La crisis de los medios tradicionales
La transformación de los medios de comunicación no es un asunto futurista ni un fenómeno lejano, es una realidad que hoy atraviesa la manera en que nos informamos y la forma en que se construye la opinión pública en Colombia y en el mundo. Lo que antes era una relación vertical entre un medio emisor y un receptor pasivo, hoy es un espacio horizontal, fragmentado, inmediato y permanentemente cuestionado. El ciudadano ya no recibe las noticias como una verdad incuestionable, ahora se pregunta de dónde provienen, quién financia al medio que las transmite y cuáles son los intereses que hay detrás de la narración. Este cambio, que puede parecer natural con el avance tecnológico, tiene implicaciones políticas, económicas y sociales que afectan directamente a la democracia y a la calidad del debate público.
El problema no radica únicamente en que los periódicos impresos ya no vendan lo que solían vender o que los noticieros tengan menos audiencia que hace veinte años, sino en la profunda pérdida de confianza. El colombiano promedio sabe que detrás de un titular hay una línea editorial que responde a los intereses de sus dueños y patrocinadores. No es un secreto que grandes medios nacionales han sido propiedad de conglomerados económicos, de bancos o de familias políticas, lo cual convierte a la información en un instrumento de poder más que en un bien público. La supuesta objetividad se convierte entonces en una promesa vacía. En este contexto, se entiende por qué las nuevas generaciones migran hacia plataformas digitales en busca de narradores alternativos, muchas veces influencers, youtubers o periodistas independientes que logran transmitir cercanía y autenticidad, aunque carezcan en ocasiones del rigor periodístico que se espera de quienes moldean la opinión de una sociedad.
Este fenómeno no es exclusivo de Colombia. En Estados Unidos, por ejemplo, Donald Trump convirtió el término “fake news” en un arma contra los grandes medios tradicionales como CNN o The New York Times, mostrando cómo la narrativa de desconfianza puede fortalecer liderazgos políticos populistas. En América Latina, casos como el de Nayib Bukele en El Salvador muestran cómo las redes sociales reemplazan la intermediación de los medios, generando un contacto directo entre gobernantes y gobernados que parece más genuino, pero que en la práctica concentra el poder en un solo emisor. En Colombia, el gobierno de Gustavo Petro ha intentado replicar esta dinámica con transmisiones directas y mensajes en redes que muchas veces desafían la versión de los grandes medios. Lo que antes pasaba por el filtro de un noticiero ahora se transmite en vivo desde una cuenta oficial de X o desde una transmisión en YouTube, generando un nuevo campo de disputa por la narrativa de lo real.
Sin embargo, esta crisis no puede analizarse únicamente como el triunfo de la inmediatez digital sobre los viejos formatos. Hay un trasfondo más complejo: la audiencia contemporánea se resiste a consumir noticias sin cuestionar las fuentes, y lo hace porque percibe que la información no es neutral. Alguien que enciende la radio y escucha sobre un proyecto minero en Colombia sabe que la manera en que se relate dependerá de si el medio tiene intereses económicos vinculados al sector extractivo o a los grupos financieros detrás de esas empresas. Lo mismo ocurre con la cobertura de los paros nacionales, donde un sector mediático mostraba escenas de caos y vandalismo, mientras otros actores en redes mostraban solidaridad, protestas pacíficas y reclamos legítimos. No es que una versión sea necesariamente la verdad y la otra una mentira, es que la verdad ya no se concibe como un único relato, sino como un campo de batalla donde cada actor trata de imponer su visión.
Lo que emerge es un escenario paradójico. Por un lado, la pluralidad de voces en redes sociales democratiza el acceso a la información y permite que ciudadanos comunes construyan relatos alternativos. Por otro lado, esa misma pluralidad alimenta la posverdad, un ambiente en el que las emociones pesan más que los hechos y donde las noticias falsas circulan con facilidad, desafiando los principios básicos del periodismo. En Colombia, durante la pandemia de COVID-19, se multiplicaron los discursos conspirativos en redes sociales que encontraron mayor eco que las advertencias de médicos y autoridades de salud. Esto demuestra que la erosión de la credibilidad de los medios tradicionales no necesariamente garantiza una mejor calidad informativa, sino que abre la puerta a nuevos riesgos.
Pero el hecho innegable es que los medios tradicionales están obligados a adaptarse o resignarse a su desaparición. El problema es que adaptar no significa únicamente abrir cuentas en redes sociales o publicar videos cortos para captar audiencia juvenil. Adaptar implica replantear el modelo de negocio, reconocer de forma transparente quién financia el medio, someterse a una mayor vigilancia ciudadana y aceptar que la confianza se construye con independencia real frente al poder económico y político. Si esto no ocurre, los grandes conglomerados mediáticos seguirán percibiéndose como voceros de élites y no como garantes de un debate público plural y democrático.
El ciudadano de hoy, especialmente en un país como Colombia marcado por la polarización y la desigualdad, no busca solamente información rápida, sino también un relato que conecte con su experiencia cotidiana. Un campesino que nunca vio reflejada su realidad en los periódicos impresos ahora encuentra en un youtuber regional o en un tuitero crítico la voz que representa sus problemas y expectativas. Lo mismo ocurre con jóvenes urbanos que desconfían de los titulares sobre política y prefieren seguir cuentas independientes que narran desde la calle lo que ocurre en una protesta o en un barrio olvidado por la institucionalidad. Este cambio cultural es irreversible, porque no se trata de un fenómeno pasajero, sino de un giro en la forma en que se concibe la autoridad de la información.
La crisis de los medios tradicionales, por tanto, es mucho más que un debate sobre tecnología, es una crisis de legitimidad. Si la prensa no logra recuperar credibilidad, la democracia misma se debilita, porque el espacio público se fragmenta en miles de microdebates sin posibilidad de consensos mínimos. El riesgo no está solamente en que los medios tradicionales mueran, sino en que la sociedad pierda el referente común que permite distinguir entre hechos y opiniones, entre información verificada y manipulación. De allí que el desafío no sea simplemente digitalizar lo viejo, sino reinventar la función social del periodismo en un tiempo donde la verdad compite con la emoción, y donde la ciudadanía prefiere la voz cercana aunque imperfecta del narrador independiente antes que la solemnidad distante de un noticiero en horario estelar.

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