Los muros del proteccionismo: cómo los aranceles empobrecen lo que dicen querer salvar


En el debate público colombiano reaparece cíclicamente la tentación del proteccionismo. No importa cuántas veces haya fracasado, ni cuántos países se hayan empobrecido tratando de cerrar sus economías al mundo; siempre hay una nueva excusa, una nueva promesa de "reindustrialización", una nueva narrativa salvadora que promete crear empleos y proteger lo “nuestro”. Los aranceles, se nos dice, serán la palanca que levante la industria nacional, que defienda al trabajador colombiano del “injusto” comercio global. Y, sin embargo, detrás de esa retórica nacionalista se oculta una vieja mentira: la idea de que se puede mejorar la prosperidad colectiva encareciendo artificialmente los bienes que consumimos.  

Ludwig von Mises lo advirtió con claridad hace casi un siglo: "la imposición de aranceles no crea riqueza, sino escasez". Y aunque las circunstancias cambian, los principios económicos permanecen. Hoy en Colombia, donde millones de personas enfrentan altos precios, bajo poder adquisitivo y dificultades crecientes para acceder a productos básicos, hablar de aranceles como mecanismo de desarrollo no solo es económicamente equivocado, sino éticamente problemático. Porque no es el empresario grande ni el burócrata tecnócrata quien termina pagando el costo de esas barreras: son los consumidores comunes, las familias que cada mes hacen malabares con un salario mínimo para llenar una canasta básica cada vez más precaria.  

Los datos lo confirman. Según cifras del DANE, la inflación de alimentos en Colombia alcanzó picos del 27% en 2022 y sigue sin estabilizarse plenamente. En medio de esta realidad, cualquier impuesto adicional a bienes importados –desde maquinaria agrícola hasta productos de tecnología o medicamentos– solo agrava el problema. No es solo una cuestión de precios: también es un problema de diversidad y acceso. Muchos productos que no se fabrican en el país o que no se fabrican con la misma calidad provienen del exterior. Al poner barreras a estas importaciones, condenamos al consumidor colombiano a una menor oferta y a pagar más por menos.  

Pero el argumento proteccionista siempre se disfraza de una causa noble: la protección del empleo nacional. Se nos dice que si no cerramos la economía, nuestra industria morirá. Esta idea, sin embargo, ignora que los países no se desarrollan fabricando de todo, sino especializándose en lo que mejor saben hacer. La riqueza no surge del aislamiento, sino de la cooperación y el intercambio. Colombia no necesita fabricar sus propios chips de computadora para ser una potencia tecnológica, así como tampoco necesita cultivar su propio trigo en cada rincón del país para garantizar su seguridad alimentaria.  

Pensemos en un caso cercano y cotidiano: la industria del calzado en Bucaramanga. Durante años, este sector ha luchado contra la competencia de productos asiáticos, especialmente provenientes de China. Los gremios han pedido aranceles más altos, subsidios, protección. Pero, ¿realmente ha cambiado su productividad? ¿Se ha modernizado tecnológicamente? ¿Ha encontrado nichos de valor agregado donde pueda competir no por precio, sino por calidad o diseño? Lo cierto es que el proteccionismo tiende a generar un círculo vicioso: la protección elimina el incentivo a mejorar. Cuando las industrias viven bajo el ala del Estado, protegidas de la competencia, se acomodan, se vuelven ineficientes, sobreviven no por su mérito sino por sus conexiones.  

Y en ese sentido, los aranceles no solo afectan a los consumidores: afectan también a los productores más dinámicos. Aquellos emprendedores colombianos que quieren importar insumos más baratos, maquinaria de última tecnología, piezas especializadas que no se fabrican aquí, también se ven atrapados por el muro proteccionista. El resultado es una economía más cara, más cerrada, menos competitiva. Una economía que pierde atractivo para la inversión extranjera y para la innovación local.  

En lugar de cerrar la economía, Colombia debería abrirla más. No de manera ingenua ni desregulada, sino estratégicamente: eliminando barreras, pero al mismo tiempo creando condiciones internas para que la industria florezca en libertad. Eso implica menos impuestos a la producción, menos trabas burocráticas, reglas estables y claras, y un entorno jurídico que favorezca la inversión y castigue la corrupción.  

Los países que más han prosperado en las últimas décadas –desde Irlanda hasta Corea del Sur– no lo han hecho cerrándose al mundo, sino abrazando el comercio. Incluso China, símbolo contradictorio del intervencionismo estatal, ha basado su crecimiento en la apertura a los mercados internacionales. Pensar que Colombia puede lograr algo diferente volviendo a levantar barreras aduaneras es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, irresponsable.  

Y aún así, el discurso proteccionista sigue seduciendo. Porque es fácil de vender. Apela al orgullo nacional, al miedo al extranjero, a la nostalgia de un pasado industrial que en realidad fue más precario de lo que recordamos. Nos dice que podemos protegernos del mundo, que podemos encerrarnos en nuestra burbuja económica y que dentro de ella todo funcionará mágicamente. Pero la historia económica nos enseña que los países no progresan cerrando sus puertas, sino abriéndolas con inteligencia.  

En este momento, Colombia no necesita más aranceles, necesita más libertad. Libertad para comerciar, para importar, para exportar, para competir. Libertad para que el consumidor pueda elegir lo mejor al mejor precio, sin que el Estado decida por él a quién debe comprarle ni cuánto debe pagar.  

Quien de verdad quiera reindustrializar a Colombia debería empezar por derribar los muros del proteccionismo, no por construir más. Porque solo una economía abierta, libre y dinámica puede generar la prosperidad que tanto necesitamos. Los aranceles, como decía Mises, solo pueden hacer más costosa esa esperanza.  

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