El colapso de la razón: Antirracionalismo en la era contemporánea


Vivimos en tiempos de incertidumbre. A pesar de los avances tecnológicos, la interconexión global y el progreso científico, las sociedades contemporáneas enfrentan un conjunto de crisis que parece desafiar la idea de que la razón puede ofrecer respuestas universales y definitivas. Las promesas de la Ilustración, que enaltecieron la razón como el camino hacia el progreso y la verdad, se han desmoronado ante el reconocimiento de los límites del pensamiento racional. En medio de este contexto surge el antirracionalismo, una corriente de pensamiento que rechaza la primacía de la razón y abre las puertas a una reflexión profunda sobre el lugar de las emociones, las tradiciones y la intuición en la vida humana.

La hegemonía de la razón ha sido puesta en tela de juicio desde finales del siglo XIX y principios del XX, cuando filósofos como Friedrich Nietzsche, Søren Kierkegaard y los existencialistas empezaron a desmantelar la confianza excesiva en la lógica como la clave para comprender la realidad. Nietzsche criticó la razón, argumentando que la vida está dominada por fuerzas irracionales como la voluntad de poder. Kierkegaard, por su parte, destacó la importancia de la fe y la subjetividad, apuntando que no todo en la vida puede ser explicado por el pensamiento racional. Estos filósofos señalaron que lo irracional –el miedo, la fe, el dolor, el instinto– es parte fundamental de la existencia humana y no puede ser comprendido ni resuelto plenamente por la razón.

Hoy, en el siglo XXI, nos encontramos ante una disyuntiva similar, pero con características aún más complejas. La razón, convertida en la base del progreso científico y tecnológico, enfrenta una crisis de legitimidad. Las sociedades contemporáneas, cada vez más tecnocráticas, han buscado reducir los problemas humanos a fórmulas técnicas, a soluciones diseñadas por expertos y algoritmos que prometen ser imparciales y efectivos. Sin embargo, estas soluciones, lejos de ofrecer respuestas definitivas, han generado frustración, desconfianza y una creciente sensación de alienación en las personas.

Colombia, como muchas otras naciones, es un ejemplo vivo de esta paradoja contemporánea. La confianza en que las soluciones técnicas y racionales pueden resolver los problemas sociales, económicos y políticos del país se ha visto desafiada una y otra vez. A pesar de las políticas de desarrollo impulsadas desde una perspectiva técnica y racional, los colombianos siguen enfrentando profundas desigualdades, violencia endémica, corrupción y una falta de confianza generalizada en las instituciones del Estado. Los intentos de aplicar una racionalidad tecnocrática han fracasado en captar la complejidad de la realidad colombiana, en la que los factores emocionales, culturales y espirituales desempeñan un papel crucial.

Aquí es donde el antirracionalismo, en su crítica a la razón como única fuente de conocimiento, adquiere relevancia. En lugar de ver a la razón como un instrumento todopoderoso, el antirracionalismo nos invita a reconsiderar otras fuentes de conocimiento y sabiduría que han sido marginadas por la mentalidad tecnocrática moderna. Por ejemplo, en Colombia, las tradiciones comunitarias, los saberes indígenas y afrocolombianos, y las redes de solidaridad que se han tejido en las regiones más afectadas por la violencia ofrecen una visión del mundo que no puede ser captada ni gestionada exclusivamente desde el razonamiento técnico. Estos enfoques, basados en la experiencia vivida, la intuición y los vínculos emocionales, son fundamentales para entender la realidad colombiana y buscar soluciones más integrales.

Además, la realidad del país evidencia cómo la razón, cuando se aplica de manera dogmática, puede tener efectos deshumanizantes. El caso de la guerra civil y los procesos de paz en Colombia muestra cómo los enfoques meramente racionales fallan en capturar el sufrimiento, el dolor y el anhelo de reconciliación de las personas que han vivido décadas de violencia. Los intentos de diseñar políticas públicas basadas en modelos racionales de resolución de conflictos no logran llegar al núcleo emocional y espiritual del trauma colectivo, algo que es esencial para cualquier proceso de paz duradero.

Otro aspecto clave del antirracionalismo que resuena en el contexto colombiano es su crítica a los valores universales impuestos desde afuera. La idea de que hay principios universales, racionales y aplicables a todas las culturas ha sido un componente central del pensamiento iluminista. Sin embargo, como han señalado filósofos antirracionalistas como Oswald Spengler y Martin Heidegger, las culturas no pueden ser comprendidas ni juzgadas desde un único marco de referencia racional. En Colombia, las políticas de desarrollo impuestas desde organismos internacionales o replicadas desde modelos foráneos muchas veces no logran captar las particularidades culturales y sociales del país. Las formas de vida locales, las creencias y tradiciones han sido vistas como obstáculos que deben ser racionalizados y modernizados, en lugar de ser comprendidas y valoradas como fuentes de resiliencia y sabiduría en contextos difíciles.

La creciente desconfianza hacia las instituciones democráticas en Colombia es también un reflejo del colapso de la razón como el pilar de la política. Durante años, se ha confiado en que las democracias liberales, basadas en principios racionales de derechos y deberes, serían la clave para el desarrollo y la estabilidad. Sin embargo, el auge de los populismos, el desencanto con los partidos tradicionales y la polarización política evidencian que la razón, cuando se aplica de manera fría y distante, no es suficiente para satisfacer las necesidades emocionales y existenciales de los ciudadanos. Las decisiones políticas no solo se toman con la mente, sino también con el corazón y las vísceras, algo que el antirracionalismo nos obliga a reconocer.

En el contexto actual, donde las redes sociales amplifican los discursos emocionales y las fake news siembran desconfianza hacia el conocimiento científico, la pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo podemos equilibrar la razón con la realidad emocional, cultural y espiritual del ser humano? Colombia, como otras sociedades, debe encontrar un equilibrio entre las soluciones técnicas y racionales y las necesidades humanas más profundas, que incluyen la búsqueda de significado, comunidad y pertenencia.

Es aquí donde el antirracionalismo ofrece una lección crítica. No se trata de rechazar la razón y la ciencia, sino de reconocer sus límites. La fe ciega en que la razón resolverá todos los problemas humanos ha demostrado ser insuficiente, y las respuestas que necesitamos ahora requieren un enfoque más integral. Este enfoque debe incluir la participación de las comunidades en la toma de decisiones, el respeto por las tradiciones y formas de conocimiento locales, y una mayor atención a los aspectos emocionales y espirituales de la vida.

Para los ciudadanos colombianos, las recomendaciones son claras. En primer lugar, debemos recuperar el valor de la comunidad y la tradición como fuentes legítimas de conocimiento y resiliencia. En segundo lugar, debemos desconfiar de las soluciones tecnocráticas que pretenden resolver problemas complejos con fórmulas simples, y en su lugar, abogar por enfoques que valoren la experiencia vivida y las voces locales. Finalmente, es crucial que reconozcamos que la política y la economía no son solo asuntos de la mente, sino también del corazón. Las emociones, los deseos, los miedos y las esperanzas de las personas son factores esenciales que no pueden ser ignorados si queremos construir una sociedad más justa y equitativa.

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