intercambio voluntario, es mucho más que una plataforma para la acumulación de riqueza. Es un reflejo de nuestras elecciones, de lo que valoramos y de cómo colaboramos entre sí, aún sin darnos cuenta. Cuando un consumidor compra un bien o servicio, está tomando una decisión consciente basada en la satisfacción que esa compra le proporciona. No se trata de una transacción en la que uno gana y otro pierde; es un acuerdo donde ambas partes consideran que han salido beneficiadas.

Lo irónico de la situación es que muchas de las voces que critican al libre mercado y lo tildan de explotador se benefician, de una u otra forma, de este mismo sistema. Los políticos que claman contra el "capitalismo salvaje" llenan las arcas del Estado con los impuestos que cobran a las empresas que operan en ese mismo mercado. Las fundaciones y ONG que abogan por una mayor intervención estatal suelen financiarse con donaciones provenientes de empresarios que buscan contribuir a la sociedad desde sus beneficios generados en el mercado. Entonces, ¿de qué hablamos realmente cuando criticamos al comercio? ¿Estamos cuestionando la estructura misma del sistema o la manera en que algunos actores lo utilizan en su favor?

El ejemplo de Colombia es especialmente revelador. Este es un país donde la pobreza y la desigualdad han sido males persistentes, pero donde las políticas de apertura económica y las iniciativas basadas en el mercado han logrado avances significativos en la reducción de la pobreza. La llegada de empresas tecnológicas y la innovación en sectores clave, como el agrícola y el de servicios, han creado empleos, mejorado la calidad de vida y reducido costos para los consumidores. Sin embargo, a pesar de estos logros, seguimos escuchando las mismas críticas hacia el "neoliberalismo", ese fantasma que, según algunos, es responsable de todos los males sociales. 

Pero lo que se omite en este tipo de discursos es que el verdadero problema no es el mercado libre, sino las distorsiones que se introducen a través del intervencionismo estatal. En Colombia, hemos visto cómo el "capitalismo de amigotes", donde las empresas con conexiones políticas obtienen favores y contratos públicos, distorsiona la competencia y perpetúa la corrupción. Estas prácticas no son el resultado del libre mercado, sino de un Estado que interviene y favorece a unos sobre otros, frenando la innovación y creando monopolios protegidos por regulaciones injustas.

El mercado es, en su esencia más pura, un espacio de innovación y creatividad. Los empresarios, motivados por la competencia y la posibilidad de ganancias, buscan constantemente formas de mejorar sus productos y servicios, lo que, a su vez, beneficia a los consumidores. Pero cuando el Estado interviene y coloca barreras, el proceso natural de competencia se ve interrumpido. En lugar de permitir que las empresas más innovadoras y eficientes prosperen, el Estado termina protegiendo a aquellas que tienen acceso a los pasillos del poder.

Esto nos lleva a una reflexión más profunda sobre la relación entre el mercado y la política. A lo largo de la historia, los intentos de los políticos por "corregir" el mercado han terminado creando más problemas de los que pretendían solucionar. En lugar de permitir que el mercado funcione libremente, los políticos buscan imponer controles, regulaciones e impuestos que, a menudo, solo benefician a un grupo pequeño en detrimento del resto de la sociedad. Estos controles no solo elevan los costos para los consumidores, sino que también sofocan la innovación y limitan las oportunidades para los emprendedores más pequeños.

Lo paradójico es que, mientras más controles se imponen, más se fortalece la narrativa de que el mercado es el problema. Y así, se retroalimenta un ciclo donde la intervención estatal se justifica en nombre de la justicia social, mientras que los verdaderos problemas, como la corrupción y el clientelismo, permanecen intactos. 

En este contexto, la idea de que el comercio es un juego de suma cero se convierte en una herramienta política poderosa. Si logramos convencer a la población de que el éxito de un empresario necesariamente significa la explotación de otros, entonces podemos justificar la creación de más controles, más impuestos y más intervención. Pero esta visión está profundamente equivocada. El empresario que innova, que crea un producto o servicio que mejora la vida de sus clientes, no está explotando a nadie; está proporcionando valor. Y cuando gasta su dinero, está, de hecho, redistribuyendo esa riqueza, ya sea a través de salarios, inversiones o donaciones.

En Colombia, el libre mercado ha sido responsable de algunos de los avances más importantes en los últimos años. La expansión de las telecomunicaciones, el auge del comercio electrónico y la mejora en los servicios financieros son solo algunos ejemplos de cómo la competencia y la innovación impulsan el progreso. Sin embargo, estos logros a menudo son eclipsados por una narrativa populista que insiste en que el mercado es inherentemente injusto. Es una narrativa que ignora el hecho de que, en un intercambio voluntario, ambas partes ganan, y que la búsqueda de ganancias es, en realidad, una fuerza poderosa para el bien común.

El verdadero reto para Colombia no es el libre mercado, sino la falta de un entorno verdaderamente competitivo. Mientras el Estado siga interviniendo de manera desproporcionada, favoreciendo a ciertos actores y creando barreras para la entrada de nuevos competidores, el potencial del mercado para generar prosperidad seguirá siendo limitado. La solución no pasa por más controles, más impuestos o más burocracia, sino por liberar el potencial del mercado, permitiendo que los emprendedores innoven, compitan y generen valor para todos.

En última instancia, el comercio no es un juego de suma cero, y el éxito de unos no implica la derrota de otros. El intercambio voluntario, basado en la competencia y la innovación, es la clave para un futuro más próspero, no solo para Colombia, sino para cualquier sociedad que aspire a mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Dejemos de demonizar al mercado y empecemos a reconocer el valor que genera para todos.

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