El Estado No Es La Solución: El Camino Perdido Hacia La Libertad
La idea de que el Estado es una especie de salvador supremo se ha instalado tan profundamente en nuestra sociedad que se ha vuelto incuestionable para muchos. Nos han vendido la narrativa de que sin un aparato estatal grande y omnipresente, estaríamos indefensos ante los problemas que enfrentamos día a día. Y es fácil caer en esa creencia cuando el discurso predominante, desde los medios de comunicación hasta los políticos, refuerzan constantemente la idea de que el Estado está allí para protegernos, guiarnos y resolver nuestros problemas. Pero cuando miramos más de cerca, lo que encontramos es un Estado que, lejos de ser una fuerza benévola, ha asumido un rol paternalista y controlante, restringiendo la libertad individual y alimentándose del trabajo de sus ciudadanos.
En Colombia, esta narrativa ha sido particularmente fuerte. Hemos sido testigos de cómo el Estado se presenta como el único actor capaz de solucionar las crisis, desde la pobreza hasta la inseguridad, pero los resultados hablan por sí solos. La pobreza sigue siendo un problema profundo, a pesar de los numerosos programas sociales que supuestamente están diseñados para combatirla. Cada vez que surge una nueva crisis, la respuesta parece ser la misma: más Estado, más intervención, más regulaciones. Y sin embargo, a pesar de todos estos esfuerzos, las cosas no mejoran. ¿No deberíamos estar haciéndonos preguntas sobre el papel que juega el Estado en perpetuar estos problemas, en lugar de ser la solución que prometen?
Lo que el Estado no es, y nunca ha sido, es eficiente. Tomemos un ejemplo cotidiano: los servicios básicos. El acceso a la salud pública en Colombia es un proceso tortuoso, donde las personas pueden pasar meses esperando una cita o una cirugía. ¿Cómo es posible que un sistema diseñado para servir a las personas se haya convertido en una máquina lenta y torpe que constantemente falla a quienes más lo necesitan? Porque en su esencia, el Estado no está diseñado para ser ágil ni eficiente. La burocracia, por naturaleza, se alimenta a sí misma, y cada intento de "mejorar" los servicios estatales solo termina añadiendo más capas a un sistema que ya está colapsado bajo su propio peso.
Pero lo más alarmante no es solo la ineficiencia del Estado. Lo más preocupante es que nos han hecho creer que sin él, no podríamos vivir. Desde pequeños, nos enseñan que necesitamos al Estado para garantizar nuestra seguridad, nuestra educación, nuestro bienestar. Esta dependencia mental es una de las formas más efectivas de control, porque nos convierte en súbditos en lugar de ciudadanos. Nos hace pensar que no somos capaces de tomar el control de nuestras vidas sin la mano paternalista del gobierno que nos guíe. Pero, ¿es esto realmente cierto?
Pensemos en los emprendedores, en las personas que, a pesar de todas las dificultades, logran sacar adelante sus negocios. En Colombia, la carga regulatoria sobre las pequeñas y medianas empresas es sofocante. Un emprendedor tiene que sortear innumerables obstáculos burocráticos solo para poner en marcha su negocio. Y si logra superar esas barreras iniciales, entonces se enfrenta a un sistema fiscal que lo exprime hasta el límite. Aun así, hay quienes lo logran. Pero, ¿cuántos más podrían prosperar si el Estado simplemente dejara de ponerles trabas? La libertad económica no es una utopía; es la base de una sociedad verdaderamente próspera. Y sin embargo, seguimos permitiendo que el Estado controle cada aspecto de nuestra actividad económica, bajo la excusa de que está protegiendo a los más vulnerables.
El problema es que el Estado tampoco es imparcial. Se presenta como un árbitro justo que vela por el bienestar de todos, pero en la práctica, responde a intereses específicos. Los grandes conglomerados económicos, los políticos de turno y los grupos de poder se aseguran de que las reglas del juego les beneficien a ellos, mientras que el ciudadano común sigue soportando las cargas. En Colombia, esto es particularmente evidente en sectores como el transporte, la energía y la construcción, donde las licitaciones y los contratos suelen ser manejados por las mismas manos, dejando fuera a cualquier competencia real. El Estado no regula para garantizar la equidad; regula para consolidar su control y beneficiar a unos pocos.
En momentos de crisis, como la pandemia del COVID-19, vimos cómo el Estado asumió poderes extraordinarios. Se decretaron cuarentenas, se cerraron negocios, se prohibieron reuniones y se restringió la libertad de movimiento. Todo en nombre de la seguridad pública. Y mientras tanto, miles de personas perdieron sus trabajos, sus negocios cerraron para siempre y la pobreza aumentó. Sin embargo, el Estado continuó alimentando la narrativa de que estas medidas eran necesarias para protegernos. ¿Protección a qué costo? La libertad que se pierde en tiempos de crisis raramente se recupera por completo, y las restricciones impuestas por el Estado son difíciles de revertir una vez que se han implementado.
Lo más peligroso de todo es que el Estado también se presenta como el guardián de nuestras libertades, cuando en realidad es el principal actor que las restringe. Cada nueva regulación, cada nuevo impuesto, cada nueva ley es una forma de control. Y cuanto más poder damos al Estado, más difícil es recuperarlo. La libertad individual es un derecho inherente que debería estar por encima de cualquier gobierno, pero hemos permitido que el Estado la defina, la limite y la moldee según sus propios intereses. En Colombia, el aumento de la vigilancia, las leyes restrictivas sobre la libertad de expresión y los intentos de censura en los medios de comunicación son solo algunos ejemplos de cómo el Estado erosiona nuestras libertades bajo el pretexto de protegernos.
La solución a nuestros problemas no pasa por más intervención estatal. Pasa por devolver el poder a los individuos. Pasa por permitir que las personas tomen el control de sus vidas, que decidan por sí mismas qué hacer con su tiempo, su dinero y su futuro. En lugar de confiar ciegamente en un Estado que ha demostrado una y otra vez su incapacidad para resolver los problemas, deberíamos apostar por la libertad. La libertad de emprender, de educar a nuestros hijos como creamos conveniente, de vivir nuestras vidas sin la constante intervención de un aparato burocrático que no entiende nuestras necesidades y que, francamente, no le importa.
El Estado no es, ni nunca ha sido, la solución. Es hora de que empecemos a ver la realidad por lo que es: un sistema que se ha apropiado de nuestras vidas y que ha crecido desmesuradamente a expensas de nuestra libertad. La verdadera prosperidad, el verdadero progreso, no vendrán de la mano de más regulaciones o más intervención estatal. Vendrán cuando entendamos que la libertad individual es el camino hacia una sociedad más justa, más próspera y, sobre todo, más libre.

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