El espejismo de la libertad controlada
Vivimos en una época de contradicciones. Mientras el mundo clama por la libertad, la autonomía y la individualidad, la realidad de nuestros días muestra un panorama muy distinto: un escenario donde el Estado se infiltra cada vez más en nuestras vidas, prometiendo soluciones y bienestar a cambio de algo mucho más valioso que el dinero—nuestra libertad. En Colombia, como en muchas otras naciones, el discurso público se ha ido moldeando en torno a la idea de que la intervención estatal es no solo necesaria, sino deseable. Sin embargo, aquellos que abrazan los ideales libertarios han comprendido algo que cada vez menos personas parecen recordar: cuando le cedes al Estado el control, incluso con buenas intenciones, es casi imposible recuperar lo que has perdido.
Para los libertarios, la oposición entre el individuo y el Estado es evidente. Mientras las personas, en su libre interacción, crean mercados, oportunidades y soluciones por sí mismas, el Estado interviene con regulaciones, impuestos y promesas de ayuda que a menudo resultan contraproducentes. Es como un médico que, en lugar de recetar al paciente un tratamiento que lo haga más fuerte, simplemente lo mantiene dependiente de un medicamento que nunca lo cura del todo. En Colombia, donde los programas sociales son muchas veces vistos como soluciones milagrosas para erradicar la pobreza, las cifras siguen siendo alarmantes, y cada año el número de personas que dependen de estos subsidios crece, mientras el progreso real se estanca.
La dependencia estatal es un veneno silencioso. Al principio, parece una ayuda necesaria, un salvavidas en tiempos difíciles. Pero a medida que pasa el tiempo, las personas comienzan a ajustar sus vidas en torno a las ayudas que reciben, y la libertad de acción queda relegada a un segundo plano. La trampa es sutil: al principio, un pequeño subsidio para aquellos que más lo necesitan parece justo y moral. Pero con el tiempo, el mismo subsidio se convierte en una red que atrapa a más personas, quienes comienzan a ver al Estado como el único actor capaz de resolver sus problemas, perdiendo de vista su capacidad de autogestión y creación. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más grande se vuelve el Estado, más dependencia genera; y cuanto más dependientes somos, más poder entregamos.
Este es uno de los grandes males de la intervención estatal que los libertarios han denunciado por generaciones. La promesa de que el Estado puede intervenir para equilibrar las desigualdades sociales es una ilusión. Los verdaderos cambios no vienen de más regulación, más impuestos o más programas sociales. El progreso, el real, el que perdura, solo puede surgir de la libertad individual. Es en el mercado, en la interacción libre y voluntaria entre personas, donde surgen las mejores soluciones para los problemas más complejos. Sin embargo, este principio parece haber sido olvidado.
Uno de los grandes ejemplos de esta trampa en la actualidad es la crisis migratoria en Colombia y otros países de la región. Para muchos, la respuesta automática a la migración masiva es el control estatal: más barreras, más regulaciones, más restricciones. Pero, ¿y si el enfoque estuviera equivocado? Los libertarios sostienen que la migración, como cualquier otro fenómeno humano, debería ser gestionada de manera libre. La gente se mueve buscando mejores oportunidades, y es precisamente en la libertad de movimiento donde pueden florecer las nuevas ideas, los nuevos mercados, las nuevas colaboraciones. En lugar de ver la migración como una amenaza, deberíamos verla como una oportunidad para que más personas participen en la creación de riqueza y desarrollo. Pero esto solo es posible si se permite que los individuos tomen sus propias decisiones, sin la constante intervención del Estado.
El ambientalismo es otro campo de batalla donde la visión libertaria ha sido distorsionada. El discurso dominante parece asumir que solo el Estado, con su maquinaria reguladora, puede salvar al planeta. Pero esta visión ignora un principio básico del libertarismo: cuando las personas tienen la propiedad de los recursos, tienen un incentivo natural para protegerlos. Los propietarios privados tienen un interés directo en mantener el valor de sus tierras, de sus aguas, de sus bosques. En contraste, la gestión estatal tiende a ser ineficiente, lenta y susceptible de ser manipulada por intereses políticos. En lugar de más regulaciones ambientales que a menudo son incumplidas o mal ejecutadas, un enfoque basado en la responsabilidad individual y el respeto a los derechos de propiedad puede ser mucho más eficaz para preservar el medio ambiente.
Pero uno de los ataques más sutiles y peligrosos contra el libertarismo viene desde dentro, desde aquellos que se autodenominan libertarios pero que promueven una versión diluida y distorsionada de esta filosofía. Estos llamados “libertarios de izquierda” abogan por una combinación de libertad individual con políticas estatales intervencionistas en áreas clave como la economía y la justicia social. Esta postura es una contradicción en sí misma. No se puede hablar de verdadera libertad cuando se pide al Estado que intervenga para garantizar “justicia social” mediante la redistribución de la riqueza o la regulación del mercado. El libertarismo no se trata de pedir favores al Estado, sino de limitar su poder para permitir que las personas resuelvan sus propios problemas.
En Colombia, como en muchas otras partes del mundo, esta confusión ha llevado a una mezcla de políticas que, lejos de promover la libertad, perpetúan la intervención estatal en casi todos los aspectos de la vida. Lo vemos en la carga impositiva que aplasta a los pequeños emprendedores, en las regulaciones que hacen imposible que los negocios florezcan libremente, y en los programas sociales que crean dependencia en lugar de soluciones. Cada vez que el Estado interviene para “arreglar” algo, deja una estela de burocracia, ineficiencia y, en muchos casos, corrupción.
La verdad incómoda, que muchos prefieren no ver, es que el Estado no es un solucionador de problemas, sino un generador de ellos. Las soluciones reales a los desafíos sociales, económicos y ambientales de hoy no vendrán de más regulación, más control o más intervención estatal. Vendrán de menos. Vendrán de la libertad de los individuos para tomar decisiones, asumir riesgos, crear y colaborar de manera voluntaria. El tiempo ha demostrado que cada vez que el Estado crece, la libertad individual disminuye, y con ella, la capacidad de las personas para resolver sus propios problemas y alcanzar su máximo potencial.
Es momento de recordar lo que hemos olvidado. El verdadero libertarismo no es una utopía irrealista, es una defensa pragmática de la libertad individual frente al poder ilimitado del Estado. Y en un mundo donde la intervención estatal parece estar en todas partes, defender esta idea se ha vuelto más crucial que nunca. La libertad, como el progreso, no es algo que se pueda regalar ni imponer desde arriba. Es algo que se gana y se construye desde abajo, desde cada individuo que, al actuar libremente, contribuye al bienestar de la sociedad en su conjunto. Es hora de devolver a las personas lo que realmente les pertenece: su libertad.

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