La verdadera revolución: ser de derecha en un mundo que premia la sumisión

 


En un tiempo donde el discurso progresista parece omnipresente, donde la ideología de lo políticamente correcto ha invadido cada espacio de nuestras vidas, lo verdaderamente subversivo es, paradójicamente, defender los ideales de la derecha. Vivimos en una era que se vende como la cúspide de la libertad, pero es una libertad moldeada por una narrativa única que castiga cualquier desviación del pensamiento colectivo. En este contexto, donde disentir del consenso se ha vuelto un acto de osadía, la vieja derecha renace como una fuerza revolucionaria.

Es irónico que aquellos que se autodenominan progresistas se hayan convertido en los nuevos custodios de la ortodoxia ideológica. La libertad, una vez el estandarte de las luchas sociales, ha sido cooptada por quienes buscan restringirla en nombre del bien común, pero bajo sus propias condiciones. La censura disfrazada de corrección política, la persecución a las voces disidentes y el aumento del control estatal en todos los aspectos de la vida son el pan de cada día en esta nueva realidad. ¿Cómo no ver en esto una nueva forma de tiranía? Una tiranía no impuesta por bayonetas ni por decretos explícitos, sino por la asfixia de un discurso monolítico que no tolera cuestionamientos.

En Colombia, esta realidad no es menos evidente. Los discursos de progreso y justicia social que inundan los escenarios políticos no son más que una cortina de humo para justificar mayores controles estatales y una centralización del poder que se disfraza de preocupación por los más vulnerables. En nombre del bienestar general, se aumentan los impuestos, se expanden los programas asistenciales, y con ello, la dependencia de los ciudadanos hacia el Estado. El individuo deja de ser el arquitecto de su propio destino para convertirse en un peón más del gran esquema de redistribución de la riqueza. El mensaje es claro: no te preocupes por prosperar, el Estado lo hará por ti, siempre y cuando aceptes sus condiciones.

Pero este paternalismo no es benigno. Los ciudadanos comunes, aquellos que trabajan, que emprenden, que sueñan con mejorar sus condiciones de vida, se ven atrapados en un ciclo de dependencia y control. Si un ciudadano quiere comprar una mejor vivienda, un mejor automóvil o disfrutar de ciertos lujos, sabe que debe esforzarse, ahorrar y tomar decisiones racionales basadas en su situación financiera. Sabe que no puede gastar más de lo que gana sin enfrentar las consecuencias. Sin embargo, el Estado no sigue estas reglas de sentido común. Los gobiernos progresistas, una y otra vez, presentan presupuestos inflados, llenos de promesas populistas que sobrepasan con creces los ingresos que pueden generar. ¿La solución? Reformas tributarias, mayores impuestos, porque siempre cuentan con que el dinero de los ciudadanos estará ahí para tapar los huecos de su mala gestión.

El gobierno no produce riqueza. Todo lo que recauda lo hace a través de la coerción. Cada peso que el Estado gasta, lo toma del esfuerzo de alguien más, de un ciudadano que decidió trabajar, invertir o emprender. Y esto es especialmente problemático en una economía como la colombiana, donde la informalidad es alta y el sector productivo está constantemente asfixiado por una carga impositiva desmedida. En cada transacción económica que un ciudadano realiza, el gobierno está presente para tomar su parte, como un socio indeseado que no aporta pero siempre exige su cuota. Esta realidad no solo desalienta la inversión y la innovación, sino que perpetúa un sistema donde los ciudadanos viven para mantener un aparato estatal que se expande sin control.

La vieja derecha, en este contexto, no es un simple movimiento reaccionario. Es una fuerza que, en su esencia, busca liberar al individuo del yugo del Estado omnipresente. La autodeterminación, la libertad de pensar y actuar conforme a los propios principios, son los pilares sobre los cuales se sostiene esta rebelión. En lugar de un Estado que todo lo regula y controla, la derecha propone un sistema donde el ciudadano pueda decidir por sí mismo qué es lo mejor para su vida, sin tener que cargar con el peso de un aparato burocrático que no le devuelve nada de valor real.

En Colombia, los ejemplos de esta intervención estatal desmedida son numerosos. Los intentos recurrentes de implementar reformas tributarias que solo buscan sostener un gasto público ineficiente son una clara señal de cómo el gobierno prioriza su supervivencia sobre el bienestar de sus ciudadanos. Mientras que el ciudadano común debe hacer malabares con su presupuesto, ajustando sus gastos a sus ingresos, el gobierno gasta sin mesura, confiado en que siempre podrá recurrir a los bolsillos de sus contribuyentes. Pero esta dinámica es insostenible. No se puede seguir exprimiendo a un sector productivo que ya está al borde de la asfixia.

Lo más grave es que, bajo el manto de la justicia social, se promueve una narrativa donde el Estado es el salvador y cualquier intento de reducir su intervención es visto como una traición a los más necesitados. Sin embargo, lo que no se dice es que cada peso que el gobierno redistribuye viene de la productividad de alguien más. No hay tal cosa como el dinero gratis, y cada programa asistencialista tiene un costo, un costo que recae sobre quienes están creando riqueza. En lugar de incentivar la productividad y la innovación, el sistema actual castiga a quienes se esfuerzan por salir adelante.

La verdadera revolución, entonces, es defender la libertad en su sentido más amplio. No solo la libertad de expresión o de asociación, sino también la libertad económica, la libertad de decidir cómo vivir sin que el Estado interfiera en cada aspecto de la vida cotidiana. Esta es la batalla que la vieja derecha está dispuesta a librar, y es una batalla que, lejos de ser conservadora en el sentido pasivo, es profundamente disruptiva. En un mundo donde el consenso progresista domina, defender la libertad individual es el acto más subversivo que se puede realizar.

El camino hacia una Colombia más libre pasa por reducir el tamaño del Estado, por permitir que los ciudadanos retomen el control de sus vidas y sus finanzas. Los impuestos no deberían ser el medio por el cual el gobierno perpetúa su poder a costa de la productividad de sus ciudadanos. En lugar de prometer más gasto y más intervención, los gobiernos que realmente buscan el bienestar de sus ciudadanos deberían reducir el gasto y bajar los impuestos. No hay necesidad de reformas tributarias constantes si se gasta de manera eficiente. Es hora de que el ciudadano común recupere lo que es suyo: su libertad, su esfuerzo y su derecho a decidir cómo quiere vivir.

Al final, el mensaje es claro: no es el Estado quien debe decidir por nosotros. Somos nosotros, los individuos, quienes debemos retomar las riendas de nuestras vidas. Y en esta lucha, la vieja derecha se presenta como la única fuerza que realmente busca liberar a las personas del yugo de la tiranía ideológica y estatal. Hoy, ser de derecha no es solo un acto de rebeldía, es una declaración de principios frente a un mundo que cada vez más se inclina hacia la sumisión y la uniformidad.

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