La falsa prosperidad: cómo el espejismo del crédito barato debilita la economía colombiana


Vivimos tiempos en los que la narrativa del crecimiento económico parece depender más de ruedas de prensa del Banco de la República que de la realidad concreta de las familias, los emprendedores o los trabajadores colombianos. Se nos repite con insistencia que bajar las tasas de interés dinamiza el mercado, que incentiva la inversión, que ayuda a las pequeñas empresas, que reactiva el consumo. Pero muy pocos se preguntan si este crecimiento es real o solo una expansión artificial sostenida por una distorsión profunda del sistema de precios. ¿Qué pasa cuando los cimientos de la economía se levantan sobre señales falsas, creadas no por las decisiones libres de millones de individuos, sino por el veredicto de unos pocos burócratas?  

Reducir las tasas de interés no es una acción neutra ni técnica. Es una intervención directa en la estructura del mercado, en la relación natural entre ahorro y consumo, en la forma como las personas valoran el presente frente al futuro. En un entorno de libertad económica, el tipo de interés cumple una función vital: coordina las decisiones intertemporales de los agentes económicos. Si las familias deciden ahorrar más, las tasas de interés bajan, lo que estimula la inversión productiva a largo plazo. Si prefieren consumir ahora, las tasas suben, lo que retrasa la inversión y fortalece el consumo. Es un equilibrio dinámico, espontáneo, basado en millones de decisiones descentralizadas.  

Cuando el Banco de la República decide reducir las tasas artificialmente —como ocurrió recientemente con la bajada al 11,25% en marzo de 2025— lo que está haciendo, en esencia, es simular que hay más ahorro del que realmente existe. Los empresarios y bancos leen esa señal como una oportunidad: el crédito está más barato, los proyectos parecen más rentables, los consumidores se endeudan más fácilmente. Pero lo que parece prosperidad es, en realidad, una expansión sin fundamento, una especie de fiebre de crecimiento basada en expectativas falsas.   

Pensemos en un ejemplo cotidiano: una familia en Barranquilla que decide endeudarse para comprar un apartamento porque las tasas bajaron. Creen que es el momento perfecto, que el crédito es “barato”. Lo mismo hace otra familia en Bucaramanga, y otra en Cali, y otra en Medellín. El boom de demanda empuja al alza los precios de la vivienda, los constructores se lanzan a nuevos proyectos, los bancos amplían sus líneas hipotecarias. Pero todo eso se sostiene sobre una promesa que no es real: que ese dinero barato representa ahorro genuino. Tarde o temprano, esa promesa se rompe. Cuando las tasas suben nuevamente para controlar la inflación —como también ha pasado en ciclos anteriores—, los pagos aumentan, los proyectos se estancan, los bancos restringen el crédito, las familias entran en mora. El resultado: una recesión evitable y una pérdida real de bienestar.  

Este no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de Colombia. En Estados Unidos, la crisis de 2008 fue la consecuencia directa de una política monetaria artificialmente expansiva, sostenida por años de tasas de interés por debajo del nivel natural. Se creó una burbuja inmobiliaria, se canalizó crédito hacia inversiones inviables y, finalmente, se produjo una caída abrupta del sistema financiero. Colombia, aunque con menor escala, no está exenta de este mismo ciclo vicioso. En la última década, hemos visto cómo sectores como el de la construcción, el consumo masivo o el crédito de consumo se expanden vertiginosamente cuando las tasas bajan, solo para sufrir un frenazo violento cuando el banco central corrige el rumbo con alzas bruscas.  

La pregunta de fondo es: ¿a quién beneficia esta falsa prosperidad? La respuesta, dolorosa pero inevitable, es que a unos pocos. Los grandes conglomerados financieros, que tienen acceso privilegiado al crédito barato, son los primeros en recibir el nuevo dinero, antes de que los precios se ajusten. Esto es lo que Friedrich Hayek llamó el “efecto Cantillon”: el dinero nuevo no afecta a todos por igual ni al mismo tiempo. Los primeros receptores del crédito artificial se benefician, mientras que los últimos —los trabajadores asalariados, los pequeños empresarios, las familias humildes— ven cómo sus salarios pierden valor, sus ahorros se evaporan y sus oportunidades se reducen.  

Y es que el crédito barato no genera riqueza real, solo redistribuye la existente de forma arbitraria. En lugar de fomentar el ahorro, lo castiga. En lugar de premiar la prudencia, estimula la especulación. En lugar de fortalecer el largo plazo, engorda el cortoplacismo. La economía se vuelve adicta a la expansión monetaria, a los anuncios del banco central, al último ajuste en la tasa de intervención. Se abandona la lógica de la productividad y se adopta la lógica del endeudamiento. Y cuando se agota el margen para seguir bajando las tasas —porque la inflación amenaza o el déficit fiscal se dispara—, el espejismo se desvanece y queda al descubierto la fragilidad de la estructura económica.  

Colombia vive hoy en ese dilema. Con una inflación que apenas comienza a ceder, una deuda pública que ronda el 60% del PIB y una economía desacelerada, los llamados a bajar aún más las tasas suenan cada vez más desesperados. Pero lo que necesitamos no es más estímulo artificial, sino una corrección profunda del modelo. Necesitamos volver a un sistema en el que el ahorro se construya desde la base, desde la familia, desde la microempresa, desde el trabajo real. Un sistema donde el crédito sea consecuencia del capital acumulado y no de la emisión monetaria. Un sistema donde las decisiones económicas respondan a los valores y preferencias de los ciudadanos, no a las reuniones de la Junta Directiva del Banco de la República.  

Recortar las tasas de interés no fortalece la economía si no está respaldado por ahorro genuino. Solo la disciplina, la confianza institucional, la estabilidad jurídica y el respeto por los precios libres pueden generar un crecimiento duradero y justo. Cualquier intento de sustituir esos pilares por atajos monetarios solo posterga lo inevitable: una crisis de confianza, una corrección dolorosa, una pérdida de bienestar.  

La verdadera prosperidad no se decreta desde el banco central. Se construye desde la libertad económica, el ahorro voluntario y la inversión responsable. Todo lo demás es ficción. Y como toda ficción, tarde o temprano se acaba.

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