Colombia no necesita más deuda: necesita coraje
Vivimos tiempos en los que resulta más fácil prometer que cumplir, más rentable políticamente ofrecer "gratuitamente" todo tipo de subsidios que decir la verdad incómoda: el dinero no crece en los árboles y cada peso que el Estado gasta sin respaldo hoy es un peso que pagarán con sangre las generaciones que vienen detrás. El problema de la deuda pública en Colombia no es un fenómeno aislado ni un error de cálculo técnico; es un síntoma de una enfermedad mucho más profunda: la irresponsabilidad fiscal endémica y la falta de coraje político para enfrentarla.
De nada sirven los planes de "ajuste fiscal gradual", las comisiones de expertos, los interminables debates sobre nuevas fuentes de ingresos o los slogans de "justicia social" financiados con déficits, si cada año seguimos sumando billones de pesos a la deuda nacional. Mientras el gasto deficitario continúe, cualquier promesa de consolidación fiscal es una burla a la inteligencia pública. Según datos del Ministerio de Hacienda, en 2024 Colombia registró un déficit fiscal del 5,3% del PIB, y el nivel de deuda pública ya supera el 60% del PIB, muy por encima del límite de sostenibilidad sugerido por organismos internacionales para economías emergentes. El problema no es que la deuda sea alta, el problema es que sigue creciendo de forma explosiva, empujada por gobiernos de todo signo que no se atreven a frenar la fiesta clientelista de subsidios, contratos, obras faraónicas y burocracia parasitaria.
El primer acto de responsabilidad no debería ser plantear cómo vamos a pagar la deuda antigua; debería ser detener de inmediato la creación de nueva deuda. Es como una familia que ya no puede pagar sus tarjetas de crédito y, sin embargo, decide seguir endeudándose para financiar vacaciones, electrodomésticos y cenas costosas. No importa cuánto planifiquen su "plan de pagos" o cuántos ingresos futuros prometan obtener: cada nuevo préstamo hace más remota la posibilidad de algún día recuperar la estabilidad. Colombia hoy se comporta exactamente así, solo que con cifras que ya no caben en la imaginación del ciudadano común.
Y aquí viene la verdadera tragedia: este gasto desenfrenado es, en apariencia, popular. ¿Quién se opone abiertamente a un subsidio para transporte, vivienda, educación o alimentación? ¿Quién se atreve a cuestionar las pensiones subsidiadas, los programas de ayudas directas, los empleos estatales creados sin ninguna productividad real? Políticamente, recortar gastos es suicida. El votante promedio ha sido educado en la peligrosa ilusión de que "el Estado siempre puede dar más", sin preguntarse quién pagará la cuenta. Como en una fiesta interminable donde todos brindan con copas vacías, seguimos celebrando subsidios que se pagan con inflación futura, devaluación del peso y aumentos silenciosos de impuestos.
La inflación es, en esencia, una forma encubierta de repudio a la deuda. Cuando el gobierno gasta mucho más de lo que ingresa y financia el déficit con emisión monetaria (directa o indirectamente, a través de deuda interna que luego es monetizada), los precios suben y el peso pierde valor. Los más afectados no son los grandes empresarios ni los políticos: son los trabajadores de a pie, los pequeños ahorradores, los jóvenes que no encuentran empleos estables porque la economía real se ahoga en un océano de distorsiones. Según el DANE, en 2023 la inflación anual en Colombia cerró en 9,28%, y aunque se espera cierta moderación en 2025, el daño al poder adquisitivo ya está hecho. Cada peso que pierde valor es un impuesto escondido que nadie votó, pero todos pagan.
Si fuéramos honestos —realmente honestos—, admitiríamos que la deuda pública debería enfrentarse con un principio básico: quien contrae deuda, paga la deuda. No se trata de transferir la factura a los nietos o de esperar un milagro económico que nunca llega. En un mundo ideal, el Estado colombiano anunciaría un congelamiento del gasto no esencial, una reestructuración profunda del aparato burocrático, y un presupuesto nacional basado en ingresos reales, no en ilusiones contables. Pero eso requeriría sacrificios hoy para salvar el futuro, y pocos líderes están dispuestos a arriesgar votos por salvar a un país de su propio cortoplacismo.
Ejemplos de esta irresponsabilidad no faltan. Cada ciclo electoral vemos candidatos ofreciendo "rentas básicas" universales, "educación superior gratuita para todos", "reformas agrarias" financiadas mágicamente, y "nuevos derechos" sociales como si bastara con escribirlos en una ley para materializarlos. ¿De dónde saldrá el dinero? No importa. Lo importante es ganar hoy, prometer hoy, repartir hoy. El mañana puede esperar. Mientras tanto, en los barrios de Barranquilla, Medellín, Bogotá o Cali, las familias siguen luchando con precios de alimentos que suben mes a mes, con arriendos cada vez más costosos, con tasas de interés que les cierran las puertas del crédito. El ciudadano de a pie siente la crisis antes que los políticos, pero no siempre identifica la raíz: el despilfarro sistemático financiado con deuda e inflación.
Quizás el momento más disruptivo y necesario en la historia reciente de Colombia no sea elegir un nuevo gobernante carismático o aprobar una nueva constitución repleta de derechos simbólicos, sino simplemente que alguien tenga el valor de decir: se acabó el gasto deficitario. No más deuda para financiar promesas imposibles. No más maquillaje fiscal. No más mentiras piadosas sobre "solidaridad" cuando en realidad se trata de hipotecar el futuro de quienes hoy ni siquiera tienen voz.
¿Queremos justicia intergeneracional real? Empecemos por no robarle a los que vienen después. Detener el crecimiento de la deuda no es un acto de austeridad cruel: es un acto de amor al país. Es la forma más sincera de cuidar a los hijos de Colombia, de preservar un mínimo de libertad económica para el futuro, de evitar que terminemos como otras naciones hermanas que hoy sufren la miseria de haber confiado ciegamente en el gasto sin límite.
No es fácil. Nunca lo ha sido. Pero es el único camino que puede devolvernos la dignidad perdida bajo montañas de billetes sin respaldo y promesas rotas. El primer paso es el más sencillo y el más valiente: simplemente dejar de endeudarnos un peso más

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