El Mito del Estado Eficiente


Vivimos en tiempos en los que las promesas de un Estado más eficiente se repiten con insistencia. En cada elección, en cada discurso, se nos dice que la solución a los problemas que enfrentamos, desde la pobreza hasta la inseguridad, pasa por un aparato estatal que funcione mejor, que gestione con más transparencia, que logre hacer más con menos. Pero esta narrativa, a pesar de su aparente sensatez, esconde una verdad incómoda: no necesitamos un Estado más eficiente, lo que necesitamos es un Estado menos presente.

La eficiencia del Estado no es una virtud en sí misma, y más aún cuando su objetivo principal no es mejorar la vida de los ciudadanos, sino perpetuar su control sobre ellos. Un gobierno que redistribuye riqueza de manera coercitiva, que interviene en cada rincón de la vida económica y personal, y que regula hasta los más pequeños detalles de nuestras actividades diarias, solo puede ser eficaz en una cosa: en consolidar su poder. ¿Y acaso no hemos visto esto una y otra vez en la historia de Colombia y de otros países de América Latina?

El verdadero problema radica en la creencia de que el Estado es la solución a nuestros problemas. Esta fe ciega en la capacidad de los burócratas para dirigir la sociedad ha llevado a generaciones enteras a delegar su responsabilidad individual, a creer que si los gobernantes simplemente hicieran las cosas "bien", entonces todo mejoraría. Pero el hecho es que, cuando el Estado interviene, lo hace no para liberar, sino para controlar. No para empoderar, sino para cooptar.En Colombia, el ejemplo es claro. Las intervenciones estatales, ya sea en educación, salud o seguridad, han creado una dependencia tan profunda que muchos ya no se imaginan cómo podrían vivir sin el subsidio estatal. La idea de que el gobierno es el único garante de bienestar se ha arraigado de tal manera que cualquier propuesta de reducir su tamaño o su intervención es vista como una amenaza. Pero lo que se oculta tras esta dependencia es que el propio Estado ha sido el principal artífice de los problemas que ahora pretende resolver.

Por ejemplo, en lugar de mejorar las condiciones de vida de los más pobres, las políticas de subsidios y asistencialismo han perpetuado la pobreza. Los programas sociales, aunque bien intencionados en apariencia, no son más que una herramienta para mantener el control político. A cambio de migajas, millones de personas se ven obligadas a votar por quienes les prometen seguir entregándoles esas mismas migajas. El círculo de dependencia se cierra, y la posibilidad de emancipación se desvanece.

Y mientras tanto, quienes realmente trabajan y producen en la sociedad ven cómo una parte cada vez mayor de sus ingresos es absorbida por un Estado que promete hacer el bien con esos recursos. Sin embargo, esos mismos recursos son canalizados hacia la corrupción, el clientelismo y el derroche. El ciudadano productivo no solo paga más impuestos, sino que también se enfrenta a una maraña de regulaciones que le dificultan aún más la creación de riqueza.

El mito de la eficiencia estatal es peligroso porque distrae del verdadero problema: el exceso de poder. Un Estado que sea más eficiente en recaudar impuestos, en aplicar regulaciones o en controlar a la población no es un Estado que mejore nuestras vidas. Es un Estado que se vuelve más habilidoso en limitar nuestras libertades, en exprimirnos más y en imponer más barreras a nuestro progreso personal. No es casualidad que los países con gobiernos más pequeños y menos intervención estatal sean también los más prósperos y libres. Donde el Estado no asfixia, los individuos florecen.

El discurso dominante nos invita a creer que el problema de Colombia es un problema de mala gestión, de corrupción, de falta de transparencia. Y si bien estos son problemas reales, no son la raíz del mal. La verdadera cuestión es por qué aceptamos que el Estado intervenga tanto en nuestras vidas, por qué hemos permitido que decida tanto por nosotros. La solución no es una burocracia más transparente o unos políticos más honestos; la solución es menos burocracia y menos políticos.

En lugar de pedir más intervención estatal, deberíamos estar exigiendo más libertad. En lugar de esperar que el gobierno solucione nuestros problemas, deberíamos ser nosotros quienes tomemos las riendas de nuestras vidas. Porque, al final, el Estado no puede hacer por nosotros lo que solo nosotros podemos hacer. Cada vez que entregamos más poder al gobierno, renunciamos a una parte de nuestra autonomía, de nuestra capacidad de decidir, de nuestra libertad de acción.

Y esto no es una simple teoría abstracta; es algo que podemos ver en nuestra vida cotidiana. Piensa en cada vez que te enfrentas a una fila interminable en una oficina pública, a una regulación absurda que te impide iniciar un negocio, o a un impuesto que reduce tu capacidad de ahorro. Cada una de esas situaciones es una manifestación concreta del control estatal sobre nuestras vidas. Y lo que es peor, cada una de esas situaciones es el resultado de una creencia profundamente equivocada: la de que el Estado sabe mejor que nosotros cómo gestionar nuestra vida.

El verdadero progreso, tanto económico como social, no vendrá de un Estado más eficiente, sino de una mayor libertad individual. La historia nos muestra que los grandes avances en bienestar, en tecnología, en innovación, han surgido cuando las personas han sido libres para experimentar, para arriesgarse, para crear. Cuando no han estado atadas a las restricciones impuestas por gobiernos que dicen querer lo mejor para ellas.

Pero aquí es donde el relato oficial se vuelve más insidioso. Nos han hecho creer que sin el Estado estaríamos perdidos, que sin su mano protectora caeríamos en el caos. Este es el miedo que se inculca en la sociedad, y es un miedo que paraliza. Pero la verdad es exactamente la contraria. Cuanto menos interviene el Estado, más libres somos para organizarnos, para encontrar soluciones a nuestros problemas, para prosperar. La libertad es el verdadero motor del progreso.

Por eso, cada vez que escuchamos a un político hablar de la necesidad de un "Estado más eficiente", deberíamos preguntarnos: ¿eficiente en qué? Porque si lo que buscamos es más control, más intervención, más dependencia, entonces tal vez el Estado ya sea todo lo eficiente que necesitamos. Pero si lo que queremos es una sociedad de individuos libres y responsables, capaces de gestionar sus propias vidas sin la constante interferencia estatal, entonces deberíamos empezar a cuestionar la misma necesidad de ese Estado.

En última instancia, el poder del Estado no reside solo en sus leyes, en sus impuestos o en sus regulaciones. Su verdadero poder reside en nuestra aceptación de que lo necesitamos. Cuando dejamos de creer en esa necesidad, cuando empezamos a reclamar nuestra libertad como algo inalienable, es cuando empezamos a cambiar el curso de la historia. Porque, en el fondo, lo que está en juego no es la eficiencia de un gobierno, sino nuestra capacidad para ser libres.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La democracia no se mata solo con balas: se pudre en silencio, cuando aplaudimos el odio

El negocio de la pobreza y la trampa de la ilusión

La Inflación Persistente: Un Desafío para los Consumidores