El Estado como enemigo: Por qué la pobreza persiste en América Latina
Es difícil no sentirse abrumado por las estadísticas que vemos a diario. Más de la mitad de los argentinos viven en la pobreza, y uno no puede evitar preguntarse cómo llegamos a este punto. Después de décadas de promesas de erradicar la pobreza, el Estado ha fallado, pero lo más inquietante es que sigue siendo presentado como la solución. En medio de esta realidad, surge una verdad incómoda: el Estado no solo no está sacando a las personas de la pobreza, sino que está activamente perpetuándola. Esta situación no es única en Argentina, y en países como Colombia, los paralelismos son evidentes. La promesa de que la pobreza se resolverá con más intervención estatal, más programas sociales y más regulación se sigue repitiendo como un mantra. Pero detrás de este discurso se oculta una trampa.
Vivimos en un momento en el que el relato socialista ha ganado un espacio preocupante en el imaginario colectivo. No es raro ver cómo en Colombia, los discursos que antes parecían extremos, hoy suenan más razonables. “El Estado debe protegernos”, “es necesario regular la economía”, “los ricos deben pagar más”. Estos mantras son repetidos por los bienpensantes que, en su análisis, logran captar los problemas reales, pero se quedan ciegos ante las soluciones evidentes. La razón de fondo es que el Estado necesita la pobreza para justificar su propia existencia. Necesita esa dependencia para perpetuar su control y justificar más impuestos, más burocracia y, sobre todo, más poder.
Cuando analizamos la realidad en países como Colombia, donde el Estado se presenta como la única entidad capaz de regular las desigualdades, el problema se vuelve aún más evidente. En teoría, el gobierno debe actuar como un ente regulador, asegurando que las riquezas se redistribuyan de manera equitativa. Pero la realidad es que esa redistribución no genera riqueza. Al contrario, la redistribución masiva solo convierte al Estado en un intermediario ineficiente que solo genera más pobreza. Se crea una dependencia en la cual los más pobres viven de las migajas que el Estado reparte a través de subsidios y programas que prometen mejorar su situación, pero que, en la práctica, solo perpetúan su miseria.
En lugar de empoderar al ciudadano, el Estado lo convierte en dependiente. Y esta dependencia, lejos de resolver el problema, lo agrava. Cuando más de la mitad de una población depende de la otra mitad, como ocurre en Argentina y, en menor medida, en Colombia, se establece un ciclo vicioso en el que los trabajadores productivos se ven asfixiados por cargas fiscales insostenibles mientras los beneficiarios de programas sociales se vuelven rehenes de un sistema clientelista que no les permite escapar de la pobreza. Y es aquí donde el relato del socialismo adquiere fuerza: promete una igualdad que nunca llega, una equidad que se convierte en trampa.
En Colombia, el Estado no solo está fallando en su misión de erradicar la pobreza, sino que está perpetuando las condiciones que la fomentan. Al regular la economía y aumentar los impuestos, el Estado no está permitiendo que los emprendedores crezcan ni que el mercado funcione de manera eficiente. En lugar de fomentar la creación de riqueza, la intervención estatal frena la innovación, sofoca el emprendimiento y desalienta la inversión. Todo esto conduce a una situación en la que los pobres se vuelven más pobres, los ricos buscan maneras de evadir impuestos o emigran, y el país queda estancado en un ciclo interminable de mediocridad económica.
Sin embargo, los bienpensantes insisten en que la solución es más Estado. ¿Por qué no somos capaces de ver la realidad? Quizás porque nos han vendido un relato que suena bien: la idea de que con más regulación, con más impuestos, con más programas sociales, se logrará erradicar la pobreza. Pero esta es una mentira que ha sido desmentida una y otra vez. Basta con mirar a países que han reducido su pobreza de manera sostenida, como algunos en Asia y Europa del Este, donde la clave ha sido la liberalización de la economía, la reducción de la intervención estatal y el fomento de la libertad individual. En esos lugares, la pobreza se ha combatido no con más Estado, sino con menos. La evidencia es clara: la riqueza no se genera desde el Estado, sino desde el individuo que, con libertad para emprender y trabajar, puede crear valor.
Lo que ocurre en Argentina es un ejemplo extremo de este fracaso, pero no debemos cometer el error de creer que es un fenómeno aislado. Colombia se encuentra en el mismo camino, con un Estado cada vez más grande, que absorbe más recursos y que ofrece menos resultados. La inflación, la ineficiencia y la corrupción son el precio que pagamos por un gobierno que cree que puede resolver todos los problemas con más intervención. Pero la realidad es que cuando el poder se concentra en manos del Estado, se vuelve propenso a los abusos, la corrupción y el amiguismo. Esto no es una teoría abstracta; lo vemos a diario en cada nuevo escándalo de corrupción, en cada ineficiencia burocrática, en cada fracaso de las políticas sociales.
Las soluciones no están en la creación de más programas, ni en el aumento de la burocracia, ni en la implementación de más impuestos. Al contrario, necesitamos liberar a la economía de las cadenas del Estado. La libertad económica es la única manera de crear riqueza de manera sostenida. Es necesario reducir el tamaño del Estado, eliminar la burocracia innecesaria y permitir que el ciudadano, a través de su propio esfuerzo, pueda prosperar sin depender del asistencialismo. La pobreza no se soluciona desde arriba, imponiendo soluciones centralizadas, sino desde abajo, permitiendo que las personas tomen control de su destino.
En última instancia, lo que está en juego no es solo el bienestar económico de los ciudadanos, sino su libertad. Porque un Estado que controla la economía, que redistribuye la riqueza y que impone cada vez más regulaciones, es un Estado que también controla la vida de sus ciudadanos. Y cuando el Estado se convierte en el gran distribuidor de recursos, lo que en realidad está haciendo es perpetuar su poder sobre una población dependiente.
Este es el verdadero peligro de la pobreza: no solo priva a las personas de los medios económicos para mejorar su vida, sino que las ata al poder estatal, que siempre necesitará de esa dependencia para justificar su propia existencia. Y cuando los ciudadanos dependen del Estado para su sustento, el precio que pagan no es solo económico, sino también de libertad. En Colombia, la pregunta que debemos hacernos no es cuánto más puede hacer el Estado por nosotros, sino cómo podemos liberarnos de su control. Porque solo en la libertad económica está la verdadera solución a la pobreza.

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