La ilusión del pleno empleo
La celebración del desempleo en cifras históricamente bajas en Colombia es hoy uno de los titulares más recurrentes en los medios. Se presenta como un triunfo de la política económica y como evidencia de que el país avanza en la dirección correcta. Sin embargo, detrás de la aparente victoria se esconde una verdad incómoda: la reducción de la tasa de desempleo no necesariamente significa prosperidad, ni mejora de las condiciones de vida, ni estabilidad laboral. La euforia con la que se han recibido los informes del DANE refleja más bien la urgencia de un relato optimista en medio de un clima social y político marcado por la incertidumbre, que un verdadero análisis de las condiciones estructurales del mercado laboral. Celebrar el desempleo bajo sin discutir la calidad de los trabajos creados es como aplaudir la construcción de casas sin preguntarnos si tienen cimientos firmes o techos que protejan de la lluvia.
La tasa de desempleo en Colombia se ubicó en 8,6 % en junio de 2025, el registro más bajo desde 2018. El dato, contundente en términos históricos, parece incuestionable. Sin embargo, basta con mirar de cerca para descubrir que gran parte de ese crecimiento en la ocupación corresponde al trabajo no asalariado, es decir, al rebusque, al autoempleo informal, a la venta ambulante, a las plataformas digitales que absorben mano de obra sin seguridad social ni garantías mínimas. Es cierto que más colombianos están trabajando, pero la pregunta es inevitable: ¿trabajando en qué condiciones? ¿Es progreso que un joven con título universitario tenga que conducir una moto para sobrevivir o que una madre cabeza de hogar dependa de la venta callejera con ingresos variables e inestables? La narrativa que mide únicamente el desempleo, sin poner sobre la mesa la informalidad, oculta una realidad que erosiona silenciosamente la cohesión social y perpetúa la pobreza estructural.
Es aquí donde vale la pena recordar a Friedrich Hayek cuando advertía sobre la diferencia entre estadísticas agregadas y la experiencia individual. Los números pueden mostrar un mercado laboral dinámico, pero la vida cotidiana de los trabajadores refleja la fragilidad de ese supuesto dinamismo. En las cifras globales se diluye que más de la mitad de la fuerza laboral en Colombia está en la informalidad, que millones de personas no tienen acceso a pensión ni a salud en condiciones de estabilidad, y que los salarios reales se ven reducidos por la inflación que no se ajusta con la misma rapidez que el ingreso. La macroeconomía puede hablar de éxito, pero la microeconomía del bolsillo familiar dice otra cosa.
La desigualdad regional también revela la cara oculta de la aparente bonanza. El empleo crece con más fuerza en las áreas rurales y en las “otras cabeceras”, mientras las grandes ciudades, tradicional motor del empleo formal, muestran un desempeño más lento. A primera vista podría parecer positivo que el campo genere más trabajo, pero el problema es que los ingresos en esas zonas siguen siendo muy inferiores al promedio nacional. ¿De qué sirve celebrar que se reduce el desempleo si quienes encuentran ocupación lo hacen en sectores de baja productividad y bajos ingresos? La geografía del empleo en Colombia es un espejo de la desigualdad territorial: un país donde nacer en una ciudad capital o en un municipio intermedio determina el acceso a oportunidades laborales de calidad.
Las brechas de género y generacionales son otro ángulo incómodo que se invisibiliza en los titulares optimistas. Las mujeres mantienen tasas de desempleo superiores a los hombres, cargando además con trabajos de cuidado no remunerados que no aparecen en las encuestas. Los jóvenes, por su parte, enfrentan tasas de desempleo que duplican la media nacional. Para ellos, la promesa de la educación como motor de movilidad social se convierte en frustración cuando el título profesional no se traduce en estabilidad ni en remuneración digna. La exaltación del desempleo bajo pierde toda fuerza cuando se cruza con la pregunta sobre qué tan equitativamente se distribuye esa mejora.
También conviene observar que las estadísticas del empleo en Colombia, basadas en la Gran Encuesta Integrada de Hogares, han sido criticadas por depender del autorreporte y por no capturar en toda su magnitud fenómenos como la subocupación o la precarización laboral. Una persona que trabaja diez horas a la semana en un oficio temporal es considerada ocupada, aunque sus ingresos sean insuficientes para salir de la pobreza. El Banco de la República ha advertido que buena parte del crecimiento del empleo en 2025 se concentra en actividades no asalariadas y de baja sofisticación, lo cual plantea dudas sobre la sostenibilidad de la tendencia. Así, la aparente solidez del mercado laboral se sostiene sobre pies de barro, susceptible de desplomarse ante un menor crecimiento económico o una desaceleración global.
La política y los medios, sin embargo, tienen incentivos para amplificar las buenas noticias. El gobierno presenta los datos como una muestra de éxito de sus programas sociales y de sus políticas de reindustrialización, mientras la oposición los cuestiona sin ofrecer una narrativa alternativa clara. Los medios reproducen los titulares que llaman la atención, sin profundizar en los matices incómodos. El ciudadano común, que apenas escucha que “el desempleo está en su nivel más bajo”, queda atrapado en una paradoja: no siente esa mejoría en su vida cotidiana, pero es bombardeado con la idea de que debería estar mejor. Se construye así una ilusión de prosperidad que corre el riesgo de minar la confianza en las instituciones cuando esa ilusión se rompe frente a la realidad.
La comparación internacional también resulta reveladora. Países como España, que celebraron durante años descensos en la tasa de desempleo, enfrentaron después críticas por el aumento del empleo temporal y la falta de estabilidad. En Estados Unidos, recientemente, la revisión a la baja de los datos de creación de empleo dejó en evidencia que los titulares previos habían sido más optimistas de lo que los números corregidos permitían. Colombia no es la excepción: los relatos económicos necesitan triunfos y los titulares requieren cifras contundentes, pero los matices no siempre se ajustan a las urgencias de la narrativa pública.
En últimas, el debate no debería girar en torno a si la tasa de desempleo es baja o alta, sino a qué clase de sociedad queremos construir. ¿Una sociedad que se conforma con reducir el desempleo a costa de aumentar la informalidad y precarizar el trabajo? ¿O una sociedad que entiende que el empleo es la base de la dignidad humana y que no basta con tener un trabajo, sino que se necesita un empleo estable, formal y con ingresos suficientes para garantizar una vida digna? La discusión exige madurez política y mediática, pero también una ciudadanía crítica que no se conforme con el brillo superficial de los indicadores.
El desempleo bajo en Colombia es una buena noticia en apariencia, pero una ilusión peligrosa si se convierte en excusa para ocultar los problemas de fondo. La narrativa oficial y mediática no puede limitarse a celebrar una cifra sin contexto. El verdadero desafío está en transformar la cantidad de empleos en calidad de vida, y en reconocer que la economía no se mide únicamente en porcentajes, sino en la posibilidad real de que cada colombiano viva con dignidad a partir de su trabajo. Solo entonces podremos hablar de un mercado laboral sólido, y no de una ilusión estadística que se derrumba al primer contacto con la realidad cotidiana.

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