El mercado que negamos


En Colombia hemos construido un relato tan repetido que terminó por convertirse en dogma: que nuestra economía no crece porque “no hay demanda”, que el problema es que la gente no compra, que el consumo está frenado y que la solución pasa, inevitablemente, por que el Estado inyecta dinero, subsidio, reparta o gaste más. Pero rara vez nos detenemos a mirar la raíz del asunto: ¿qué es realmente la demanda de un país? ¿De dónde sale ese poder de compra? ¿En qué consisten los medios de pago de una nación? La verdad es tan elemental que parece incómoda para quienes viven de discursos fáciles: la demanda de un país no es un decreto, ni un subsidio, ni un programa social; es su producción. Es la capacidad de generar bienes y servicios, de crear valor, de transformar trabajo en riqueza. Nada más, nada menos.

Colombia, como cualquier nación moderna, no puede escapar a esta lógica. El mercado, al fin y al cabo, no es otra cosa que el encuentro entre quienes producen algo y quienes tienen con qué pagarlo. Pero nadie puede pagar lo que no ha producido previamente o lo que no ha intercambiado por su trabajo o su iniciativa. Cuando en el debate público se insiste en que la gente no compra porque “no tiene plata”, se está confesando, sin quererlo, que el país no produce lo suficiente. Porque el dinero que circula, el ingreso disponible, la capacidad adquisitiva de la población, no es un fenómeno mágico ni un acto de fe estatal; es la expresión contable de la producción anual de la nación. Es decir: producimos poco, por eso demandamos poco. Y mientras insistimos en atacar los síntomas, nunca tocaremos la enfermedad.

La intuición es simple pero profunda: si la demanda es la capacidad de comprar, y esa capacidad depende de lo que producimos, entonces la demanda crece automáticamente cuando la producción crece. Lo que llamamos “mercado nacional” es, en esencia, la suma de los ingresos generados por las personas como resultado de la producción del país. Por eso, cada intento de resolver la falta de consumo a punta de gasto público termina siendo un espejismo contable: no se incrementa la demanda real; se redistribuye temporalmente, se endeuda, se posterga, se maquilla. La demanda genuina no surge del presupuesto nacional, sino del trabajo, la creatividad, la inversión y el emprendimiento que fluyen sin trabajos en la sociedad civil.

Colombia, sin embargo, sigue atrapada en la ilusión contraria. La política contemporánea —desde el gobierno actual hasta sectores opositores que proponen lo mismo con otros nombres— insiste en que la clave está en expandir artificialmente el poder adquisitivo: bonos extraordinarios, subsidios de consumo, transferencias condicionadas, programas que sustituyen empleo por asistencialismo. Es un error de cálculo económico y un golpe cultural que, sin quererlo, infantiliza al ciudadano y castiga al productor. Lo dijo alguna vez Milton Friedman: “Nadie gasta el dinero de otro tan cuidadosamente como gasta el propio”. El problema es que en Colombia hemos llegado al punto en que el dinero del otro no es el del vecino, sino el del futuro.

Mientras tanto, la narrativa de que “falta demanda” sirve para justificar regulaciones cada vez más densas, controles de precios, intervención en sectores productivos y una política monetaria que combina inflación estructural con expectativas desalentadoras. Hoy, cuando se habla de inflación, se culpa a la codicia empresarial oa la “especulación”, mientras se ignora que el poder adquisitivo no se destruye por decreto, sino por reducir la productividad o expandir la moneda sin un aumento proporcional en la producción. El ciudadano siente el golpe en el supermercado, no en la teoría. Y cuando ese ciudadano deja de comprar, no lo hace porque sea tacaño o porque “no quiere mover la economía”: lo hace porque su ingreso no creció a la par del costo de vida.

El caso colombiano es especialmente contradictorio porque, al tiempo que clamamos por más demanda, obstaculizamos la producción real. El pequeño empresario se ahoga en trámites, impuestos, controles, permisos, regulaciones que cambian año tras año, licencias interminables y una incertidumbre jurídica que espanta cualquier intento de expansión. ¿Cómo puede crecer la demanda si la producción está cercada por el aparato estatal? ¿De dónde va a salir el mercado nacional si el país entero está obligado a cumplir con un manual burocrático escrito por quienes jamás han producido nada?

Lo vemos en sectores tan básicos como la agricultura, donde se importan alimentos que podríamos producir porque los costos internos —causados ​​por la falta de infraestructura, trámites, restricciones y cargas laborales que no corresponden a la productividad— hacen que competir sea casi una hazaña heroica. Lo vemos en el turismo, donde cada emprendimiento debe aprender a navegar un mar regulatorio que trata a cada empresario como sospechoso. Lo vemos en la industria creativa, donde los impuestos aplastan antes de que una idea pueda volverse rentable. Colombia tiene talento, recursos naturales, ubicación estratégica, una fuerza laboral enorme y una creatividad que impresiona al mundo, pero mantiene su producción amarrada.

Y mientras la producción permanece amarrada, la demanda permanece débil. Porque no hay otra forma de que exista demanda sólida que no sea a través del crecimiento productivo. Ningún país en la historia logró expandir su mercado nacional simplemente repartiendo dinero o regulando precios; solo se logra produciendo más, innovando más, trabajando más y creando más. Lo sabía Adam Smith, lo sabía Jean-Baptiste Say cuando planteó que la oferta crea su propia demanda, lo entendió Ludwig von Mises al advertir que no existe riqueza sin producción, y lo recordó Friedrich Hayek cuando explicó que ningún planificador central puede reemplazar el conocimiento disperso de millones de productores libres.

Hoy, mientras Colombia enfrenta un contexto político y económico de incertidumbre, con debates estancados entre intervencionistas de izquierda y estatistas bienintencionados de derecha, seguimos discutiendo sobre cómo repartir lo poco que producimos, en vez de preguntarnos cómo podemos producir muchísimo más. El colombiano no necesita que el gobierno compren por él, piense por él o produzca por él; necesita que lo dejen trabajar. Y cuando se le deja trabajar, produce. Y cuando produce, exige. Y cuando la demanda, el mercado crece.

La idea de que la demanda y la producción son dos fuerzas separadas —una atribuible al Estado y otra al mercado— es uno de los errores más costosos del pensamiento económico moderno en nuestro país. En realidad, son dos caras de la misma moneda: solo produce quien espera que alguien compre, y solo compra quien produce algo que intercambiar. No hay mercado sin libertad para crear, ni creación sin incentivos para producir, ni producción sin reglas claras y estables.

Por eso, si Colombia quiere expandir su mercado nacional —es decir, su poder adquisitivo real— debe abrazar una verdad simple, casi obvia, pero políticamente incómoda: la riqueza no se decreta, se produce. La demanda no se inventa, se trabaja. El ingreso no se reparte, se genera. Y un país no prospera repartiendo el mismo pan entre más personas, sino aprendiendo a hornear muchos más panes.

El futuro económico de Colombia, si quiere ser uno digno, no puede construirse sobre la ilusión de que el Estado es la fuente de la demanda; debe construirse sobre la convicción de que el ciudadano libre es la fuente de la producción. Y cuando un país produce más, inevitablemente demanda más. Porque el mercado, al final, no es otra cosa que el reflejo de la libertad de su gente para crear valor.

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