¿Por qué la economía no se puede planificar desde un escritorio?


En la economía, a diferencia de las ciencias naturales, no jugamos con elementos inertes cuya interacción se pueda predecir con ecuaciones matemáticas. No estamos midiendo la trayectoria de una partícula ni la velocidad de un objeto en el vacío. En la economía, lo que rige las fluctuaciones del mercado no son fuerzas naturales inmutables, sino decisiones humanas, cargadas de subjetividad, emociones y expectativas. El individuo actúa, decide, ajusta, se adapta. Y precisamente porque el ser humano actúa con intención, no podemos reducir la economía a meros datos estadísticos sin perder de vista su esencia.

Sin embargo, en Colombia y en el mundo, las políticas económicas parecen aferrarse a la idea de que todo puede modelarse, predecirse y manipularse desde un escritorio. Los bancos centrales, los ministerios de economía y las agencias de regulación toman decisiones sobre tasas de interés, emisiones monetarias y regulaciones fiscales con base en datos históricos, sin reconocer que toda interpretación de esos datos ya está sesgada por una teoría económica previa. Al asumir que la economía es una especie de máquina que solo necesita calibraciones constantes, olvidan que los datos no tienen sentido por sí solos: son registros de acciones humanas en el pasado, pero el futuro siempre será impredecible porque depende de millones de decisiones individuales que cambian a cada instante.

Pensemos en la fijación de tasas de interés en Colombia. Los tecnócratas del Banco de la República observan indicadores como la inflación, el crecimiento del PIB o el comportamiento del dólar y, con base en esas cifras, deciden si subir o bajar la tasa de referencia. Pero aquí se ignora un principio económico fundamental: la tasa de interés no es un simple precio arbitrario, sino la expresión natural de la preferencia temporal de los individuos. La gente valora más el consumo presente que el futuro, lo que genera una prima para la espera. Si esta tasa se manipula artificialmente, se distorsionan las señales del mercado y se generan burbujas especulativas que terminan en crisis.

El caso de la vivienda en Colombia es un ejemplo claro. Durante años, los bajos intereses y el impulso del crédito subsidiado por el gobierno llevaron a una expansión descontrolada de la construcción y la compra de vivienda financiada con deuda. Al principio, pareció una bonanza: más construcciones, más empleos, más créditos aprobados. Pero lo que realmente pasó fue que muchas personas adquirieron deudas con tasas irreales, y cuando la inflación subió y el Banco de la República aumentó los intereses para "controlarla", los costos del crédito hipotecario se dispararon. Ahora, muchos colombianos ven cómo sus cuotas se han vuelto impagables, el mercado inmobiliario se desacelera y la ilusión de un crecimiento sostenible se desvanece.

Este mismo error se repite con la política fiscal. Los gobiernos, basándose en proyecciones de ingresos y gastos, deciden incrementar impuestos, regular mercados o aumentar el gasto público, creyendo que el impacto de estas medidas es predecible. Pero la realidad es que cada persona responde de manera distinta a los incentivos. Si se aumentan los impuestos a los negocios, muchos emprendedores reducirán su inversión o trasladarán sus costos al consumidor. Si se regulan los precios de los bienes básicos, se generará escasez porque los productores no tendrán incentivos para seguir operando. Si se imprime dinero para financiar programas sociales, se desvaloriza la moneda y se afecta aún más a los sectores más vulnerables.

El caso del salario mínimo ilustra este punto. En Colombia, el gobierno impone un aumento anual del salario mínimo con base en la inflación y el crecimiento económico del año anterior. Suponiendo que este mecanismo beneficia a los trabajadores, los políticos celebran estos aumentos como logros de equidad. Pero lo que no dicen es que cuando el costo de contratar sube artificialmente, las empresas responden ajustando sus plantillas, reduciendo contrataciones formales y aumentando la automatización. Como resultado, la informalidad sigue siendo alta y el desempleo estructural persiste. La decisión de contratar o despedir a alguien no se toma en un despacho gubernamental, sino en cada negocio que evalúa si puede o no pagar a sus empleados sin poner en riesgo su propia supervivencia.

El problema de fondo es que los planificadores económicos creen que la economía se mueve por factores externos controlables, cuando en realidad es un fenómeno humano, subjetivo y descentralizado. No hay ecuación ni modelo estadístico que pueda predecir con certeza cómo reaccionarán millones de personas ante un cambio en las condiciones económicas. La economía no se maneja desde una planilla de Excel, sino desde las decisiones diarias de empresarios, trabajadores, consumidores e inversionistas que actúan según sus propios fines y circunstancias.

Si queremos una economía más estable y próspera en Colombia, necesitamos abandonar la ilusión de que los datos históricos pueden guiar la política económica sin consecuencias imprevistas. Necesitamos reconocer que la intervención estatal en el mercado distorsiona las decisiones individuales y genera crisis que luego se intentan resolver con más regulación y más control. La verdadera solución es devolver el protagonismo a los individuos, permitir que las tasas de interés reflejen la realidad del ahorro y la inversión, reducir la carga fiscal para que las empresas puedan crecer libremente y garantizar que la moneda conserve su valor sin manipulaciones arbitrarias.

La economía es acción humana, no una máquina que puede ajustarse con perillas y botones desde un despacho gubernamental. Solo cuando entendamos esto podremos evitar caer en el mismo ciclo de crisis y rescates que ha caracterizado la historia económica de nuestro país. La libertad económica no es una opción más, es la única salida real hacia el progreso y la estabilidad.

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