El dinero no es neutral
Hablar de cataláctica y de dinero en la Colombia de hoy no es un ejercicio académico distante ni una discusión reservada a seminarios universitarios; es una necesidad intelectual urgente en un país donde la política económica se ha convertido en un escenario de promesas morales desconectadas de los mecanismos reales del mercado. La ciencia de los intercambios voluntarios, de los precios y de la coordinación social nos recuerda que la economía no gira alrededor de decretos ni de discursos, sino alrededor de decisiones humanas concretas, tomadas bajo escasez, incertidumbre y expectativas. En ese marco, el dinero no puede seguir tratándose como una ficha neutra que el Estado mueve a voluntad sin consecuencias reales sobre la estructura productiva, el ahorro y el bienestar de millones de personas.
En Colombia, el debate público suele presentar el dinero como una herramienta política casi ilimitada. Se habla de gasto social, de expansión del crédito público, de financiamiento estatal para cerrar brechas históricas, como si el problema fuera únicamente de voluntad política. Sin embargo, desde la lógica de la cataláctica, el dinero es una institución social que emerge para facilitar el intercambio, permitir el cálculo económico y coordinar planos individuales dispersos. Cuando se altera su función mediante intervenciones discrecionales, el daño no es abstracto ni inmediato, pero sí profundo y acumulativo. La inflación, por ejemplo, no es un fenómeno técnico aislado, sino una manifestación concreta de cómo el poder adquisitivo del dinero se erosiona cuando se ignora su anclaje en las valoraciones subjetivas y en la productividad real.
Basta observar la vida cotidiana del colombiano promedio. El tendero de barrio ajusta precios cada semana no por codicia, sino porque sus costos suben de manera persistente; el trabajador siente que su salario rinde menos, aunque las cifras oficiales intentan suavizar la percepción; el pequeño empresario posterga inversiones porque no puede calcular con claridad el valor futuro de sus ingresos. Según datos del DANE y del Banco de la República, la inflación reciente ha golpeado con mayor fuerza a los hogares de menores ingresos, especialmente en alimentos y servicios básicos. Este hecho desmonta la narrativa de que la manipulación monetaria puede ser una herramienta progresista: en la práctica, actúa como un impuesto silencioso que castiga precisamente a quienes tienen menos capacidad de protegerse.
Aquí es donde la integración del dinero en una teoría de la acción humana resulta crucial. El dinero no tiene valor por decreto ni por fe institucional; lo tiene porque los individuos esperan que otros lo acepten mañana a cambio de bienes y servicios. Esa expectativa se construye lentamente y se destruye con rapidez. Cuando el discurso político deslegitima al mercado, demoniza la ganancia y presenta el control estatal como sustituto de la coordinación espontánea, lo que realmente se erosiona es la confianza en el sistema de intercambios que sostiene la economía. Personajes históricos como Ludwig von Mises o Friedrich Hayek advirtieron que sin precios libres y sin una moneda relativamente estable, el cálculo económico se vuelve imposible. Más cerca en el tiempo, la experiencia venezolana —tan citada ya la vez tan superficialmente analizada en Colombia— muestra cómo la destrucción de la función del dinero precede al colapso productivo y social.
El contexto colombiano agrega un matiz particular. Un país con alta informalidad, baja productividad y una profunda dependencia de sectores regulados no puede darse el lujo de trivializar el papel del dinero. Cada intervención que distorsiona los precios envía señales falsas a los agentes económicos, incentiva malas decisiones de inversión y profundiza la desconfianza. El problema no es la preocupación por lo social, sino la pretensión de resolverlo ignorando las leyes básicas del intercambio. Cuando se afirma que el Estado puede reemplazar al mercado en la asignación de recursos, se olvida que ese mismo Estado depende del excedente generado por intercambios voluntarios que ocurren, precisamente, en el mercado.
En este punto, resulta inevitable traer una colación el debate ideológico actual. Mientras el gobierno insiste en una visión donde el dinero parece un instrumento político al servicio de fines redistributivos inmediatos, la realidad económica impone límites que ningún discurso puede eliminar. La cataláctica nos enseña que no existen almuerzos gratis: todo gasto público debe financiarse con impuestos presentes, deuda futura o inflación encubierta. En cualquiera de los tres casos, alguien paga. Y casi siempre paga quien tiene menos poder de negociación, menos acceso a activos reales y menos capacidad de proteger su ingreso.
El dinero, lejos de ser neutral, moldea la estructura de producción, el horizonte temporal de las decisiones y la relación entre ahorro e inversión. En Colombia, donde el crédito se ha expandido mientras la confianza empresarial se debilita, el riesgo no es solo macroeconómico, sino institucional. Si el dinero deja de ser un medio confiable de intercambio y cálculo, el mercado se fragmenta, la informalidad se profundiza y la economía se vuelve cada vez más dependiente de decisiones políticas discrecionales. Esto no es una hipótesis teórica, sino una regularidad histórica observable en múltiples países y momentos.
Reflexionar sobre la cataláctica y el dinero hoy no es un ejercicio ideológico, sino un llamado a recuperar la seriedad intelectual en el debate económico. Integrar el dinero en una teoría de la acción humana implica reconocer que las soluciones duraderas no se imponen desde arriba, sino que emergen de un marco institucional que respeta los intercambios voluntarios, la estabilidad monetaria y la responsabilidad fiscal. Colombia enfrenta decisiones cruciales, y persistir en la ilusión de que el dinero puede ser manipulado sin costos es, en el fondo, una forma sofisticada de negar la realidad. El debate no debería ser si el mercado es moralmente aceptable, sino si estamos dispuestos a entender cómo funciona antes de intentar reemplazarlo por promesas que el dinero, por sí solo, no puede cumplir.
Comentarios
Publicar un comentario