El falso dilema entre el progreso y la identidad: una trampa cultural
En la discusión sobre el desarrollo económico, se ha instalado una narrativa que opone la prosperidad material a los valores que han sostenido a las sociedades a lo largo de la historia. Como si el crecimiento económico exigiera un sacrificio inevitable: abandonar la familia, la fe y la identidad nacional para abrazar una modernidad sin raíces. Este dilema es una trampa. No solo porque presenta una falsa disyuntiva, sino porque oculta la verdadera pregunta que deberíamos hacernos: ¿cuál es el verdadero enemigo de nuestros valores y por qué algunos creen que el progreso es una amenaza para ellos?
Colombia es un país marcado por contrastes. Por un lado, vemos ciudades que avanzan con modernización, nuevos polos de desarrollo y un acceso a tecnologías que, en otras décadas, parecían impensables. Barranquilla, por ejemplo, se ha transformado con proyectos de infraestructura que han mejorado la movilidad y el comercio, mientras que Medellín ha sido reconocida internacionalmente por su innovación y desarrollo urbano. Pero, por otro lado, la crisis social se manifiesta en la desintegración de las familias, el desprecio por la educación y el aumento de una cultura de la dependencia. No es casualidad que, mientras algunos sectores rechazan el capitalismo bajo la premisa de que deshumaniza a la sociedad, en los mismos entornos se fortalezca un modelo asistencialista que, paradójicamente, debilita los lazos familiares y socava la responsabilidad individual.
El problema no es el crecimiento económico en sí, sino la forma en que las instituciones han promovido valores que chocan con la esencia de una sociedad libre y productiva. El asistencialismo excesivo, que se ha convertido en el principal motor de algunas políticas sociales, genera un paternalismo estatal que desalienta la autonomía de las personas. Familias que dependen de subsidios permanentes ven desincentivado el esfuerzo y la superación, mientras que los jóvenes, en muchos casos, crecen con la idea de que el Estado debe resolver sus problemas. En barrios populares de Bogotá o Cali, es común ver generaciones enteras que han crecido con esta mentalidad, donde la autosuperación es reemplazada por la espera de ayudas gubernamentales. ¿Es esto una amenaza para la familia? Sin duda. Porque una familia que deja de ser el principal espacio de formación en valores, de esfuerzo y de movilidad social, pierde su razón de ser.
Pero el problema no se detiene ahí. En los últimos años, ha habido un deterioro en la percepción de la educación como herramienta de progreso. Cada vez es más común encontrar un desprecio por el aprendizaje riguroso, reemplazado por una cultura que privilegia la gratificación instantánea. Los indicadores de lectura, comprensión y pensamiento crítico en Colombia son alarmantes, y esta situación tiene consecuencias económicas y sociales. En algunas zonas rurales, donde la educación es vista como un sacrificio innecesario, muchos jóvenes optan por empleos informales o incluso por actividades ilegales, creyendo que la formación académica no les dará mayores oportunidades. La pobreza no solo se mide en ingresos; también se mide en la falta de herramientas intelectuales para salir adelante.
Algunos argumentan que el mercado es frío, que no tiene rostro ni corazón, que solo premia la eficiencia sin considerar los valores humanos. Pero esta es otra trampa conceptual. El mercado no impone una cultura; refleja las preferencias de las personas. Si los individuos valoran la familia, la identidad y el esfuerzo, eso se verá reflejado en sus decisiones económicas. En Antioquia, por ejemplo, se ha mantenido una fuerte cultura del trabajo y el emprendimiento, lo que ha permitido que la región prospere sin perder su identidad. Lo que verdaderamente erosiona los valores no es la economía de mercado, sino la imposición de ideologías que desprecian la libertad individual y que, en nombre de una supuesta justicia social, han generado un entorno donde la responsabilidad y el esfuerzo son vistos con sospecha.
El capitalismo no destruye familias ni valores; lo que lo hace es la falta de estructuras institucionales que premien la autonomía y la autosuficiencia. Las comunidades que han logrado combinar prosperidad económica con identidad son aquellas que entienden que el crecimiento no significa perder raíces, sino aprovechar los recursos para fortalecerlas. La familia no desaparece porque haya más oportunidades de negocio o tecnología; desaparece cuando las políticas impiden que sea el centro de la movilidad social. La fe no se pierde porque haya desarrollo económico; se debilita cuando se intenta sustituir por ideologías que hacen del Estado el nuevo dios. La identidad nacional no muere por el comercio global; se deteriora cuando la propia sociedad deja de defender sus principios y tradiciones.
El progreso económico y los valores no son incompatibles. La verdadera amenaza no está en el mercado, sino en la narrativa que nos hace creer que debemos elegir entre ser prósperos o mantener nuestra esencia. La riqueza material sin valores puede ser vacía, pero la defensa de los valores sin las herramientas económicas para sostenerlos es igualmente inviable. La clave no está en rechazar el desarrollo, sino en asegurarnos de que este se construya sobre la base de principios sólidos. La prosperidad no debe ser un fin en sí mismo, sino un medio para vivir mejor, para fortalecer la familia, para brindar educación de calidad y para que cada persona pueda escribir su propia historia sin depender del arbitrio del Estado.
Colombia está en una encrucijada. Podemos seguir alimentando la idea de que el progreso es el enemigo de nuestros valores o podemos entender que la verdadera batalla es por la libertad, la responsabilidad y la autonomía. Porque no se trata de elegir entre la riqueza o la tradición, sino de comprender que solo desde la prosperidad podremos defender lo que realmente importa.

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