Cómo el Estado se Come tu Sancocho: Una Guía Irónica de la Realidad Tributaria
Imagina por un momento que estás disfrutando un buen sancocho, ese plato que lleva un poco de todo, con la cantidad justa de sabor y aroma que despierta el hambre. Ahora imagina que, mientras te preparas para dar el primer bocado, alguien aparece con una cuchara enorme y empieza a comerse tu sancocho. No puedes decir nada, porque te aseguran que es por tu bien y el de todos los que están en la mesa. Ese alguien es el Estado, y esa cuchara... son los impuestos. Y lo que estás viendo desaparecer frente a tus ojos es una representación simbólica de lo que pasa cada vez que nos enfrentamos a la realidad tributaria: lo que creías que era tuyo, en realidad, ya no lo es.
Los impuestos no son una novedad, pero su capacidad para devorar nuestros recursos sí ha alcanzado nuevas alturas. En una sociedad como la colombiana, donde la evasión de impuestos es casi un deporte nacional, la lógica detrás de cada tributo se ha vuelto una especie de misterio insondable. El Impuesto sobre la Renta, ese ladrón silencioso que se esconde en tu salario, es un ejemplo perfecto de cómo, con cada aumento de ingresos, el Estado te recuerda que parte de ese esfuerzo es suyo. ¿A quién no le resulta un poco desconcertante que cuanto más trabajes, más debes pagar? Como si te estuvieran diciendo: “Felicidades por esforzarte, ahora déjanos tomar un trozo más grande de lo que has ganado”. Y no es solo eso, porque, además de comerse parte de tu salario, el Estado tiene hambre de todo lo que consumes.
El IVA, ese impuesto invisible que aparece cada vez que haces una compra, se infiltra en cada rincón de tu vida. Desde la arepa que compras en la tienda hasta el televisor que quieres para ver el partido del domingo. Todo está gravado, como si el simple acto de existir fuera en sí mismo un lujo. En Colombia, donde el IVA se aplica sobre una gama amplia de productos y servicios, no importa si ganas mucho o poco, todos pagamos al consumir. Para quienes viven con lo justo, este impuesto se convierte en una carga mayor, reduciendo su capacidad de ahorro y, en última instancia, limitando su calidad de vida. Es como si el sancocho de la clase media y baja se sirviera con menos carne y más caldo, mientras que el de los más pudientes se mantiene intacto.
Por supuesto, el festín no termina ahí. Si tienes la dicha o la suerte de ser propietario de una casa, o si alguna vez te has atrevido a invertir en algo más que lo básico, el Impuesto Predial y el Impuesto a las Ganancias de Capital vienen a recordarte que el simple hecho de poseer algo también tiene un costo. En Bogotá, por ejemplo, los propietarios de bienes inmuebles se enfrentan a una marea de aumentos en el predial que no parecen correlacionarse con la realidad económica de muchos ciudadanos. Aun si logras pagarlo, te queda la incómoda sensación de que nunca eres realmente dueño de lo que posees, porque el Estado siempre tiene una parte.
Lo mismo ocurre con los vehículos, que en teoría te otorgan libertad de movimiento, pero en la práctica vienen acompañados de impuestos sobre el combustible, sobre el valor del coche, y sobre casi cualquier cosa que esté relacionada con su uso. Para alguien que dependa del transporte privado en un país donde el transporte público puede ser ineficiente, la carga financiera se acumula rápidamente, erosionando tu capacidad de ahorrar para lo esencial. Es como si cada vez que arrancaras el carro, una mano invisible te quitara una moneda del bolsillo.
Y si te animas a emprender, invertir o simplemente tener la esperanza de mejorar tu vida financiera, los impuestos sobre las ganancias de capital y los dividendos están ahí para recordarte que ni siquiera tu éxito es tuyo por completo. El Estado no solo quiere un pedazo de lo que produces, también quiere una parte de lo que puedes llegar a producir. En un país donde la inversión en sectores como la tecnología y la innovación debería ser incentivada, el sistema fiscal a veces parece más interesado en desincentivar a los emprendedores. Es como invitarte a la mesa con promesas de un buen banquete, solo para luego quitarte el plato.
El gran problema detrás de todo esto no es que los impuestos existan. Después de todo, entendemos la necesidad de un Estado que ofrezca servicios, infraestructura y seguridad. El problema es que la lógica detrás de los impuestos parece estar diseñada para crear dependencia en lugar de fomentar la libertad económica. Con cada nueva regulación, con cada aumento en los tributos, el Estado no solo toma una parte de nuestros recursos, sino que nos ata más estrechamente a su red de dependencia. Esto se vuelve especialmente evidente cuando observamos los efectos del gasto público masivo y la constante impresión de dinero: dos estrategias que, a la larga, nos encaminan hacia una espiral inflacionaria que devora aún más el poder adquisitivo de los ciudadanos.
El ejemplo más claro lo tenemos en Venezuela, donde el Estado, bajo el manto de un discurso supuestamente igualitario, ha convertido a una sociedad rica en una de las más empobrecidas del continente. Allí, el socialismo bolivariano no solo devoró la economía, sino que también destruyó la libertad, generando un éxodo masivo de ciudadanos que huyen de la miseria y la represión. Y aunque las circunstancias en Colombia son diferentes, los paralelismos son innegables. Un Estado que crece sin control, que se alimenta de los impuestos de los ciudadanos, puede rápidamente caer en las mismas trampas. En Colombia, los ciudadanos están cada vez más atrapados entre un Estado voraz y una economía que no ofrece suficiente espacio para el emprendimiento y la innovación.
Por eso, es crucial que como ciudadanos empecemos a tomar conciencia de cómo nos afectan los impuestos y las políticas fiscales en nuestra vida cotidiana. El sancocho fiscal que vivimos hoy puede parecer inevitable, pero no lo es. Los ciudadanos tenemos la responsabilidad de exigir transparencia y eficiencia en el uso de nuestros recursos. Debemos pedir un sistema tributario más equitativo, donde no se castigue el esfuerzo ni se desincentive la inversión.

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