El mito fundacional del marxismo: por qué el trabajo no es la única fuente de valor
Durante décadas, el marxismo ha ejercido un poderoso influjo sobre la imaginación política de muchos pueblos, y Colombia no ha sido la excepción. Desde los movimientos guerrilleros del siglo XX hasta los discursos políticos contemporáneos que aún apelan a las nociones de “explotación” y “plusvalía”, la crítica marxista al capitalismo ha nutrido teorías, programas de gobierno e ideologías que pretenden reconfigurar la economía desde una supuesta justicia estructural. Pero al examinar cuidadosamente su columna vertebral —la Teoría del Valor-Trabajo— lo que emerge no es una ciencia económica sino una construcción dogmática: una explicación rígida de la creación de valor que, al excluir deliberadamente elementos esenciales de la producción moderna, revela sus propias limitaciones teóricas y políticas.
En un país como Colombia, donde más del 96% de las empresas son micro y pequeñas empresas según cifras de Confecámaras, y donde los emprendedores deben cumplir múltiples funciones simultáneamente —desde barrer el local hasta negociar créditos con bancos o planificar estrategias de marketing digital—, resulta absurdo seguir sosteniendo que solo el trabajo manual directo genera valor. El dueño de una ferretería en Soledad que decide importar materiales más baratos, arriesgar su capital en una nueva sede o implementar una estrategia para vender por WhatsApp no está explotando a nadie; está creando valor. No desde la fuerza física, sino desde el riesgo, la decisión, la coordinación y la inteligencia estratégica. En la lógica marxista ortodoxa, sin embargo, este empresario sería un parásito porque no “produce” directamente con sus manos. Es precisamente ahí donde la teoría comienza a resquebrajarse: en su incapacidad de reconocer que el valor no es un resultado objetivo del trabajo físico, sino una construcción subjetiva del mercado y del ingenio humano.
Cuando Marx definió el valor de una mercancía según el tiempo de trabajo socialmente necesario (TNS), introdujo un criterio que, lejos de esclarecer el origen del valor, lo oscurece. En apariencia, el concepto busca objetividad: ¿cuánto tiempo se necesita, en condiciones normales, para producir una mercancía? Pero en la práctica, el “socialmente necesario” es una categoría circular. Si un producto no se vende, se dice que el trabajo invertido no era socialmente necesario. Si un trabajador es más lento que el promedio, se le descuenta tiempo. Si un emprendedor arriesga su capital en un producto innovador que fracasa, no importa cuánto ingenio y trabajo haya invertido: su esfuerzo no cuenta. Así, la teoría se blinda frente a cualquier intento de falsación. No importa la evidencia empírica o los nuevos modos de producción: si algo no encaja en la teoría, se redefine como “innecesario”. Es una lógica religiosa, no científica.
En contraste, la teoría subjetiva del valor, desarrollada por la Escuela Austriaca y los marginalistas en el siglo XIX, ofrece una explicación más cercana a la realidad que vivimos todos los días. El valor no lo determina el esfuerzo invertido, sino la utilidad que un bien o servicio tiene para quien lo demanda. Un vaso de agua en La Guajira vale más que un vaso de agua en el centro de Bogotá, no porque requiera más trabajo producirlo, sino porque su utilidad (y por ende su demanda) es mucho mayor en un contexto de escasez. De ahí que la innovación tecnológica y la creatividad empresarial —actividades que Marx descartó como no productivas— hayan sido las verdaderas fuerzas transformadoras del mundo moderno. No es la cantidad de sudor lo que genera riqueza, sino la capacidad de satisfacer necesidades humanas de manera más eficiente, atractiva o accesible.
En Colombia, donde el acceso a capital sigue siendo limitado y el tejido empresarial depende en gran medida del esfuerzo de pequeños inversionistas, resulta particularmente nociva la idea de que el capital es meramente un instrumento de explotación. Según Bancoldex, solo el 23% de las microempresas tienen acceso a crédito formal. Cuando un tendero logra abrir una segunda tienda, o una modista decide contratar a un asistente para multiplicar su producción, no lo hace desde la opresión sino desde la necesidad de escalar, competir y sobrevivir en un mercado ferozmente exigente. El capital, en este contexto, no es enemigo del trabajo: es su amplificador.
Esto no significa que el capitalismo esté exento de problemas o injusticias. Colombia arrastra profundas desigualdades históricas, y es claro que la economía de mercado puede concentrar poder y generar exclusiones. Pero esas distorsiones no se deben a la lógica del capital en sí misma, sino a su captura por parte de élites cercanas al Estado que manipulan reglas del juego, bloquean la competencia y convierten las instituciones públicas en extensiones de intereses privados. La verdadera lucha no es entre trabajadores y capitalistas, como planteaba Marx, sino entre quienes crean valor en libertad y quienes utilizan el poder político para restringir esa libertad en beneficio propio.
Irónicamente, muchas de las propuestas inspiradas en el marxismo que hoy circulan en el debate colombiano —control de precios, propiedad estatal de medios de producción, impuestos punitivos al emprendimiento, subsidios generalizados— acaban reforzando ese mismo sistema de privilegios al sofocar la innovación, castigar el riesgo y desincentivar la productividad. Mientras tanto, los ciudadanos comunes, los que luchan todos los días por mejorar su nivel de vida mediante el trabajo honesto y la creatividad empresarial, siguen atrapados entre la retórica del “trabajador explotado” y la realidad del emprendedor incomprendido.
Persistir en la defensa de la Teoría del Valor-Trabajo es, en última instancia, sostener un mito fundacional que ya no explica el mundo en el que vivimos. Es aferrarse a un marco interpretativo que ignora las fuentes dinámicas del valor moderno: la información, el diseño, la experiencia del usuario, el capital intelectual. Es dar la espalda a una economía que, nos guste o no, ha demostrado que se puede producir más, mejor y para más personas sin necesidad de multiplicar el trabajo físico. En la era del conocimiento, seguir predicando que solo el trabajo manual genera riqueza no es justicia social: es una negación de la realidad.
Y quizás, la mayor contradicción no está en el sistema que Marx criticaba, sino en su propia teoría: si el trabajo realmente es lo único que crea valor, ¿por qué los países que adoptaron el marxismo colapsaron mientras que aquellos que liberaron la innovación, la inversión y el emprendimiento florecieron? La respuesta, aunque incómoda para algunos, es clara: sin capital, sin riesgo, sin creatividad, no hay riqueza que repartir. Solo escasez, frustración y control.
¿De verdad queremos construir el futuro de Colombia sobre un fundamento tan frágil?

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