La Tragedia del Olvido: Cuando la Memoria Justifica al Victimario y Despoja a las Víctimas de su Voz

  


Colombia es un país que lleva décadas lidiando con las cicatrices de un conflicto interno profundamente arraigado. Sin embargo, más allá de las cifras de muertos, desplazados y desaparecidos, lo que hoy nos duele como sociedad es la forma en que la historia se reescribe, tergiversando la verdad y cambiando los roles entre quienes sufrieron y quienes perpetraron el dolor. La narrativa dominante, especialmente desde ciertos sectores de la izquierda, ha logrado crear un espacio donde los terroristas son ensalzados como héroes revolucionarios mientras las víctimas reales son condenadas a un oscuro silencio. Este fenómeno, lejos de ser un simple debate académico o ideológico, tiene consecuencias tangibles en la manera en que Colombia construye su presente y, más importante aún, su futuro.  

La justificación de los victimarios bajo el manto de una supuesta lucha por la igualdad ha desdibujado las líneas morales que antes parecían claras. En las plazas públicas y los foros internacionales, se exalta a figuras que lideraron masacres, secuestros y extorsiones como si fueran mártires de una causa justa. No es extraño ver carteles con rostros de antiguos comandantes guerrilleros acompañados de palabras como “resistencia” o “revolución”, mientras que los nombres de las víctimas apenas aparecen en documentos oficiales, enterrados en la fría estadística de los reportes de guerra. Esto no es solo una ofensa moral, es una herida abierta para aquellos que lo perdieron todo y, sin embargo, son obligados a aceptar que sus victimarios ahora son líderes políticos o personajes destacados del debate público.  

El problema radica en una narrativa que trivializa el sufrimiento al justificar la violencia como medio para alcanzar un fin supuestamente superior. En esta construcción, las víctimas no son individuos con historias, familias y sueños truncados, sino simples obstáculos en el camino hacia un objetivo mayor. Esta forma de pensar tiene un efecto devastador porque normaliza el dolor ajeno. En las conversaciones cotidianas, es común escuchar frases como “las guerrillas también tenían sus razones” o “es culpa del sistema por ser tan desigual”. Pero, ¿acaso una desigualdad estructural, por profunda que sea, puede justificar el secuestro de un niño, la violación de una mujer o el asesinato de un campesino? Cuando normalizamos estas atrocidades bajo el pretexto de la ideología, el precio que pagamos es la erosión de los valores éticos más fundamentales de nuestra sociedad.  

Mientras tanto, las verdaderas víctimas viven un doble castigo: primero, el de haber sido objeto de violencia; luego, el de ver cómo sus verdugos son reivindicados, mientras su sufrimiento es minimizado o ignorado. Un ejemplo claro lo encontramos en las zonas rurales de Colombia, donde muchas comunidades aún llevan las cicatrices físicas y emocionales de las tomas guerrilleras y los ataques armados. Sin embargo, en la narrativa oficial, estas personas son apenas mencionadas, eclipsadas por discursos que insisten en destacar las “motivaciones estructurales” de los grupos armados. Este olvido deliberado no solo perpetúa la injusticia, sino que también genera una profunda desconfianza hacia las instituciones encargadas de garantizar la verdad y la reparación.  

La situación se agrava cuando estas narrativas contaminan procesos fundamentales como la construcción de memoria histórica. La Comisión de la Verdad, por ejemplo, tenía el deber de ser un espacio imparcial para escuchar todas las voces. Sin embargo, su labor ha sido criticada por favorecer una perspectiva que equipara las acciones de los grupos armados con las del Estado, ignorando las diferencias en responsabilidad y mandato ético. Este enfoque ha dado lugar a un relato desequilibrado que, en lugar de sanar heridas, las profundiza, dejando a millones de colombianos con la sensación de que la verdad no les pertenece.  

Pero la narrativa no se limita al ámbito político; también permea la vida diaria, la educación y las dinámicas sociales. Es preocupante observar cómo, en las aulas, se enseña a los jóvenes una versión diluida del conflicto, donde las atrocidades de los grupos armados son presentadas como acciones necesarias dentro de un contexto de lucha de clases. Al mismo tiempo, las historias de quienes sufrieron directamente la violencia quedan relegadas a un plano anecdótico, como si fueran notas al pie de página en un relato más amplio. Esto no solo desinforma, sino que también deshumaniza, perpetuando una visión del mundo donde el sufrimiento de unos es aceptable si sirve para justificar una causa.  

La paz, tan anhelada en Colombia, no puede construirse sobre la base de mentiras o medias verdades. No puede haber reconciliación genuina si las voces de las víctimas son silenciadas mientras se otorga un pedestal a quienes causaron su dolor. Este no es un llamado a la venganza ni a perpetuar el odio, sino a reconocer que la justicia no puede sacrificar la verdad en aras de la conveniencia política. Para sanar como sociedad, debemos rechazar cualquier narrativa que busque justificar el terror y, en cambio, honrar la memoria de quienes sufrieron sus consecuencias.  

La lucha por una Colombia más justa y equitativa no debería implicar la glorificación de quienes atentaron contra su pueblo. Es posible construir un futuro mejor sin borrar las cicatrices del pasado, pero esto requiere un compromiso colectivo con la verdad, un reconocimiento genuino de las víctimas y la voluntad de rechazar cualquier forma de violencia como herramienta de cambio. Solo entonces podremos empezar a reparar el tejido social y dejar atrás el ciclo interminable de dolor y olvido.

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