El fracaso del Estado keynesiano. La visión misesiana
Cuando se analiza el devenir económico y político del siglo XX y lo que va del XXI, resulta inevitable poner frente a frente dos paradigmas que han marcado la historia: el keynesianismo y la visión liberal austríaca, representada con contundencia por Ludwig von Mises. El primero, erigido como salvación en medio de la Gran Depresión, prometió que la intervención estatal en la economía —a través del gasto público, el déficit fiscal y la manipulación monetaria— era el camino para garantizar el pleno empleo y la estabilidad. El segundo, con una mirada mucho más escéptica hacia el poder del Estado, advertía que esas mismas medidas no eran sino el preludio de distorsiones, ciclos de auge y caída cada vez más violentos y, en última instancia, el debilitamiento de las bases mismas de la libertad.
El keynesianismo tuvo su momento de gloria en la posguerra. Europa, devastada, encontró en el Estado benefactor y en la planificación económica parcial una narrativa de reconstrucción. En Estados Unidos, el New Deal ya había abierto la senda: si el mercado flaquea, el Estado debe ocupar su lugar, inyectar liquidez, gastar más de lo que tiene y compensar las supuestas “fallas estructurales” del capitalismo. Durante algunas décadas, el relato pareció funcionar. Se consolidaron sistemas de bienestar, el crecimiento fue sostenido y la política económica parecía tener un manual infalible. Sin embargo, la realidad terminó cobrando factura: las crisis inflacionarias de los setenta, la estanflación —ese monstruo que Keynes nunca previó— y la creciente deuda pública mostraron que los remedios estatales no habían hecho más que postergar y agravar las enfermedades del mercado.
Desde la perspectiva misesiana, esto no fue una sorpresa. Mises ya había advertido que toda intervención estatal en los precios, salarios o crédito genera consecuencias no deseadas que obligan a nuevas intervenciones, iniciando un círculo vicioso. Cuando el Estado imprime dinero para estimular la demanda, los precios suben; cuando manipula las tasas de interés para “activar” la inversión, se generan malas asignaciones de capital que tarde o temprano colapsan en recesión. La ilusión del gasto público como generador de riqueza es, en esencia, una falacia: no existe multiplicador mágico que transforme deuda en prosperidad. Solo la producción genuina, guiada por el cálculo económico en un mercado libre, puede crear bienestar sostenible.
El fracaso del Estado keynesiano no es únicamente económico, sino también moral y político. Bajo la premisa de proteger al ciudadano, se creó un aparato burocrático hipertrofiado que ahoga la innovación, castiga el esfuerzo productivo con impuestos confiscatorios y fomenta la dependencia de subsidios que desincentivan la responsabilidad individual. Se cultivó la idea de que el Estado es un ente paternal capaz de resolver todas las necesidades, cuando en realidad se convirtió en un ente voraz, sostenido por deuda y emisión, que termina empobreciendo a quienes promete salvar.
Hoy Colombia es un ejemplo vivo de estas tensiones. Gobiernos que, bajo la retórica de justicia social, incrementan el gasto, amplían programas asistenciales y apelan al endeudamiento como herramienta de política, terminan enfrentando déficits fiscales, inflación encubierta y fuga de capitales. El ciudadano de a pie, el trabajador que ve su salario perder poder adquisitivo o el empresario que enfrenta trabas regulatorias y cargas impositivas desproporcionadas, experimenta en carne propia la verdad misesiana: la intervención estatal no corrige los problemas, los multiplica.
Frente a esto, la lección que deja Mises es clara: la prosperidad solo puede surgir de un orden económico libre, donde los precios transmitan información sin interferencia, donde el capital se asigne en función de la productividad real y no de los caprichos de un burócrata, y donde el ahorro y la inversión voluntaria sean el motor del crecimiento. Renunciar al keynesianismo no es abandonar la justicia social, sino comprender que la verdadera justicia se logra garantizando libertad económica, reglas claras y respeto a la propiedad privada.
El fracaso del Estado keynesiano es, en última instancia, el triunfo de las advertencias misesianas. La historia nos muestra que la política de pan para hoy y hambre para mañana no solo empobrece, sino que erosiona la confianza en las instituciones. Tal vez ha llegado el momento de dejar de esperar milagros de los ministerios de Hacienda y de los bancos centrales, y empezar a confiar nuevamente en la fuerza creadora de individuos libres en un mercado abierto.
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