El espejo roto del poder: entre narcoestados, acuerdos ocultos y la complicidad del silencio
El mundo de hoy se mueve en una delgada línea entre la diplomacia y la fuerza, entre lo que se dice frente a los micrófonos y lo que se pacta en habitaciones cerradas donde la geopolítica decide el destino de naciones enteras. El caso de Venezuela, con Nicolás Maduro al frente, se ha convertido en una herida abierta para América Latina, una herida que no cicatriza porque está infectada de corrupción, narcotráfico y complicidades políticas que atraviesan fronteras. No se trata solo de un régimen autoritario que ha destruido las bases económicas de un país rico en petróleo, sino de la acusación, cada vez más sólida, de que Maduro lidera el llamado “Cartel de los Soles”, un entramado que mezcla militares, políticos y bandas criminales al servicio del narcotráfico internacional. Estados Unidos lo ha señalado como un narco-terrorista, y la historia reciente nos muestra que cuando Washington coloca una etiqueta de ese calibre, rara vez lo hace sin una estrategia de fondo.
Es en este contexto donde surgen teorías que parecen sacadas de una novela de poder, pero que encajan con la lógica fría de la política global. Se habla de un posible acuerdo entre Donald Trump y Nayib Bukele, un pacto silencioso que, en caso de que Trump regrese al poder, podría implicar que Maduro termine pagando cárcel no en Estados Unidos, sino en El Salvador, un país que bajo Bukele se ha convertido en símbolo de mano dura contra el crimen y en un aliado estratégico en la lucha contra el narcotráfico. La sola idea genera un eco potente: Bukele, convertido en referente continental, podría ser el custodio de quien durante años alimentó las redes de cocaína que atravesaron la región y mancharon la política latinoamericana. Sería un golpe simbólico, casi cinematográfico: el tirano derrotado pagando condena en la tierra que hoy se vende como laboratorio de seguridad.
En medio de estas movidas, la sombra del financiamiento ilícito aparece una y otra vez. Diversos informes y testimonios han insinuado que los recursos del narcotráfico provenientes del Cartel de los Soles habrían llegado a campañas de la izquierda en América Latina. No sería la primera vez que la política se contamina de dólares sucios; lo novedoso aquí es la magnitud de la acusación: un régimen entero sirviendo como banco clandestino para proyectos políticos regionales. En Colombia, donde la corrupción ha sido normalizada, la sola sospecha debería alarmarnos, porque pone en evidencia cómo el poder no se juega únicamente en las urnas, sino también en los pasillos oscuros del crimen organizado.
Y sin embargo, mientras todo esto se discute a nivel internacional, en nuestro propio país el presidente Gustavo Petro juega su papel de equilibrista, siempre con una narrativa ambigua que lo coloca, como tantas veces, del lado equivocado de la historia. Petro insiste en hablar de paz total, de diálogo, de integración latinoamericana, pero la realidad es que su cercanía con Nicolás Maduro no puede maquillarse con discursos. Es un amigo incómodo, un socio político cuya legitimidad internacional está por el suelo, y aun así, Petro lo defiende con la convicción de quien se niega a aceptar la evidencia. No es la primera vez: Petro ha sabido acomodarse en causas que, con el tiempo, terminaron demostrando ser trampas históricas. Su discurso de justicia social se debilita cuando se cruza con la indulgencia frente a dictadores, porque entonces la coherencia se rompe y lo que queda es la certeza de que, en este juego, siempre acaba eligiendo mal.
Lo que resulta más grave es que el silencio cómplice de Petro en torno a Maduro no es un asunto aislado. Se conecta con la percepción de que Colombia pierde autonomía frente a la crisis regional, que se acomoda al vaivén de los dictadores y que prefiere mirar hacia otro lado mientras Venezuela se convierte en un corredor de drogas y armas. La pregunta es hasta cuándo Colombia podrá sostener esta contradicción: ser el socio estratégico de Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico y, al mismo tiempo, el aliado político de quien es acusado de encabezar un cartel internacional.
En la calle, el ciudadano común entiende estas contradicciones mejor que cualquier académico. Basta ver cómo los colombianos reciben cada día a los migrantes venezolanos que huyen del hambre y la persecución. La señora que vende empanadas en el barrio, el conductor que comparte su ruta con un vecino venezolano, el comerciante que compite con un migrante que busca sobrevivir; todos saben que la crisis venezolana no es abstracta, sino un peso cotidiano que recae sobre los hombros de Colombia. Y por eso resulta más indignante que nuestro presidente se empecine en mantener una amistad política con el origen del problema.
Si de acuerdos secretos hablamos, cabe la posibilidad de que en el tablero global se juegue ya una partida en la que Maduro está condenado a caer, y el único debate es cómo y dónde. Trump, con su estilo pragmático, podría perfectamente negociar con Rusia una salida a la guerra en Ucrania que incluya a Venezuela como ficha de canje. Bukele, convertido en el sheriff de la región, podría ser el encargado de exhibir al dictador como trofeo de justicia. Y Colombia, en cambio, bajo Petro, podría quedar del lado de los cómplices, arrastrando una vergüenza histórica que se sumaría a tantas otras.
La historia suele ser implacable con quienes eligen mal sus alianzas. Petro puede llenar discursos con palabras grandilocuentes, pero la verdad es que la realidad no se escribe con retórica, sino con hechos. Y los hechos muestran que su gobierno ha preferido tender la mano a Maduro en lugar de marcar distancia frente a un régimen señalado por narcotráfico, terrorismo y corrupción. El presidente colombiano podrá intentar convencer con narrativas, pero esta vez no será la excepción: nuevamente quedará del lado equivocado de la historia.
Comentarios
Publicar un comentario