“La inflación nos cambió el reloj”: cómo la moneda que se adelgaza reescribe nuestra cultura —y a la familia— en Colombia


La inflación no solo encarece la vida; adelgaza el tiempo. Cuando el peso pierde valor más rápido de lo que podemos planear, la cultura se recalibra hacia el ahora: compramos antes de que “suba”, cobramos hoy porque mañana “no alcanza”, renegociamos cada mes lo que ayer parecía estable. Ese giro silencioso —del largo plazo al día a día— está reescribiendo los códigos de convivencia, los pactos familiares y las expectativas de futuro en Colombia. No es un fenómeno abstracto: julio de 2025 cerró con una inflación anual de 4,9% y un aumento mensual de 0,28%. No estamos en hiperinflación, pero la persistencia de este fenómeno funciona como un impuesto difuso sobre el poder de compra y, sobre todo, sobre la capacidad de proyectarse.

Cuando el valor del dinero se mueve, se mueve también la arquitectura de decisiones de los hogares. Pensemos en lo cotidiano: el mercado de “quincena” se volvió operativo militar; las neveras se llenan más por miedo a la próxima etiqueta que por menú semanal. Las tiendas ajustan precios en lapsos cada vez más cortos; los arriendos incluyen cláusulas de indexación; el “págueme el 1º” mutó en “págueme con el IPC”. Esta cultura de la indexación es, en última instancia, una pedagogía del corto plazo: ancla menos el compromiso (laboral, comercial, afectivo) y recompensa la flexibilidad, aun cuando eso erosione la confianza. Que el Banco de la República haya mantenido la tasa de política por encima del 9% durante buena parte de 2024 para domesticar la inflación no invalida el punto: las cifras pueden mejorar más rápido que los hábitos, y la costumbre de vivir defensivamente —con el ojo en la etiqueta— tarda mucho más en desarmarse.

La familia es el primer amortiguador de esa incertidumbre. Y, sin embargo, también es su primera víctima. En 2024, la pobreza monetaria cayó a 31,8% —una buena noticia—, pero esa fotografía no captura la precariedad relacional: hogares que rotan miembros para cuadrar gasto, abuelos que sostienen nietos con pensiones mínimas, jóvenes que “se devuelven” a la casa porque la cuota del arriendo subió, parejas que postergan hijos no solo por convicción, sino por cálculo. Hay mejoras cuantitativas y, al mismo tiempo, un clima de fragilidad: vivir “al día” exige redes más tupidas, y eso reconfigura la intimidad.

Nada lo ilustra mejor que la vivienda. En Colombia, buena parte de los créditos hipotecarios se otorgan en UVR, una unidad que se ajusta con la inflación. En palabras sencillas: si los precios suben, la cuota sube. Para un hogar, eso traslada la volatilidad del IPC al comedor: el Excel del banco entra hasta la mesa. Es verdad que los UVR suelen arrancar con tasas más bajas que en pesos, pero el mensaje cultural es claro: la estabilidad del hogar depende de una variable macroeconómica que ningún padre o madre controla. Eso retrasa la emancipación residencial de los jóvenes, prolonga cohabitaciones intergeneracionales y recalibra la idea de “hacer hogar” como sueño de mediano plazo.

El crédito de consumo agrega otra capa de ansiedad. Con una tasa de usura que ronda el 25% anual, cualquier compra financiada se convierte en una decisión de alto costo si el ingreso no crece parejo. El resultado cultural es una normalización del microcrédito y del “adelanto” como estilo de vida: de la tarjeta a la app que presta para el mercado, del fiado del barrio a esquemas de gota a gota que explotan la urgencia. Más allá del debate técnico, lo que se modela es un hábito: resolver el hoy a cualquier tasa y “ver después”. Esa pedagogía del apremio atraviesa conversaciones de pareja, reglas de gasto y prioridades de crianza.

Ahora bien, no toda la historia es de pérdida. La cultura también aprende a cubrirse. Mientras la inflación mordía, las remesas crecieron hasta volverse un cinturón de seguridad para millones: en 2024 se enviaron más de 10.000 millones de dólares al país, y en 2025 los giros mensuales superaron en varias ocasiones los 1.000 millones. Eso ha parido una familia “transnacional por necesidad”, donde la planificación del hogar se indexa al calendario de transferencias desde Nueva Jersey o Madrid y a la tasa de cambio. Esta nueva normalidad redistribuye roles: madres que administran el hogar con dólares de los hijos, parejas que negocian a tres husos horarios, niños que crecen con la voz del papá por videollamada. La moneda también moldea vínculos.

Si miramos la demografía, el golpe cultural es aún más hondo: en 2024 nacieron apenas 445.011 niños, la cifra más baja en al menos una década y un 13,7% menos que en 2023. ¿Es solo una tendencia global de menor fecundidad? En parte sí, pero en Colombia esta caída conversa con los precios: arriendos indexados, jardines privados costosos, transporte y alimentos que, aun moderados, pesan en la canasta de crianza. Tener hijos dejó de ser “paso natural” para convertirse en proyecto financiero; el afecto compite con el flujo de caja. El retraso en la maternidad y paternidad no es solo elección de vida; es también respuesta a un entorno que premia la liquidez y castiga el compromiso.

El mercado laboral, a su turno, ofrece señales mixtas. Aun con avances cíclicos, la informalidad sigue instalada alrededor de la mitad de los ocupados. La inflación persistente y los ajustes fuertes del salario mínimo —1,5 millones de pesos en 2025— conviven con empresas pequeñas que no logran asumir plenamente esos costos, empujando a muchos hacia ocupaciones por cuenta propia. Es una paradoja: sube el ingreso formal de referencia, pero demasiados viven fuera de la referencia. En clave cultural, la familia se convierte en empresa de riesgo compartido: repartir domicilios, abrir un emprendimiento de cocina en casa, vender por redes. Se aprende a sobrevivir, sí; pero no siempre a acumular futuro.

La inflación también es una escuela moral. Convierte la astucia en virtud: “compré antes de que subiera”, “me adelanté a la subida de la UVR”, “cerré en promoción”. No es superficial: cuando el valor del ahorro es incierto, el mérito migra del esfuerzo paciente a la oportunidad bien cazada. Y eso altera los códigos de socialización que transmitimos en casa. A los hijos les enseñamos a “no dar papaya” en vez de a “planear a cinco años”; a los adolescentes les reforzamos la lógica del ingreso inmediato sobre la educación prolongada; a los abuelos les pedimos una porción de su pensión para completar el mes, porque el salario del nieto no rinde. La economía se infiltra en la ética doméstica.

No propongo nostalgia. El país de la inflación de dos dígitos, de 2022 y 2023, está quedando atrás y el IPC ya se mueve por debajo del 5%. Pero la cultura no tiene el mismo “timing” que la macro. Mientras las series oficiales celebran la desaceleración, los hábitos y heridas quedan: esa pareja que pospuso la boda por dos años, la madre que cambió de jardín tres veces por la mensualidad, el joven que volvió a su cuarto porque la cuota en UVR asfixió. En términos de bienestar, el costo cultural de la inflación dura más que la inflación.

¿Qué hacer? Primero, reconocer que la política monetaria no es un tecnicismo ajeno al tejido íntimo. Defender, con terquedad, un ancla de precios creíble no es capricho de banqueros: es defender el derecho de las familias a planear. Si el mercado anticipa que la inflación rondará la meta, la indexación pierde legitimidad, la UVR deja de ser una amenaza y el ahorro vuelve a ser promesa. Segundo, alinear las otras patas del trípode: disciplina fiscal que no le pida a la maquinita lo que no puede dar; reglas salariales que protejan sin expulsar a la informalidad; y competencia financiera que abarate el crédito formal para que el “hoy” no se financie al 25% o con agiotistas.

Tercero, políticas familiares que entiendan la economía de las decisiones íntimas. Si queremos recuperar nacimientos —o, al menos, que no se desplomen por razones pecuniarias— hay que atacar los costos de crianza que más pesan en el día a día: cuidado infantil asequible y de calidad, transporte seguro y eficiente, arriendo con reglas claras que no indexen mecánicamente cada contrato, y educación técnica y superior que no obligue a endeudarse a tasas punitivas. Cada punto menos de inflación que logremos sostener de manera creíble es un punto más de horizonte para que las familias acuerden proyectos con menos miedo.

Mientras tanto, conviene leer lo que nuestros hábitos dicen de nosotros. La cena adelantada del mercado de quincena, la conversación sobre la cuota en la sala, los audios de WhatsApp que llegan con remesas desde lejos, el miedo a “comprometerse” a largo plazo: son notas al pie de una historia mayor. En Colombia, la política monetaria inflacionaria nos cambió el reloj; aprendimos a vivir de prisa. Recuperar un tiempo que no se derrita es, quizá, la tarea cultural más importante de la próxima década. Y empieza por algo tan pedestre como que el precio de mañana deje de ser una amenaza hoy.


Comentarios

Entradas populares de este blog

La democracia no se mata solo con balas: se pudre en silencio, cuando aplaudimos el odio

El negocio de la pobreza y la trampa de la ilusión

La Inflación Persistente: Un Desafío para los Consumidores