El país que Petro nos deja
Colombia se acerca al final de uno de los períodos presidenciales más controvertidos de su historia reciente. Más allá de simpatías o rechazos ideológicos, resulta imposible negar que el gobierno de Gustavo Petro ha generado un nivel de polarización política que pocas veces había alcanzado semejante intensidad en la vida nacional. Lo que para unos representó la llegada de un proyecto de transformación social largamente esperado, para otros significó el inicio de una etapa de incertidumbre económica, debilitamiento institucional y pérdida de confianza en el rumbo del país.
La historia demuestra que las naciones no prosperan únicamente por la nobleza de sus intenciones. Prosperan cuando sus instituciones funcionan, cuando existe confianza para invertir, cuando la ley se impone sobre la violencia y cuando las reglas del juego permiten que millones de ciudadanos puedan construir proyectos de vida estables. En ese sentido, la discusión sobre el legado del actual gobierno no debería centrarse únicamente en discursos o promesas, sino en los resultados observables que experimentan los colombianos en su vida cotidiana.
Durante los últimos años, el país ha presenciado debates permanentes alrededor de la seguridad, la economía, la salud, la inversión y el futuro de sectores estratégicos. Las cifras oficiales muestran que Colombia continúa enfrentando desafíos importantes en materia de violencia rural, expansión de economías ilegales, reclutamiento de menores, extorsión y control territorial por parte de grupos armados. Organismos nacionales e internacionales han advertido que el fortalecimiento de estas estructuras representa uno de los mayores obstáculos para el desarrollo económico y social de amplias regiones del país.
La seguridad nunca es una estadística fría. Detrás de cada indicador existe una familia que cambia sus hábitos, un comerciante que paga extorsiones, un agricultor que teme transportar su producción o un empresario que decide no invertir. Cuando la percepción de inseguridad aumenta, la economía termina resintiéndose porque la confianza, que es el combustible invisible del crecimiento, comienza a desaparecer lentamente.
Al mismo tiempo, el debate económico ha estado marcado por el incremento en diversos costos que afectan directamente el bolsillo de los ciudadanos. El aumento gradual de los precios de los combustibles, la presión inflacionaria observada durante buena parte del período y las dificultades para recuperar plenamente el dinamismo económico posterior a la pandemia han generado preocupación en amplios sectores de la sociedad. Aunque muchos de estos fenómenos tienen causas internacionales y no pueden atribuirse exclusivamente a un gobierno, lo cierto es que la ciudadanía suele evaluar a sus dirigentes por los resultados que percibe en el supermercado, en el recibo de energía o en la capacidad de llegar a fin de mes.
Economistas de distintas corrientes ideológicas coinciden en que el crecimiento económico sostenido requiere estabilidad institucional, seguridad jurídica y confianza empresarial. Desde pensadores como Milton Friedman hasta académicos contemporáneos como Daron Acemoglu, la evidencia internacional apunta a que los países logran avances duraderos cuando fortalecen sus instituciones y crean condiciones favorables para la producción y la inversión. Ningún programa social puede sostenerse indefinidamente si antes no existe una economía capaz de generar riqueza.
Es precisamente allí donde surge una de las preguntas más importantes para el futuro de Colombia: ¿cómo recuperar el ritmo de crecimiento, inversión y generación de empleo en los próximos años? La respuesta no parece encontrarse en la confrontación permanente entre sectores políticos, sino en la construcción de una visión de país capaz de devolver la confianza a ciudadanos, empresarios, trabajadores y emprendedores.
La experiencia internacional ofrece lecciones valiosas. Países que atravesaron crisis institucionales profundas lograron recuperarse cuando establecieron objetivos claros de crecimiento, fortalecimiento de la seguridad y modernización del Estado. La transformación no ocurrió de la noche a la mañana. Requirió liderazgo político, disciplina fiscal, fortalecimiento de la justicia y una narrativa nacional orientada al progreso.
Por esa razón, diversos sectores han comenzado a mirar hacia nuevas alternativas políticas de cara al futuro. Entre ellas aparece Abelardo de la Espriella, cuya propuesta denominada "Patria Milagro" ha despertado interés entre ciudadanos que consideran necesario un cambio de rumbo. Sus planteamientos se apoyan en conceptos como autoridad, crecimiento económico, fortalecimiento de la seguridad, recuperación de la confianza inversionista y modernización institucional.
Naturalmente, toda propuesta política debe ser evaluada con rigor y espíritu crítico. La historia latinoamericana está llena de promesas grandilocuentes que nunca se tradujeron en resultados concretos. Sin embargo, también es cierto que los países necesitan proyectos capaces de inspirar esperanza cuando amplios sectores perciben que el rumbo actual no está produciendo los resultados esperados.
El verdadero desafío para cualquier futuro gobierno no será simplemente ganar una elección. Será reconstruir la confianza. Y la confianza no se decreta. Se gana mediante resultados verificables, instituciones sólidas y políticas públicas que mejoren efectivamente la vida de las personas.
Colombia enfrenta hoy una encrucijada histórica. No se trata únicamente de escoger entre izquierda o derecha, entre progresismo o liberalismo económico, entre continuidad o cambio. Se trata de decidir qué tipo de país quiere ser durante las próximas décadas. Un país atrapado en la polarización permanente corre el riesgo de desperdiciar su enorme potencial humano, empresarial y productivo. Un país que logra reencontrarse con la estabilidad, la seguridad y el crecimiento puede convertirse en una de las economías más dinámicas de América Latina.
Quizás la pregunta más importante no sea cuánto se perdió durante estos años, sino cuánto estamos dispuestos a hacer para recuperar el tiempo perdido. Porque las naciones no se definen por sus errores, sino por su capacidad para corregirlos. Y Colombia, pese a todas sus dificultades, sigue teniendo el talento, los recursos y la fortaleza necesarios para escribir un nuevo capítulo de prosperidad.
El próximo gobierno, sea cual sea su orientación ideológica, heredará desafíos inmensos. Pero también recibirá una oportunidad histórica. La oportunidad de demostrar que el crecimiento económico, la seguridad ciudadana, la fortaleza institucional y la movilidad social no son objetivos incompatibles, sino pilares complementarios de una misma aspiración nacional: construir un país donde el futuro vuelva a parecer más grande que los problemas del presente.
Comentarios
Publicar un comentario