La Paradoja de la Seguridad: Cómo el Miedo Nos Roba la Vida


En nuestra sociedad contemporánea, la obsesión por la seguridad ha dado lugar a una cultura del miedo que paraliza la acción y distorsiona la toma de decisiones a todos los niveles. Desde una edad temprana, los niños son condicionados para temer en lugar de ser competentes a la hora de afrontar desafíos o situaciones desconocidas. En lugar de fomentar un espíritu aventurero, las reglas y pautas impuestas en nombre de la seguridad atrofian su desarrollo, socavan la confianza real y proporcionan excusas para evitar el esfuerzo necesario para el crecimiento.

Esta tendencia no se detiene en la niñez. Las corporaciones y los establecimientos comerciales frecuentemente afirman que "la seguridad es la máxima prioridad", sin comprender completamente las implicaciones de esta afirmación llevada al extremo lógico. Si la seguridad fuera realmente la máxima prioridad, todos deberíamos quedarnos en casa y descomponernos lentamente. Los gobiernos también utilizan la seguridad de los ciudadanos como pretexto para cometer brutales actos de guerra y despojarlos de sus libertades naturales a punta de pistola. Este pretexto de seguridad sirve para encubrir la fusión del Estado con la economía, beneficiando a unos pocos con conexiones políticas en detrimento de la mayoría.

La búsqueda constante de seguridad, motivada por el miedo, impide vivir una vida plena. La verdadera seguridad no se encuentra en evitar los desafíos de la vida, sino en adquirir las habilidades necesarias para afrontarlos. En lugar de buscar la seguridad, deberíamos buscar la competencia. El esfuerzo y la razón son los pilares sobre los que se construye una verdadera autoestima, no la evasión de riesgos.

El Estado de bienestar, similar a la creación de un banco central, busca eliminar el riesgo de fracaso para ciertos grupos favorecidos mediante la redistribución forzosa del capital. Estos programas, denominados "redes de seguridad", elevan la debilidad a la categoría de rasgo de carácter. El Estado actúa como una madre con síndrome de Munchausen por poderes, facilitando la dependencia y la indefensión de sus ciudadanos para aumentar su relevancia a través del proceso de cuidado. Esto ha llevado a la destrucción del espíritu productivo, especialmente en aquellos que dependen de las dádivas del gobierno.

La paternidad, en particular en los grupos más dependientes de la asistencia social, se ha vuelto inexistente. La dependencia del Estado ha robado la independencia y la seguridad, dejando a las personas sin ninguna de las dos. En lugar de enfrentar el riesgo inherente a la actividad humana y esforzarse por ser competentes para afrontarlo, se ha fomentado la evitación del riesgo. Esto implica enfrentarse al miedo, especialmente al miedo al fracaso, y utilizarlo para obtener beneficios productivos. La acumulación de habilidades, la superación de obstáculos y el compromiso con un proceso cuyos resultados son inciertos son esenciales para vivir una vida que merezca la pena.

Es hora de que nos liberemos de la parálisis del miedo y la obsesión por la seguridad. Necesitamos una revolución cultural que fomente la competencia y el esfuerzo, en lugar de la evitación de riesgos. La verdadera libertad y seguridad se encuentran en la capacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida con confianza y habilidad, no en la evasión de los mismos. Solo así podremos vivir vidas plenas y productivas, libres de las cadenas del miedo y la dependencia.

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