La economía en los cuentos de la infancia: una lección olvidada
La economía, a pesar de su omnipresencia en la vida cotidiana, sigue siendo un lenguaje ajeno para muchos. En Colombia, donde los desafíos económicos se sienten en cada esquina, donde el costo de vida asfixia a las familias y donde el emprendimiento es más un acto de supervivencia que de innovación planificada, la educación económica se ha convertido en un privilegio más que en una necesidad universal. Y sin embargo, los principios fundamentales que podrían iluminar el camino han estado siempre ante nosotros, escondidos en las historias que escuchamos en nuestra infancia, en los cuentos que alguna vez nos hicieron soñar pero que rara vez supimos interpretar más allá de su moraleja evidente. Quizá el mayor error ha sido relegar la enseñanza de estos principios a la academia, olvidando que el relato, la narración, la fábula y el mito tienen el poder de anclar conceptos en la mente de un niño con más eficacia que cualquier ecuación o tratado teórico.
Desde pequeños, escuchamos la historia de la lechera y su cántaro de leche, un relato aparentemente simple que esconde una gran verdad económica: el costo de oportunidad. La joven camina ilusionada, proyectando el futuro de su riqueza, pero en su distracción pierde lo que tenía en sus manos. No es simplemente una advertencia contra la distracción o el exceso de optimismo; es una lección sobre cómo cada elección implica un sacrificio. En una sociedad donde la inmediatez y la gratificación instantánea se han convertido en norma, donde la juventud se endeuda sin entender el impacto a largo plazo de sus decisiones y donde la planificación financiera parece un lujo para pocos, la lección de la lechera cobra un valor extraordinario. Si enseñáramos a los niños a pensar en términos de lo que se deja de ganar cuando se elige algo, tal vez podríamos evitar generaciones atrapadas en la trampa de las deudas impagables y las oportunidades desperdiciadas.
Los cuentos no solo advierten sobre las malas decisiones, también muestran los frutos del esfuerzo y la previsión. Los tres cerditos, cuya historia ha sido trivializada en canciones y dibujos animados, es en realidad una parábola sobre el emprendimiento y la inversión inteligente. En un país donde la informalidad laboral alcanza cifras alarmantes, donde la gran mayoría de los trabajadores vive al día y donde la incertidumbre económica es el pan de cada día, la diferencia entre construir una casa de paja o una de ladrillos es la misma diferencia entre un negocio que sobrevive y uno que sucumbe a la primera crisis. Un emprendimiento basado en la moda del momento, sin previsión ni solidez, es tan vulnerable como la casa del primer cerdito. El que invierte, se prepara, construye con materiales resistentes y sacrifica la comodidad inmediata por la seguridad futura, sobrevive a la tormenta. Pero en la narrativa cultural dominante, el esfuerzo a largo plazo se ridiculiza, y la improvisación se exalta como ingenio. Así, se perpetúa el mito de que el éxito es cuestión de suerte, cuando en realidad es el resultado de decisiones bien estructuradas, incluso si al principio parecen menos atractivas.
Pero si hay una historia que debería grabarse en la mente de cada colombiano, es la del Rey Midas. No por su codicia, sino por lo que nos dice sobre el valor del dinero. Midas transforma en oro todo lo que toca, pero pronto descubre que su riqueza es inútil cuando no hay bienes reales que adquirir. ¿No es esta la misma lógica de la inflación descontrolada? En nuestro país, donde la emisión de dinero sin respaldo ha sido una tentación recurrente de los gobiernos y donde la desvalorización de la moneda golpea a los más pobres con una brutalidad que las élites parecen ignorar, la historia de Midas es una advertencia ineludible. El dinero no es riqueza en sí mismo; es solo un medio de intercambio cuyo valor depende de la confianza que inspire y de la solidez de la economía que lo respalda. Pero en un contexto donde la educación financiera brilla por su ausencia, seguimos actuando como si imprimir más billetes pudiera resolver nuestros problemas estructurales, sin entender que esto solo profundiza las crisis.
Las historias que nos contaron cuando éramos niños no eran meros pasatiempos; eran herramientas de aprendizaje que, bien utilizadas, podrían transformar nuestra forma de entender el mundo. Pero hemos perdido la costumbre de leer entre líneas, de extraer de ellas las enseñanzas que podrían guiarnos en nuestra vida adulta. Seguimos repitiendo los errores que estos cuentos advertían y, lo que es peor, no preparamos a las nuevas generaciones para evitarlos. Tal vez, en lugar de resignarnos a una educación económica inaccesible y abstracta, deberíamos volver a las narraciones que siempre estuvieron ahí, esperando ser entendidas. En un país como el nuestro, donde la incertidumbre es la única constante, enseñar economía no es un lujo. Es una necesidad urgente, y las historias pueden ser el puente que nos permita cruzar hacia un futuro más consciente y más próspero.

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