El peso de los errores: un recordatorio de los peligros del poder desmedido


La crisis diplomática vivida en los últimos días entre Colombia y Estados Unidos ha dejado al descubierto no solo las falencias en la política exterior del gobierno de Gustavo Petro, sino también los riesgos de concentrar demasiado poder en manos de un Estado que, bajo una visión populista, se siente con licencia para actuar según los caprichos y obsesiones de su mandatario. Lo ocurrido no es solo una anécdota más en la ya cuestionada administración de Petro; es un reflejo alarmante de una gobernanza que sacrifica estrategia y diplomacia en favor de la confrontación y el simbolismo vacío.

En el corazón de esta crisis estuvo la decisión del presidente de rechazar la llegada de aviones con ciudadanos colombianos deportados desde Estados Unidos, exigiendo condiciones de trato digno y aviones civiles para su traslado. En un plano ideal, podría decirse que esta postura buscaba proteger la dignidad de nuestros connacionales, pero la forma en que se llevó a cabo reveló una falta total de diplomacia y estrategia. Petro no se limitó a cuestionar; incendió el debate con retórica agresiva, alimentando un discurso de confrontación que terminó escalando hasta niveles peligrosos. Lo que debió ser una negociación prudente y serena con uno de los principales socios comerciales de Colombia se transformó en un espectáculo irresponsable que dejó al país expuesto y vulnerable.

Anoche, en un giro predecible pero no menos humillante, el gobierno colombiano cedió. Las condiciones impuestas por Estados Unidos fueron aceptadas sin mayor resistencia, dejando claro que la narrativa desafiante de Petro era solo eso: una narrativa. Esta situación, lejos de fortalecer la posición de Colombia en el ámbito internacional, ha deteriorado nuestra credibilidad y ha puesto en evidencia la incapacidad del gobierno de manejar conflictos de esta magnitud con altura. Los aranceles anunciados por Donald Trump, así como la amenaza de sanciones adicionales, fueron suficientes para demostrar que Colombia, bajo una visión economicista de corto plazo, no tiene margen de maniobra cuando su liderazgo actúa con imprudencia.

Lo que resulta más preocupante es que este episodio podría no ser el último. La relación con Estados Unidos, una de las más importantes para nuestra economía y estabilidad, podría seguir deteriorándose si persiste este enfoque populista y confrontativo. Estados Unidos no olvidará esta afrenta; los aliados estratégicos esperan confiabilidad, no imprevisibilidad. Petro ha enviado una señal inequívoca de que su gobierno está dispuesto a jugar con fuego en el terreno de las relaciones internacionales, y las consecuencias de esa postura podrían ser más profundas de lo que alcanzamos a imaginar.

Esta estrategia de confrontación y aislamiento no es nueva; de hecho, ha sido utilizada antes con resultados devastadores. Petro parece estar siguiendo los pasos de su amigo y aliado, el dictador del régimen venezolano Nicolás Maduro, quien heredó y amplificó la estrategia de Hugo Chávez. Ambos eligieron el camino de la confrontación con la comunidad internacional y el aislamiento económico, hundiendo a Venezuela en un abismo de hambre, pobreza y destrucción. La tragedia del pueblo venezolano es un recordatorio palpable de las consecuencias de gobernar con ideología en lugar de pragmatismo, y Colombia no puede permitirse transitar ese mismo camino.

En este contexto, resulta inevitable reflexionar sobre el poder y los límites que deben imponerse a su ejercicio. Petro ha tratado a Colombia como si fuera de su propiedad, como si el mandato popular le otorgara carta blanca para moldear la realidad según su visión personal. Habla de “nuestra sangre,” de Bolívar, de mariposas amarillas, pero esas palabras, aunque poéticamente cautivadoras, no son suficientes para responder a los problemas reales del país. No tiene respuestas para el campesino que no puede exportar, para el empresario asfixiado por impuestos, ni para la familia que lucha por poner comida en la mesa. Mientras se enfoca en construir una narrativa histórica que le garantice un lugar en los libros de texto, descuida las necesidades inmediatas y urgentes de millones de colombianos.

Este episodio también nos recuerda por qué es fundamental recortar el tamaño del Estado. No se trata solo de reducir la burocracia o el gasto, aunque esos sean objetivos importantes. Se trata de limitar el poder, de evitar que decisiones tan trascendentales queden en manos de unos pocos. Un Estado sobredimensionado, centralizado y omnipresente es terreno fértil para los excesos, las arbitrariedades y los errores que terminan pagando los ciudadanos. La concentración de poder no solo erosiona las libertades individuales, sino que también expone a la nación a los caprichos de quienes ocupan transitoriamente los puestos más altos.

El liberalismo económico, tantas veces criticado por Petro, ofrece una solución viable a esta problemática. Cuando se reduce el tamaño del Estado y se promueve un modelo donde el mercado y la sociedad civil son los principales motores del desarrollo, se limita el margen para decisiones unilaterales y errores catastróficos. Un Estado más pequeño no solo es más eficiente; también es menos vulnerable a las fluctuaciones ideológicas y los liderazgos imprevisibles.

Colombia necesita urgentemente replantear su modelo de gobernanza. Lo ocurrido esta semana debe ser un llamado de atención para todos los sectores políticos, económicos y sociales del país. Si permitimos que estas lecciones se diluyan en el ruido cotidiano, estaremos condenados a repetir los mismos errores, con consecuencias posiblemente más graves en el futuro. El camino hacia una Colombia próspera y estable no pasa por discursos incendiarios ni por confrontaciones estériles. Pasa por limitar el poder, fortalecer las instituciones y construir un modelo donde el bienestar de los ciudadanos sea el centro, no la narrativa de un líder que se ve a sí mismo como el único salvador.

Es hora de que Colombia recupere la sensatez y recuerde que el poder, como la economía, debe estar al servicio de la libertad, no de la ambición. Solo así podremos avanzar hacia un futuro donde las decisiones equivocadas de unos pocos no pongan en jaque el destino de millones.

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