El "Hombre Adecuado en el Puesto Adecuado"


Un dicho recurrente entre los árabes y aclamado como la solución mágica a nuestros problemas políticos es: “La persona adecuada en el puesto adecuado”. Esta afirmación parece tan lógica que es casi irrefutable. ¿Acaso deberíamos poner a la persona “equivocada” en cualquier puesto? ¿No deberíamos crear los puestos adecuados para las personas adecuadas? Sin embargo, la aparente sencillez de esta frase oculta una serie de problemas profundos y complejos que merecen ser explorados con detenimiento.

La palabra "derecho" es una de esas palabras que usamos con frecuencia y con facilidad en nuestras conversaciones cotidianas. Es poderosa precisamente porque es vaga, porque permite interpretaciones múltiples y adaptables a diversos contextos. Sin embargo, cuando hablamos de derechos en el contexto de poner a la persona adecuada en el puesto adecuado, estamos asumiendo que las opciones son claramente diferenciables y que existe una jerarquía evidente entre ellas. Esta suposición, aunque cómoda, no refleja la realidad del mundo en que vivimos.

En nuestro mundo imperfecto, no debemos entender por derecho algo que sea la mejor opción posible en cualquier escenario idealizado, sino una solución óptima dadas las muchas deficiencias de nuestras expectativas sobre cómo debería ser el mundo. Hillel Steiner nos recuerda que nuestras intuiciones morales no responden bien a los problemas complejos y multifacéticos del mundo real. Estas intuiciones buscan piezas faltantes en un rompecabezas ideal, cuando en realidad deberíamos aprender a distinguir entre las piezas de mundos de segunda categoría y aquellas de tercera categoría.

Si todo lo que funciona es, en cierta medida, correcto, entonces nuestro pragmatismo nos lleva a conclusiones insatisfactorias. Hay cosas que funcionan mejor para unos que para otros, y juzgar cuál es la mejor opción puede variar significativamente entre diferentes personas. Pensar que algo es universalmente mejor es una falacia, y es injusto imponer una solución sobre otra cuando no se puede establecer unanimidad entre los individuos. La libertad humana presupone esta diversidad de juicio y perspectiva.

Suponiendo que existiera una persona con conocimientos completos y específicos en un campo determinado, ¿podría esta persona tomar decisiones en nombre de la gente para lograr un mundo ideal de segunda o tercera categoría? La respuesta es negativa, ya que las personas juzgan los estados de cosas de manera diferente, y sus juicios no son necesariamente erróneos. La propiedad privada juega un papel esencial al permitir que los individuos tomen sus propias decisiones empleando lo que poseen, en busca de lo que consideran mejores estados de cosas.

Ludwig von Mises, en "La acción humana", nos dice que la esencia de nuestro comportamiento consciente es la insatisfacción con el mundo en algún sentido y el deseo de cambiarlo. Competimos con otros sobre qué mundo actualizar y cuáles dejar en potencia. Nadie tiene acceso a lo que alguien piensa que es un mundo mejor, ni a lo que es un mundo mejor en realidad, simplemente porque estas concepciones no existen de manera absoluta. Nuestras visiones son particulares y atomísticas, y suponer que existe alguna concepción verdadera del mundo es erróneo.

Podemos suavizar nuestro debate y preguntarnos si los tecnócratas pueden hacer del mundo un lugar mejor para algunas personas. La respuesta es afirmativa, ya que pueden mejorar la suerte de muchos ciudadanos. Sin embargo, preferimos soluciones voluntarias a nuestros problemas en lugar de coercitivas. Preferimos tener nuestros propios agentes personales para resolverlos, porque no queremos que un grupo de personas tome todas nuestras decisiones por nosotros, especialmente cuando sabemos qué elegir.

Los tecnócratas pueden optimizar algún "bien" social, pero no es posible una optimización de todos los bienes posibles. Entonces, ¿qué bien debería elegirse y en beneficio de quién? El poder que otorga cualquier puesto a menudo nubla el juicio del funcionario e influye en sus decisiones, y, por lo tanto, el beneficio no será mutuamente beneficioso. Es crucial recordar que el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.

En resumen, la idea de que la persona adecuada en el puesto adecuado resolvería nuestros problemas es atractiva pero simplista. No toma en cuenta la complejidad del mundo real, las diferencias en los juicios individuales y las limitaciones inherentes al conocimiento y poder humano. La solución no es encontrar a la persona perfecta para cada puesto, sino fomentar un sistema en el que las decisiones sean lo más descentralizadas y voluntarias posible.

Recomendamos a los ciudadanos que se mantengan críticos y conscientes de las simplificaciones excesivas en el discurso político. La participación activa en el proceso democrático es esencial, pero igualmente importante es la defensa de la libertad individual y la propiedad privada como pilares para una sociedad próspera y justa. La vigilancia constante y la resistencia a la centralización excesiva del poder son fundamentales para evitar que las soluciones impuestas desde arriba distorsionen la realidad en lugar de mejorarla. La libertad de elección y la competencia abierta son las mejores herramientas para navegar la complejidad del mundo en que vivimos.

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