El adoctrinamiento silencioso y la lucha por la libertad individual en Colombia


Vivimos en un país que parece, cada vez más, estar moldeando a sus ciudadanos para que no cuestionen, no desafíen y, sobre todo, no aspiren a la libertad individual. En cada rincón de la vida social y política, los colombianos están siendo educados –o mejor dicho, adoctrinados– para que miren al Estado como el único ente capaz de resolver sus problemas, para que dependan de él y para que acepten una realidad en la que la competencia y el esfuerzo individual no tienen cabida. Desde las aulas escolares hasta los debates políticos en los medios de comunicación, lo que se promueve es una visión del mundo en la que el éxito personal debe estar subordinado al supuesto bienestar colectivo, y donde la verdadera libertad es vista con desconfianza.

Este fenómeno no es exclusivo de Colombia, pero aquí adquiere características especialmente preocupantes. La educación, que debería ser el espacio donde los jóvenes descubren el poder de su creatividad y responsabilidad personal, ha sido secuestrada por una ideología que pone al Estado en el centro de todo. Los niños crecen con la idea de que su éxito no depende de sus propias habilidades y esfuerzos, sino de lo que el gobierno esté dispuesto a darles. Este adoctrinamiento es tan profundo que incluso los padres, muchos de los cuales han sido formados bajo las mismas ideas, no se dan cuenta del daño que esto les hace a sus hijos y, por ende, al futuro del país.

La ironía más trágica es que esta forma de pensar se contradice con la realidad que vivimos diariamente. Colombia, como muchos otros países de América Latina, ha estado bajo la influencia de políticas que promueven una mayor intervención estatal en la vida económica y social. Y, sin embargo, los problemas que dichas políticas supuestamente resolverían –pobreza, desigualdad, corrupción– siguen empeorando. El gobierno promete soluciones mágicas a problemas complejos, pero lo que realmente está haciendo es consolidar su poder y asegurarse de que una parte significativa de la población dependa de él para subsistir. No importa cuántos programas sociales se creen, ni cuántas leyes se aprueben para regular la economía: la realidad es que el Estado, lejos de ser la solución, es parte del problema.

En este contexto, los ciudadanos se ven atrapados en una paradoja. Por un lado, se les dice que el Estado es indispensable, que sin su intervención la sociedad colapsaría. Por otro lado, la intervención estatal ha creado una maraña burocrática que obstaculiza el crecimiento económico, desalienta la inversión y castiga el éxito. ¿Cómo es posible que algo tan obvio como la relación entre esfuerzo personal y recompensa sea tan difícil de aceptar en nuestro país? La respuesta radica, en parte, en la forma en que hemos sido educados. Hemos sido adoctrinados para ver el éxito individual como algo egoísta, como algo que solo puede lograrse a expensas de los demás. Se nos ha enseñado a desconfiar de aquellos que prosperan en el mercado libre, y a ver al gobierno como el único árbitro justo de la riqueza.

Este tipo de pensamiento ha permeado incluso en las escuelas privadas, donde se esperaría que los niños fueran educados con una mentalidad diferente. Pero, como bien sabemos, no importa si la educación es pública o privada: el adoctrinamiento ideológico es tan fuerte que ha penetrado en todas las instituciones. Los valores que se transmiten en las aulas son los mismos: una desconfianza profunda en la libertad económica, una adoración al Estado y una condena al éxito individual. Y los resultados están a la vista: generaciones de colombianos que no saben cómo valerse por sí mismos, que esperan que el gobierno resuelva sus problemas y que ven el emprendimiento y la competencia como algo negativo.

El impacto de esta mentalidad no solo se refleja en la economía, sino también en la política. En cada elección, los candidatos prometen más y más intervenciones estatales, más programas sociales, más subsidios. Y, sin embargo, las cosas no mejoran. ¿Por qué? Porque el problema de fondo no es que el gobierno esté fallando en implementar las políticas correctas; el problema es que el propio gobierno es parte de la estructura que está manteniendo al país en el subdesarrollo. Cada nueva regulación, cada nuevo impuesto, cada nueva ley que busca redistribuir la riqueza, no hace más que consolidar el poder de una élite política que se beneficia de la dependencia de la población.

Este ciclo de dependencia y control es lo que debemos romper si queremos un futuro diferente. Pero para hacerlo, primero debemos reeducarnos. Debemos entender que la verdadera prosperidad no viene del Estado, sino de la libertad individual, de la capacidad de cada persona para perseguir sus propios sueños y objetivos sin la interferencia constante de un gobierno que lo ahoga con impuestos y regulaciones. Debemos reconocer que la competencia, lejos de ser un mal, es lo que impulsa la innovación, el crecimiento y el progreso.

En lugar de esperar que el gobierno resuelva nuestros problemas, deberíamos fomentar una cultura de responsabilidad personal, donde cada individuo asuma las riendas de su propio destino. Esto no significa que debemos abandonar la idea de comunidad o de solidaridad; significa que debemos construir una sociedad en la que esas virtudes emerjan de manera voluntaria, no impuestas por el Estado. Una sociedad verdaderamente libre es aquella en la que los ciudadanos cooperan entre sí porque así lo desean, no porque el gobierno los obliga.

Sin embargo, para que esto sea posible, necesitamos una revolución en la forma en que educamos a nuestros hijos. Debemos dejar de ver la educación como una herramienta para crear ciudadanos obedientes y sumisos, y empezar a verla como lo que realmente debe ser: un medio para empoderar a las personas, para enseñarles a pensar por sí mismas, a cuestionar la autoridad y a valorar su libertad. Solo así podremos tener una generación de colombianos que no dependa del Estado, que no vea en el gobierno la solución a todos sus problemas, sino que reconozca que la verdadera riqueza proviene de la creatividad, el esfuerzo y la cooperación voluntaria.

En resumen, lo que necesitamos no es un Estado más grande o más eficiente. Lo que necesitamos es un Estado que se reduzca, que libere a los ciudadanos de las cadenas del adoctrinamiento y de la dependencia. Un país en el que la libertad individual sea el valor supremo, y en el que el gobierno no sea más que un administrador limitado de los recursos necesarios para garantizar la seguridad y la justicia. Todo lo demás debe ser dejado en manos de los ciudadanos libres, porque solo en la libertad es donde florece la verdadera prosperidad.

Colombia tiene la oportunidad de romper con este ciclo de dependencia y subdesarrollo, pero para hacerlo, debemos cambiar nuestra forma de pensar. Debemos dejar de ver al Estado como el salvador y empezar a verlo como lo que realmente es: una barrera para el progreso individual y colectivo. Si logramos esto, si logramos educar a nuestros hijos en los valores de la libertad, la responsabilidad personal y la competencia justa, entonces podremos construir una sociedad verdaderamente próspera, en la que cada colombiano tenga la oportunidad de alcanzar su máximo potencial, sin depender de la benevolencia de un Estado que, en el fondo, solo busca perpetuar su propio poder.

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