El gobierno de los burócratas no necesita excusas ni justificaciones.
Se basta a sí mismo, se reproduce, se expande como un organismo vivo que no responde a ninguna otra lógica que la de su propia supervivencia. En un país como Colombia, donde la maraña de trámites es una selva impenetrable y el tiempo del ciudadano se diluye entre oficinas, sellos y formatos, la burocracia no es un accidente, sino una estructura deliberada que permite al poder sostenerse a costa de la paciencia y la resignación de los gobernados. Un administrador gubernamental, en este contexto, no es un líder ni un servidor, sino un ejecutor mecánico de normas que no cuestiona. Acata códigos, sigue decretos, se pliega a procedimientos que, lejos de simplificar la vida del ciudadano, la vuelven un viacrucis.
La tragedia de la burocracia en un gobierno despótico no es solo su ineficiencia, sino su capacidad de perpetuar el abuso y la desigualdad. No se trata de simples trámites que retrasan la vida de los ciudadanos, sino de un entramado diseñado para que la administración del Estado se convierta en un filtro que decide quién avanza y quién se queda atrapado en la telaraña. Mientras el ciudadano común enfrenta laberintos de requisitos, aquellos con las conexiones adecuadas encuentran puertas traseras, atajos, gestores de influencias que lubrican la maquinaria oxidada con el único combustible que la mueve realmente: el favor político.
Y es que en Colombia, la burocracia no solo es ineficiente, es un mecanismo de control. Cada documento que se extravía en un archivo polvoriento, cada respuesta que nunca llega, cada funcionario que se esconde tras su escritorio para evitar resolver un problema, es una manifestación de un sistema que no está diseñado para servir, sino para someter. Se ha normalizado tanto esta realidad que el colombiano promedio ya no espera eficiencia ni justicia, sino que ha aprendido a navegar la estructura con resignación. La frase "así son las cosas" se ha convertido en una excusa colectiva que justifica la perpetuación del desastre.
No es casualidad que, en los lugares donde la burocracia se vuelve un infierno, florezca la corrupción. La trampa se convierte en una necesidad y el soborno en una estrategia de supervivencia. Es el precio de la desesperación, el costo de recuperar lo que debería ser un derecho. Si el Estado hace imposible lo sencillo, si la respuesta siempre es "vuelva mañana", entonces habrá quien pague para que el "mañana" se convierta en "hoy". Y ahí es donde el círculo se completa: el burócrata que ayer solo obedecía códigos y decretos, mañana será el beneficiario de un sistema donde su poder no radica en servir, sino en obstaculizar.
El problema es que esta cultura no solo afecta a quienes buscan un trámite en una oficina gubernamental. Se filtra en la médula de la sociedad, en la manera en que entendemos la autoridad y la justicia. Un país donde el aparato estatal es un obstáculo más que un facilitador es un país que enseña a sus ciudadanos que la regla es la excepción y que el mérito no vale tanto como la relación personal con el funcionario adecuado. Así se crean las castas de poder en la administración pública, así se institucionaliza la mediocridad.
Y es aquí donde la burocracia, más que una molestia, se convierte en un arma de control político. Porque cuando el acceso a derechos básicos como la salud, la educación o la propiedad depende de superar un laberinto de papeleo, se genera un modelo donde el ciudadano es un súbdito y el gobernante un dispensador de favores. ¿Cómo se construye libertad en una sociedad donde cada paso está condicionado por una firma, un sello o un decreto absurdo? La burocracia, lejos de ser un elemento técnico, es el reflejo de un modelo de poder donde la institucionalidad no se mide en términos de eficiencia, sino de sumisión.
En un país donde el aparato estatal se vuelve un monstruo incontrolable, donde los decretos y regulaciones se multiplican sin sentido, se pierde de vista el verdadero propósito del gobierno: facilitar la vida de sus ciudadanos. Se olvida que la función pública no es un privilegio, sino una responsabilidad. Y así, mientras los burócratas se aferran a su poder, el ciudadano sigue atrapado en la maraña, pagando con tiempo, dinero y dignidad el precio de vivir en una nación donde la burocracia es el verdadero soberano.

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