El hechizo roto: el socialismo y la caída del sentido común en tiempos modernos



Vivimos en una época donde las narrativas políticas se han vuelto tan poderosas que son capaces de moldear la realidad, independientemente de si se ajustan o no a los hechos. En Colombia, al igual que en muchas otras naciones, el relato del socialismo ha adquirido una fuerza que ha desplazado el sentido común y la racionalidad económica. Lo que comenzó como una serie de promesas bien intencionadas ha terminado por convertirse en una historia que, contada una y otra vez, ha sido aceptada como verdad incuestionable. Pero, como suele suceder con los mitos, cuando se examinan de cerca, empiezan a desmoronarse.

El relato del socialismo en América Latina se ha basado en la promesa de un Estado benefactor que resolvería todos los problemas sociales. La igualdad absoluta y la justicia social se presentan como fines alcanzables a través de la intervención estatal, como si el simple hecho de redistribuir la riqueza pudiese borrar de un plumazo las diferencias inherentes a una sociedad dinámica. En lugar de fomentar un sistema que recompense el mérito, la innovación y el esfuerzo personal, el socialismo promueve una dependencia cada vez mayor del Estado, lo que poco a poco va anulando la creatividad y la capacidad individual de la gente para salir adelante por sí misma. Este enfoque, aunque parece atractivo en la superficie, es profundamente defectuoso.

Colombia no ha sido inmune a este fenómeno. Los discursos políticos que exigen más intervención del Estado para resolver la pobreza y la desigualdad han ganado terreno en la última década, mientras que las soluciones basadas en la libertad de mercado y la responsabilidad individual han sido desestimadas o caricaturizadas como el "capitalismo salvaje". Los ejemplos cotidianos están por todas partes: la creciente burocracia estatal que parece no dar soluciones reales a los problemas estructurales, la dependencia cada vez mayor de subsidios y ayudas que solo perpetúan una cultura de dependencia, y la desconfianza hacia el emprendimiento y la competencia como motores de desarrollo.

Los políticos que repiten una y otra vez estas promesas de bienestar garantizado a través del Estado, terminan por desplazar el sentido común que nos enseñaba que la prosperidad viene de la libertad económica, no del control estatal. Y, sin embargo, el pueblo parece haber aceptado esta narrativa al pie de la letra, aun cuando las evidencias de su fracaso están por todas partes. La Venezuela de Chávez y Maduro es el ejemplo más cercano y doloroso de cómo este tipo de relatos pueden desmoronar una economía floreciente y sumir a su población en la miseria. Pero, a pesar de este colapso económico evidente, la narrativa sigue viva. 

En Colombia, las promesas socialistas no han sido tan radicales ni destructivas como en otros países, pero el eco de esas mismas ideas está presente. Los candidatos populistas siguen prometiendo lo mismo: que el Estado debe crecer, que se necesita más regulación, más impuestos a las empresas, y más control sobre los medios de producción para poder garantizar una justicia social que, en el fondo, nunca llega. Las promesas son atractivas porque juegan con el anhelo de resolver problemas reales, pero lo que no se dice es que, al crecer el Estado, también crecen los problemas de corrupción, ineficiencia y despilfarro.

En una economía de mercado, las personas tienen la libertad de elegir cómo usar su tiempo y sus recursos. Las decisiones económicas se basan en la oferta y la demanda, en el deseo de mejorar, en la búsqueda del beneficio mutuo a través del intercambio libre. Este sistema no es perfecto, pero ha demostrado ser el más eficaz para crear riqueza y mejorar el nivel de vida de las personas. Pero el socialismo desconfía de este proceso. Parte de la creencia de que las decisiones individuales son egoístas o perjudiciales para el bien común, y que, por tanto, el Estado debe intervenir para corregir esas "fallas" del mercado.

Un ejemplo claro de cómo esta narrativa se está arraigando en Colombia es el debate sobre el control de precios y las intervenciones en la industria energética. En lugar de dejar que el mercado determine los precios en función de la oferta y la demanda, la presión política por controlar los precios de bienes y servicios esenciales como la gasolina o la electricidad sigue siendo fuerte. Esto, lejos de resolver los problemas, solo crea distorsiones que llevan a la escasez, a la ineficiencia y al deterioro del servicio. Los subsidios al consumo, si bien ayudan a corto plazo, en el largo plazo distorsionan los incentivos para el ahorro y la inversión en energías más limpias o eficientes.

El socialismo también tiene una relación tensa con la propiedad privada. La noción de que el Estado debe redistribuir la riqueza, quitando a los más "ricos" para dárselo a los más "pobres", crea una cultura en la que el éxito económico es penalizado en lugar de ser incentivado. En lugar de fomentar una mentalidad de creación de valor, el socialismo fomenta una actitud de victimismo, donde cualquier diferencia económica es vista como injusta por naturaleza. Sin embargo, el éxito de una economía libre radica precisamente en que permite que quienes tienen ideas innovadoras, quienes están dispuestos a asumir riesgos y trabajar arduamente, puedan prosperar. Esto genera un círculo virtuoso en el que más personas se benefician de las oportunidades que se crean.

El problema de fondo del relato socialista es que parte de una visión utópica del ser humano. Supone que, si se eliminan las desigualdades materiales, la sociedad alcanzará un estado de armonía. Pero la realidad es mucho más compleja. Las desigualdades son parte de la naturaleza humana, y no todas ellas son injustas. Al final del día, los seres humanos somos distintos: tenemos diferentes talentos, aspiraciones, niveles de esfuerzo y circunstancias. Pretender que el Estado puede nivelar esas diferencias de manera artificial es una ilusión que solo lleva a más frustración.

Es cierto que vivimos tiempos de incertidumbre económica. Los ciclos financieros globales, la pandemia, y las presiones inflacionarias han generado inquietud en todos los sectores. Ante esta incertidumbre, es comprensible que muchas personas busquen respuestas en la intervención estatal. Sin embargo, este es precisamente el momento en el que debemos recordar las lecciones de la historia y confiar en los principios que han demostrado ser efectivos: la libertad económica, la responsabilidad individual, y la confianza en el mercado para adaptarse y encontrar soluciones a los problemas. 

Aceptar el relato del socialismo sin cuestionarlo es caer en la trampa de pensar que el Estado tiene todas las respuestas. Pero las decisiones económicas que tomemos hoy —ya sea como individuos o como sociedad— determinarán si nuestra economía podrá prosperar a largo plazo o si quedaremos atrapados en un ciclo de dependencia estatal y mediocridad económica. En lugar de pedir más Estado, deberíamos estar exigiendo más libertad.

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