El control del estado sobre la educación
El control sobre la educación es quizás uno de los campos de batalla más silenciosos pero cruciales en la lucha por las ideas y los valores que moldean nuestra sociedad. En Colombia, como en muchos países, este control está mayoritariamente en manos del Estado, que se erige como el gran arquitecto del futuro a través de currículos centralizados, lineamientos rígidos y políticas que parecen diseñadas más para perpetuar su influencia que para empoderar a los ciudadanos. Pero la verdadera pregunta no es quién administra la educación, sino qué tipo de sociedad queremos construir.
La educación no es un acto neutro. Cada decisión, cada omisión, cada texto seleccionado refleja una visión del mundo, una interpretación de lo que es importante, de lo que vale la pena transmitir a las generaciones futuras. Bajo un modelo estatal, esta visión tiende a ser homogénea, burocrática, diseñada para cumplir con estándares que raramente reflejan las realidades de un país tan diverso como Colombia. Es un modelo que, en su afán por universalizar el acceso, sacrifica la calidad y la relevancia, dejando a los estudiantes atrapados en un sistema que no fomenta ni la creatividad ni el pensamiento crítico.
En este contexto, la narrativa oficial suele justificar su monopolio educativo con el argumento de la igualdad. La educación estatal, dicen, es el único medio para garantizar que todos los niños tengan las mismas oportunidades. Pero esta visión ignora que la igualdad no puede medirse únicamente por el acceso. La verdadera igualdad radica en ofrecer a cada individuo las herramientas para desarrollarse plenamente, y esto no se logra con un sistema que trata a todos como si fueran iguales en sus necesidades, talentos y aspiraciones. En lugar de abrir puertas, la educación centralizada a menudo las cierra, perpetuando ciclos de pobreza y exclusión.
La alternativa no es menospreciar el rol del Estado, sino redefinirlo. El control parental sobre la educación no significa abandono ni caos, como suelen temer quienes defienden el modelo estatal. Al contrario, significa reconocer que los padres y las comunidades locales están mejor equipados para entender las necesidades únicas de sus hijos. Significa devolverles el poder de decidir, de elegir entre diferentes enfoques, de adaptar la enseñanza a sus propias realidades culturales y económicas. Es, en esencia, un acto de empoderamiento ciudadano.
Pero empoderar a las familias requiere algo más que transferir responsabilidades. Requiere también un cambio cultural profundo, una revalorización de la libertad y la responsabilidad individual. En Colombia, donde las cicatrices de la desigualdad y la desconfianza en las instituciones son profundas, este cambio es particularmente desafiante. Sin embargo, no es imposible. Existen ejemplos en comunidades que han tomado la educación en sus propias manos, creando modelos que combinan tradición e innovación, que rescatan conocimientos locales mientras preparan a los estudiantes para los retos globales. Estas experiencias demuestran que, cuando se permite a las personas tomar el control de sus vidas, los resultados pueden ser transformadores.
El debate sobre quién debe educar no puede desligarse de un análisis más amplio sobre el rol del Estado en nuestras vidas. En un sistema donde las decisiones se toman desde arriba, donde los ciudadanos son vistos más como receptores pasivos que como actores activos, la educación se convierte en una herramienta de control, no de liberación. Por eso, la lucha por una educación libre es también una lucha por una sociedad más justa, más equitativa, más humana.
Esto no significa que el Estado deba desaparecer del ámbito educativo. Su rol es crucial como garante de mínimos estándares, como facilitador de recursos, como mediador en casos de vulnerabilidad extrema. Pero su papel debe ser subsidiario, no centralizador. El verdadero progreso se logra cuando las instituciones apoyan y no reemplazan la iniciativa individual y comunitaria.
La idea de que el pensamiento crítico es una amenaza para el orden establecido no es nueva. Desde tiempos inmemoriales, los poderes dominantes han buscado moldear la mente de las personas, controlar las narrativas, definir lo que es aceptable y lo que no. En el sistema educativo colombiano, esta tendencia se manifiesta en currículos que privilegian la memorización sobre la reflexión, la conformidad sobre la curiosidad. Cambiar esta dinámica requiere una revolución no solo en las políticas, sino en las mentalidades.
Un paso crucial es introducir una mayor diversidad de perspectivas en la educación. Esto incluye enseñar a los estudiantes no solo los logros y fracasos de su país, sino también las lecciones del mundo. Incluir en los currículos asignaturas que fomenten la comprensión de la economía, la filosofía, la historia universal. Exponer a los jóvenes a ideas que los desafíen, que los obliguen a cuestionar sus propias creencias, que los preparen para ser no solo trabajadores competentes, sino ciudadanos conscientes y responsables.
La educación no puede ser vista como un fin en sí mismo, sino como un medio para algo más grande: la construcción de una sociedad basada en la libertad, la justicia y la dignidad. En una Colombia marcada por divisiones políticas y sociales, por décadas de conflicto y desconfianza, la educación tiene el poder de sanar heridas, de tender puentes, de inspirar esperanza. Pero para lograr esto, debe ser liberada de las cadenas del centralismo y la burocracia.
El futuro de la educación en Colombia no depende únicamente de reformas legales o cambios administrativos. Depende de un cambio de paradigma, de una decisión colectiva de priorizar la libertad sobre el control, la creatividad sobre la conformidad, la diversidad sobre la uniformidad. Depende de nuestra capacidad para reconocer que cada niño es único, que cada familia tiene el derecho y la responsabilidad de decidir qué es lo mejor para sus hijos, que cada comunidad tiene el poder de construir su propio destino.
En última instancia, la pregunta no es si debemos elegir entre el control estatal o el control parental. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a confiar en nosotros mismos, en nuestras capacidades, en nuestra creatividad, para construir un sistema educativo que refleje lo mejor de quienes somos y lo que podemos llegar a ser. Si valoramos la dignidad humana, el progreso y la libertad, la elección es clara. El verdadero cambio comienza cuando reconocemos que la educación es demasiado importante como para dejarla en manos del Estado.

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