El Gran Engaño del Estado Benefactor: ¿Estamos Construyendo Nuestra Propia Jaula?


La narrativa en la que muchos crecimos nos ha vendido la idea de que el Estado es el protector, el salvador que nos rescatará de la pobreza, el desamparo y la injusticia. Nos enseñaron a creer que un gobierno más fuerte, más intervencionista, es el camino hacia una sociedad más justa. Pero, ¿qué pasa cuando el Estado se convierte en una trampa, un mecanismo que lejos de emanciparnos nos mantiene en la pobreza, la dependencia y la sumisión? En Colombia, donde los programas sociales parecen haberse multiplicado como soluciones mágicas a nuestros problemas estructurales, vale la pena reflexionar si este Estado benefactor, que promete tanto, está realmente construyendo una mejor sociedad o si, por el contrario, está erosionando nuestras libertades y oportunidades.

La promesa del Estado es siempre tentadora: subsidios, ayudas, programas de bienestar. Sin embargo, lo que pocos se detienen a analizar es que, tras esta fachada de generosidad, lo que realmente se esconde es un ciclo de dependencia. Cuando una persona recibe un subsidio para sobrevivir sin trabajar, no le está ofreciendo la oportunidad de prosperar; le está enseñando a sobrevivir en el estancamiento. Esta realidad es tan evidente que basta con mirar el panorama actual de países que han abrazado políticas de redistribución masiva. En Argentina, por ejemplo, la pobreza ha alcanzado niveles descomunales, a pesar de décadas de programas sociales. En lugar de eliminar la pobreza, el Estado ha perpetuado la miseria, creando una clase dependiente de las dádivas gubernamentales, mientras que el tejido productivo de la nación se desmorona. ¿Queremos realmente seguir ese camino en Colombia?

La trampa del Estado benefactor es clara: promete ayudarte, pero solo mientras tú te mantengas en la situación de necesitar su ayuda. Cada subsidio es, en esencia, una cadena que te ata a la dependencia. Cuando aceptas que el Estado te dé de comer, estás renunciando a la libertad de ser tú quien provee para ti mismo. Estás cediendo el control de tu vida y de tus decisiones. Y lo más trágico es que, a medida que el Estado se hace más grande y más interventor, las oportunidades reales para salir adelante por tus propios medios se reducen.

Este ciclo de dependencia no solo afecta a los más vulnerables, también afecta a quienes trabajan, producen y generan riqueza. En Colombia, la carga impositiva es asfixiante para quienes intentan emprender o crear empleo. Los pequeños empresarios, los agricultores, los profesionales independientes, todos ven cómo una parte considerable de sus esfuerzos es arrebatada por el Estado para financiar estos programas de subsidios. Y así, lo que tenemos es una nación donde la mitad de la población vive del trabajo de la otra mitad. Es un círculo vicioso: el Estado necesita recursos para mantener sus programas, así que exprime a los trabajadores, pero al mismo tiempo, fomenta la dependencia de quienes reciben los subsidios, creando una clase de personas que ya no se ven a sí mismas como productivas, sino como receptoras pasivas de la ayuda estatal.

¿Hasta cuándo podemos sostener un sistema así? Si bien el Estado puede seguir aumentando los impuestos y endeudándose para mantener a flote su entramado de ayudas, eventualmente, la base productiva se quiebra. Los emprendedores se cansan, las empresas cierran o se van a otros países con menores cargas impositivas, y lo que queda es un país estancado, con una economía débil y dependiente de la caridad gubernamental. Es lo que vemos en tantos países de América Latina que han abrazado esta mentalidad del Estado proveedor: un estancamiento crónico, una pobreza endémica y una falta de oportunidades reales.

Pero hay algo más siniestro en este ciclo de dependencia: la pérdida de tiempo. El Estado no solo te quita tu dinero a través de impuestos, también te roba tu tiempo. El tiempo que podrías haber dedicado a estudiar, a emprender, a crear algo nuevo, lo pierdes esperando que el Estado te dé una solución. El tiempo que pasas llenando formularios, haciendo fila para recibir un subsidio o dependiendo de una ayuda gubernamental es tiempo que nunca recuperarás. Y lo peor es que este tiempo perdido es irrecuperable. No puedes retroceder y decidir que, en lugar de esperar una ayuda estatal, podrías haber invertido en tu propia educación o haber tomado el riesgo de emprender. El socialismo, y cualquier sistema que promueva la dependencia del Estado, es un ladrón de tiempo, un ladrón de vidas.

Y no solo te roba tiempo, también te roba iniciativa. Porque, ¿qué incentivo tiene una persona para esforzarse cuando el Estado le asegura que, haga lo que haga, siempre habrá una ayuda disponible? Esto nos lleva al corazón del problema: el Estado benefactor, lejos de empoderar a las personas, las despoja de su dignidad. Les enseña que no necesitan esforzarse, que no necesitan ser responsables de sus propias vidas. Y así, en lugar de construir una sociedad de individuos autosuficientes, lo que estamos construyendo es una sociedad de personas que han sido despojadas de su capacidad de valerse por sí mismas.

En Colombia, vemos este fenómeno claramente en la creciente dependencia de los subsidios y programas sociales. En lugar de fomentar el trabajo, el esfuerzo y la superación personal, estamos creando una mentalidad de que el Estado siempre estará ahí para resolver nuestros problemas. Pero lo que pocos se atreven a decir es que esta dependencia tiene un costo enorme. No solo en términos económicos, sino en términos de nuestra libertad. Porque cada vez que el Estado te da algo, te quita algo a cambio. Y lo que te quita es tu autonomía, tu capacidad para decidir por ti mismo.

La única manera de romper este ciclo es rechazar la idea de que el Estado es la solución a nuestros problemas. Debemos construir una sociedad donde las personas no dependan del gobierno para su bienestar, sino de sus propias capacidades, su esfuerzo y su ingenio. Esto significa fomentar el emprendimiento, reducir la carga impositiva, y devolver a las personas el control sobre sus propias vidas. Significa también reconstruir esas instituciones que realmente funcionan: la familia, las comunidades locales, las escuelas y las iglesias, que son los verdaderos pilares de una sociedad fuerte.

En lugar de esperar que el Estado nos dé una solución, debemos construir nuestras propias soluciones. Y esto comienza por recuperar el sentido de responsabilidad individual, por entender que la libertad no es algo que el Estado te otorga, sino algo que tú mismo construyes a través de tus decisiones y tus acciones. Solo cuando dejemos de depender del Estado, podremos empezar a construir una sociedad verdaderamente libre y próspera.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La democracia no se mata solo con balas: se pudre en silencio, cuando aplaudimos el odio

El negocio de la pobreza y la trampa de la ilusión

La Inflación Persistente: Un Desafío para los Consumidores