El espejismo del proteccionismo: el camino seguro al fracaso
Donald Trump lo ha vuelto a hacer. Con su estilo característico y su retórica de defensa de la economía estadounidense, acaba de imponer nuevos aranceles a productos clave importados de diversos países. Justifica la medida con el mismo argumento de siempre: proteger la industria nacional, recuperar empleos y reducir la dependencia del extranjero. Pero la realidad es que estos aranceles no harán más que encarecer los bienes de consumo para millones de ciudadanos estadounidenses y provocar represalias comerciales. Es un déjà vu de políticas que la historia ya ha demostrado fallidas, pero que siguen teniendo atractivo político por su apariencia de fortaleza económica.
Pocas cosas resultan más seductoras para un político que la promesa de proteger la economía nacional de las amenazas externas. Suena heroico. Suena patriótico. Suena, incluso, sensato. Pero detrás de la retórica nacionalista y de la ilusión de un mercado blindado, se esconde una trampa mortal para el crecimiento y la prosperidad. La historia ha sido implacable con quienes han caído en esta falacia, y hoy, tanto en Estados Unidos con Trump como en Colombia con sus propios proteccionistas, estamos viendo cómo se repite el mismo error con distintos protagonistas.
El proteccionismo parte de una premisa errada: que cerrar la economía, imponer aranceles y limitar el comercio fortalece la industria nacional. La realidad es diametralmente opuesta. A lo largo de la historia, las naciones que han prosperado no lo han hecho aislándose, sino abriéndose al mundo. Estados Unidos no se convirtió en una potencia cerrando sus fronteras, sino apostando por la innovación, la competencia y la libertad económica. La misma Europa que hoy muchos ven como modelo de desarrollo no alcanzó su bienestar con políticas de encierro, sino con mercados integrados y flujos comerciales abiertos. Y sin embargo, una y otra vez, la tentación de proteger industrias a costa del consumidor reaparece con fuerza.
En Colombia hemos vivido en carne propia los estragos de este error. Décadas de proteccionismo en el siglo XX nos condenaron a un mercado cerrado, con productos caros y de mala calidad, donde solo prosperaban quienes tenían conexiones políticas para conseguir privilegios. Las empresas no competían por ser mejores, sino por recibir subsidios y favores. Se protegía la producción local a costa del bienestar de millones de colombianos que pagaban más por menos. Cuando llegó la apertura económica en los años 90, el país experimentó un renacimiento industrial y comercial. Sin embargo, el discurso proteccionista sigue vivo, disfrazado de un falso nacionalismo económico que no resiste el menor análisis.
Es fácil caer en la trampa de pensar que los aranceles y las barreras son una forma de proteger el empleo. Trump utilizó este argumento para justificar sus políticas comerciales, y hoy en Colombia algunos lo repiten como si fuera una verdad absoluta. Pero la realidad es que el proteccionismo no solo encarece los productos, sino que destruye más empleos de los que supuestamente protege. Al aumentar el costo de insumos importados, muchas industrias nacionales pierden competitividad y terminan desapareciendo. Al castigar el comercio con restricciones, se limita la inversión extranjera y la innovación. Al final, los únicos beneficiados son los mismos burócratas que gestionan estas barreras y los empresarios que viven del privilegio estatal.
El problema es que las consecuencias de estas políticas no siempre son inmediatas. Al principio, algunos sectores parecen beneficiarse y la propaganda estatal se encarga de venderlo como un triunfo. Pero con el tiempo, la realidad se impone. ¿Cuántos colombianos recuerdan los altos precios de los productos básicos en épocas de proteccionismo extremo? ¿Cuántos saben que muchas de las empresas que se protegieron con barreras comerciales nunca lograron ser realmente competitivas? La historia nos ha dado lecciones de sobra, pero seguimos jugando con fuego.
Es cierto que Estados Unidos tiene una economía más sólida que la de cualquier país latinoamericano. Su capacidad de innovación, su dinamismo empresarial y su influencia global le permiten resistir mejor los efectos negativos del proteccionismo. Sin embargo, eso no significa que sea inmune. Gran parte de sus ciudadanos sentirán el golpe en sus bolsillos cuando los precios suban y las empresas trasladen los costos a los consumidores. Las lecciones de la historia no se pueden ignorar: las barreras comerciales no hacen más que reducir el bienestar general, incluso en una economía poderosa.
Si realmente quisiéramos fortalecer la economía, deberíamos hacer exactamente lo contrario a lo que predican los proteccionistas. En lugar de poner más trabas al comercio, deberíamos facilitarlo. En lugar de aumentar impuestos y regulaciones, deberíamos reducirlos para que la inversión y el emprendimiento florezcan. En lugar de castigar la importación con aranceles, deberíamos permitir que los colombianos accedan a productos de mejor calidad y a mejor precio. La riqueza no se crea levantando muros, sino construyendo puentes.
El proteccionismo no es una estrategia de desarrollo, es un espejismo. Promete seguridad y fortaleza, pero entrega estancamiento y pobreza. América Latina lo ha probado una y otra vez, con los mismos resultados desastrosos. Hoy, en un mundo interconectado y en constante cambio, insistir en cerrar la economía es condenarnos al rezago. La prosperidad no se logra protegiendo industrias ineficientes con barreras artificiales, sino permitiendo que la libre competencia premie a los mejores y ofrezca más y mejores opciones a los consumidores.
La historia ya nos mostró el camino. La pregunta es si estamos dispuestos a aprender de ella o si seguiremos repitiendo los mismos errores esperando resultados distintos. Porque al final del día, la verdadera seguridad económica no se encuentra en el proteccionismo, sino en la libertad.

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