La gran farsa de la voluntad política
Es fácil caer en la ingenuidad de creer que la voluntad política es un principio de convicción, una fuerza moral que impulsa a los gobernantes a tomar decisiones en función del bienestar colectivo. Se dice que cuando un gobierno no invierte en infraestructura, no mejora el sistema de salud o no aumenta el presupuesto para la educación, es porque "le falta voluntad política". Como si se tratara de un problema de decisión o de prioridades equivocadas. Sin embargo, en el escenario real, la voluntad política es un término que esconde su verdadera naturaleza: no es una cuestión de querer o no querer, sino de conveniencia, de estrategia, de cálculo frío sobre cómo maximizar el poder y perpetuarlo.
En Colombia, la política no se mueve por principios altruistas, sino por la lógica de la supervivencia. Un gobernante no actúa en función de lo que el país necesita, sino en función de lo que le garantizará más votos en la próxima elección. No hay nada más peligroso que un político que necesita asegurar su permanencia o la de su grupo de poder, porque su accionar no estará guiado por el interés general, sino por la manipulación de recursos para mantener su influencia. La distribución del dinero público no responde a un análisis serio sobre dónde se necesita con urgencia, sino a una operación de estrategia electoral. Si un hospital en un municipio recóndito no da votos, no se construye; si una carretera en una región apartada no genera dividendos políticos inmediatos, se ignora. La voluntad política es simplemente una máscara de la conveniencia.
El clientelismo es la expresión más evidente de esta dinámica. Cada elección en Colombia es un ciclo repetitivo donde el gasto público se orienta a donde más rinde en términos electorales. Programas sociales que no buscan erradicar la pobreza sino administrarla, subsidios que crean dependencia en vez de oportunidades, contratos públicos adjudicados no por eficiencia sino por lealtad política. La estrategia es clara: crear un sistema en el que la gente no vote por convicción, sino por necesidad, por temor a perder un beneficio que solo existe mientras ese político o partido esté en el poder. No hay un real interés en mejorar las condiciones estructurales del país porque la inestabilidad y la necesidad generan dependencia, y la dependencia asegura votos.
El espectáculo del presupuesto nacional se repite cada año con la misma lógica perversa. Millones de pesos asignados a proyectos que nunca se ejecutan, obras que inician pero nunca terminan, programas de gobierno que solo sirven para hacer campaña y que desaparecen cuando se acaban los mandatos. Se habla de educación como prioridad, pero el dinero se desvía en contratos innecesarios y burocracia inflada. Se promete mejorar la salud, pero se mantienen los mismos intermediarios que lucran con la enfermedad de la población. Y todo esto ocurre con la complacencia de una sociedad que ha normalizado esta realidad, que ha aprendido a resignarse y a creer que "así funciona la política".
Lo más perverso de esta realidad es que no hay castigo. La corrupción no es un error del sistema, es el sistema mismo. La impunidad es parte del mecanismo de permanencia en el poder. Cada tanto, un escándalo de corrupción sacude al país, se menciona en los medios, la indignación explota en redes sociales, pero nada cambia. Los responsables rara vez pagan las consecuencias, y si lo hacen, es solo para ser reemplazados por otros que seguirán la misma ruta. Porque en Colombia, el problema no es la falta de voluntad política, sino la existencia de un sistema diseñado para que los incentivos premien la corrupción y castiguen la integridad.
El problema no se resolverá esperando que un día surja un político con "verdadera voluntad política". Ese personaje no existe porque el sistema lo devoraría antes de permitirle desafiarlo. La solución tampoco está en cambios superficiales, en reformas que terminan siendo absorbidas por el mismo juego de intereses. La verdadera transformación solo ocurrirá cuando la ciudadanía deje de participar pasivamente en este teatro y exija un cambio de reglas, cuando la presión social haga que la corrupción sea más costosa que la honestidad. Hasta entonces, la voluntad política seguirá siendo lo que siempre ha sido: una farsa disfrazada de esperanza.

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