El fin de la hegemonía progresista: la libertad resurge en Colombia

Durante décadas, el discurso progresista ha intentado instaurar una narrativa unívoca, una especie de dogma social que prioriza las etiquetas sobre las ideas y las emociones sobre los hechos. Este movimiento, que algunos llaman "wokismo", ha penetrado en diversas esferas de nuestra sociedad, desde la educación hasta el ámbito corporativo. Sin embargo, algo está cambiando. En Colombia, un país que ha vivido entre los extremos de la polarización ideológica y las constantes promesas de cambio, los ciudadanos empiezan a cuestionar si ese paradigma colectivo realmente les está conduciendo hacia un mejor futuro o si, por el contrario, está socavando su capacidad de decidir, pensar y prosperar.

La política identitaria, con su énfasis en categorizar a las personas por su raza, género o condición social, ha encontrado terreno fértil en nuestro contexto. Se nos ha repetido que ciertos grupos son intrínsecamente opresores y otros, intrínsecamente víctimas, una visión que no solo simplifica la realidad, sino que perpetúa divisiones sociales que podrían superarse a través de la meritocracia y la igualdad ante la ley. En el día a día, este discurso parece haber impregnado los espacios públicos y privados: desde la proliferación de leyes que buscan imponer cuotas en lugar de promover oportunidades reales, hasta los debates que criminalizan cualquier opinión que se atreva a cuestionar los dogmas progresistas. El resultado no ha sido una sociedad más justa, sino una más fragmentada.

Colombia, un país rico en diversidad y con una historia marcada por la lucha por la libertad, también ha sido testigo de cómo este tipo de discursos se traducen en políticas que sofocan la iniciativa individual. Pensemos, por ejemplo, en el impacto de ciertas normativas que buscan "reparar" históricas desigualdades a través de programas de discriminación positiva. En lugar de construir puentes hacia la equidad, estas medidas suelen imponer barreras adicionales que terminan beneficiando solo a quienes ya están cerca del poder, dejando atrás a quienes realmente necesitan un impulso para salir adelante.

La cultura de la cancelación, un fenómeno global que también ha encontrado eco en nuestro país, es otro ejemplo de cómo el progresismo radical amenaza los valores fundamentales de una sociedad libre. En las redes sociales, en las universidades e incluso en los espacios laborales, la gente vive con el temor de expresar una opinión que pueda ser considerada "políticamente incorrecta". Este miedo ha paralizado el debate abierto, convirtiendo la discusión en un campo minado donde las ideas ya no se enfrentan con argumentos, sino con etiquetas y ataques personales. Al final, lo que queda es una sociedad incapaz de dialogar, atrapada en un clima de autocensura que empobrece el pensamiento crítico.

Pero, así como el wokismo ha encontrado resistencia en otros lugares del mundo, también en Colombia comienza a percibirse un cambio. En los últimos años, cada vez más personas han empezado a cuestionar el peso de las regulaciones excesivas y las narrativas que priorizan los sentimientos sobre los resultados. Este despertar no surge de la nada; es el resultado de una acumulación de frustraciones que ha hecho evidente una gran verdad: el verdadero progreso no viene de las imposiciones colectivas, sino de la libertad individual.

En nuestro contexto, esto se traduce en una renovada apuesta por el emprendimiento, la innovación y el esfuerzo personal como motores del desarrollo. Cada vez más colombianos entienden que la igualdad de oportunidades no se logra limitando a unos para favorecer a otros, sino creando un entorno donde todos tengan la posibilidad de competir en igualdad de condiciones. Las pequeñas empresas, los trabajadores informales y los emprendedores que luchan por salir adelante en medio de un sistema que a menudo les pone trabas, son el reflejo de este cambio. Ellos representan esa chispa de independencia que, si se cultiva, puede transformar por completo nuestra economía y nuestra sociedad.

Por supuesto, este despertar no está exento de obstáculos. El aparato estatal, con su creciente tamaño y complejidad, sigue siendo uno de los principales impedimentos para que los ciudadanos puedan alcanzar su potencial. Las altas cargas tributarias, las regulaciones que favorecen a los grandes jugadores del mercado y las políticas que desalientan la inversión extranjera son solo algunos ejemplos de cómo el estado ha contribuido a perpetuar un ambiente hostil para el crecimiento económico. Sin embargo, la historia ha demostrado que cuando las personas tienen la posibilidad de decidir por sí mismas, encuentran formas de superar incluso los mayores obstáculos.

El progresismo radical, con su promesa de salvación colectiva, está herido de muerte porque ha fallado en lo esencial: entender que la verdadera fuerza de una sociedad no reside en su capacidad de controlar a sus miembros, sino en la libertad que les otorga para crear, innovar y prosperar. En Colombia, donde los retos son tantos como las oportunidades, este cambio de mentalidad podría marcar el inicio de una nueva era. Una era en la que los ciudadanos no sean vistos como piezas de un engranaje ideológico, sino como individuos capaces de construir su propio destino.

Es tiempo de abrazar la libertad como el principio rector que guía nuestras decisiones. De dejar atrás las narrativas que nos dividen y apostar por aquellas que nos unen en nuestra diversidad. De reivindicar la igualdad ante la ley, el mérito personal y la libertad de expresión como los pilares sobre los cuales podemos construir un futuro más próspero y justo. Porque al final del día, la verdadera revolución no es aquella que impone cambios desde arriba, sino aquella que empodera a cada individuo para ser el artífice de su propio destino. Y en Colombia, esa revolución ya ha comenzado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La democracia no se mata solo con balas: se pudre en silencio, cuando aplaudimos el odio

El negocio de la pobreza y la trampa de la ilusión

La Inflación Persistente: Un Desafío para los Consumidores