La hipocresía de Gustavo Petro y sus aliados


La hipocresía de Gustavo Petro y sus aliados es un reflejo inquietante de la fragilidad con la que se maneja el discurso político en nuestro país. Durante décadas, Petro construyó su narrativa como opositor al sistema que denunciaba como corrupto, desigual y subordinado a intereses extranjeros. Con una retórica apasionada, logró encender las esperanzas de miles de colombianos que, agotados por la polarización y la inequidad, veían en su discurso una posibilidad de cambio. Sin embargo, la historia reciente nos ha enseñado que las palabras que una vez parecían revolucionarias ahora resuenan como vacías, ensordecidas por las contradicciones de sus acciones.

Petro, quien durante años fue un crítico feroz de la dependencia de Colombia hacia Estados Unidos, ahora enfrenta una crisis diplomática que expone las mismas vulnerabilidades que prometió combatir. La negativa de su gobierno a recibir vuelos con deportados desde ese país derivó en la imposición de aranceles que impactaron sectores clave de la economía nacional, desde el café hasta el petróleo. La dependencia comercial que Petro denunció con vehemencia no solo persiste, sino que se agrava bajo su mandato. ¿Qué ha cambiado? El discurso sigue siendo el mismo, pero la acción está marcada por improvisaciones que dejan a millones de colombianos pagando el precio de sus errores.

Y mientras los titulares sobre diplomacia se acumulan, el país también observa cómo Petro recurre a herramientas que antes condenó como autoritarias. La declaración de un estado de conmoción interior en el Catatumbo y Cúcuta es un ejemplo claro. Durante años, Petro acusó a gobiernos anteriores de usar estas medidas como un subterfugio para restringir libertades y evitar soluciones de fondo. Hoy, ante una crisis de seguridad que parece desbordarlo, recurre a la misma estrategia, dejando en evidencia que el cambio que prometió se diluye en el pragmatismo de su incapacidad para gestionar el país. Las mismas herramientas que criticó ahora se convierten en su refugio.

El discurso de paz que tanto lo definió también se encuentra en crisis. La promesa de una “paz total” se enfrenta a la cruda realidad de un país donde los grupos armados no solo se mantienen, sino que crecen en influencia y territorio. Las cifras no mienten: la producción de coca ha aumentado, y las zonas rurales viven bajo el yugo de bandas financiadas por el narcotráfico. Mientras tanto, las comunidades afectadas ven cómo las negociaciones se convierten en una cadena de errores que fortalecen a los violentos y debilitan al Estado. Petro, quien denunció las fallas de sus predecesores en este frente, ahora carga con un legado de fracasos propios que pone en entredicho su liderazgo.

La relación de Colombia con Venezuela también merece una reflexión. Petro criticó la postura de gobiernos anteriores hacia el régimen de Nicolás Maduro, pero su administración ha adoptado un enfoque ambiguo que raya en la complicidad. Ante situaciones que exigen una condena clara, como la inhabilitación de María Corina Machado, Petro guarda silencio. Esta actitud, lejos de mostrar una autonomía política, refleja una falta de coherencia que decepciona incluso a quienes creían en su capacidad para liderar un cambio en la región.

Pero estas contradicciones no son meramente políticas; tienen consecuencias tangibles en la vida cotidiana de los colombianos. Cada arancel, cada negociación fallida, cada silencio cómplice impacta directamente a las familias que ven cómo su economía se deteriora, cómo la inseguridad aumenta y cómo las promesas de un futuro mejor se convierten en un eco lejano. Las decisiones de un gobierno que prometió transformar el país parecen responder más a intereses propios que al bienestar común.

En Colombia, estamos acostumbrados a que los políticos prometan el cielo y entreguen poco más que cenizas. Pero la hipocresía de Petro y sus aliados tiene un carácter especialmente desgarrador porque se construyó sobre las esperanzas de quienes creían que esta vez sería diferente. Cada día que pasa, la brecha entre su discurso y sus acciones se ensancha, dejando claro que el cambio prometido no era más que una ilusión cuidadosamente construida. Y así, mientras el gobierno sigue sumido en contradicciones, los colombianos enfrentamos una realidad que no solo no mejora, sino que en muchos aspectos empeora.

Tal vez la lección más dura de este período es que el cambio no se construye con palabras grandilocuentes ni con promesas vacías, sino con acciones coherentes y un compromiso genuino con el bienestar colectivo. En un país donde la esperanza siempre ha sido un recurso escaso, la hipocresía de Petro y sus aliados es un recordatorio de que no podemos darnos el lujo de seguir confiando en quienes predican una cosa y hacen otra. Colombia merece más, y es nuestra responsabilidad exigirlo.

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